El astronauta.
Solía quedarme prendado de tus ojos cuando no había ya más cielo que mirar. Y fíjate si hay cielo, estrellas y planetas que admirar -o eso creí, pobre de mí-. Pues con tus ojos no sé que pasaba que el cielo se me acababa, se achicaba, se comprimía y desaparecía. ¡Voilá! Ni había cielo, ni estrellas…