Ovejas negras

¿Alguna vez te pusiste a contar ovejas para dormir? Porque yo nunca. Siempre me pareció medio raro ese tema, ¿con qué fin las contás? Sí, ya sé, se supone que es para dormirte, pero, ¡es algo terriblemente aburrido!. Además cada uno tendrá su método imagino. Suponé: ¿de dónde salen esas ovejas? ¿imaginás un extenso campo donde hayan miles de ovejas de un lado haciendo fila para saltar? ¿o el lugar es más reducido y sólo visualizás una oveja que sale de la nada, salta y después desaparece? ¿se van a algún lugar o bordean la valla para volver a saltarla? Porque si es así el número de ovejas es finito y serían siempre las mismas. Espero que no se aburran saltando una y otra vez la misma valla hasta que su creador, siempre horizontal, se digne dormirse. Otra cosa, ¿saltan todas bien o hay alguna que falla y se hace mierda? ¿Son todas del mismo tamaño o hay ovejitas bebés? ¿Hay alguna que no puede saltar por el peso o porque es deforme? ¿El salto es siempre igual?,osea, ¿desde el mismo punto salen todas o hay alguna que necesita más espacio que la otra para logar saltar la valla?. Lo mismo con la caída, ¿van todas al mismo punto o algunas llegan más lejos que las otras? ¿Hay alguna oveja que sea negra? ¿Saltan de día o de noche? ¿Saben las ovejas que las estás haciendo saltar para que vos puedas dormirte? ¡Qué propósito egoísta que existan, aunque sea en el imaginario, para ayudarte a conciliar el sueño!.

— ¿Terminaste? — preguntó ella.

— Respondeme, aburrida.

— Sólo vos te ponés a pensar ese tipo de cosas en estos momentos, a veces no sé qué carajo te pasa en la cabeza. Creo que por eso te amo.

— Cómo se largó che, en cualquier momento se cae el cielo.

— ¿Podés concentrarte un minuto por lo menos? ¿Te fijaste si hay alguien cerca?.

— No, no veo a nadie por ahora. ¿Vas a responderme lo de las ovejas?.

— Nunca me puse a contar ovejas, ¿contento?.

— No.

— Tonto. ¿Vos estás seguro que les diste bien la dirección y la hora?.

— Sí, confiá en mí. Ya van a venir, están obligados.

— Ya tendrían que estar acá.

— Pasame un pucho.

— No.

— Dale, pasame un pucho — La miró y le tiró un beso.

— Me quedan tres cigarros nada más, ¿entendés?.

— Claro que entiendo. Te van a quedar dos para vos.

— Tres putos puchos tengo nada más, no te voy a dar ninguno — Respondió elevando la voz — a esta altura no tendría que estar preocupándome por los puchos que me quedan pero como todavía no vino nadie…

— Bueno, ya está, relajate. Hicimos ésto un montón de veces.

— Ya sé, por eso me preocupo por los puchos. Esto puede durar horas y sólo tengo tres cigarros.

— De acá no se mueve nadie hasta que aparezcan, eh.

— Me estoy empezando a impacientar.

— Yo también. De última sabés qué hacer.

— Esperemos no tener que hacerlo. — Se levantó y fue hasta la ventana. No vió nada más que lluvia caer. Volvió hasta su asiento, que en realidad era una caja y sacó un cigarrillo. El lugar era extremadamente pequeño. La puerta se encontraba al costado derecho de la ventana a la que cubría una corta y vieja cortina verde. Él estaba sentado junto a ésta, ella se ubicaba en diagonal a él, bastante próxima a un alto ropero que llegaba hasta el techo. Tan solo bastaban cuatro pasos a lo largo y tres a lo ancho para recorrer la habitación.

— Éste lugar me está asfixiando

— ¿Y por qué te vas a poner a fumar?

— Porque tengo ganas. Pasame fuego.

— Lo tenés vos

— Yo no lo tengo, fijate bien.

Ella revisó todos sus bolsillos, después buscó por la pequeña habitación. No encontró nada.

— Lo tenés vos — Volvió a decirle — el último que prendió uno fuiste vos.

— A ver — dijo, mientras lo buscaba — No eh, de verdad no lo tengo. Seguro quedó en el auto.

— ¿Vos sos pelotudo? De verdad pregunto eh. ¿Cómo mierda vas a dejar el encendedor en el auto?

— Es que pensé que vos tenías el tuyo

— HABÍA UN ÚNICO ENCENDEDOR Y ERA MÍO — Gritó — Yo te tengo que matar.

— ¿A mí?

— Sí, a vos, forro.

— Pará, pará, ahí estacionó un auto.

— ¿Posta? — Se acercó a la ventana.

Un coche negro estaba detenido en la esquina del pasaje.

— ¿Serán ellos? — Preguntó ella.

— Ni idea.

Del auto bajó un hombre de estatura media y una mujer alta. Ella llevaba una mochila. Caminaron hasta una casa que estaba a mitad de cuadra y tocaron timbre. Parecían apurados.

— ¿Estás seguro que les pasaste bien la dirección?.

— Te dije que sí, pero no creo que sean ellos.

— ¿Y quién va a venir a la madrugada a un barrio de mierda como éste?.

— Capaz son familiares de unos de los de esa casa.

— ¿Y si nos están tratando de engañar?.

Desde donde estaban no pudieron ver quién abrió la puerta, pero la pareja entró rápidamente a la casa.

— Al parecer no eran ellos. Empiezo a pensar que no van a venir — Dijo él mientras ojeaba el reloj de pulsera.

— ¿Vos vendrías?

— Obvio. Tienen mucho que perder.

— Exacto, tienen mucho que perder. En cualquiera de los casos van a perder algo, ¿no?. Aunque de venir pierden menos. Hace diez minutos que tendrían que estár acá pero todavía no vino nadie. No creo que resignen de venir, ni siquiera se comunicaron con vos para arreglar algo o cambiar los términos. Algo me huele muy mal.

— ¿Nos tenemos que ir?.

— Nos tenemos que ir.

Él se paró y fue directo al ropero, separándolo apenas de la pared. Allí había otra puerta que se abría hacia el interior de un zaguán largo y oscuro.

— Vamos — Le dijo.

— Pará, ¿qué hacemos con él?.

Abrió la puerta del ropero y cayó un hombre al piso. Tenía la boca tapada, los ojos vendados y estaba atado de pies y manos. Se lo notaba muy golpeado. Desde el piso trataba vanamente de gritar.

— Ah, mal, ¿qué hacemos? No podemos dejarlo acá, ya nos vió la cara. Ayudame a levantarlo y lo llevamos de nuevo al auto.

Ella sacó un revolver del bolsillo interior de su campera y le voló los sesos. El silenciador y la lluvia taparon todo posible sonido comprometedor.

— Vamos — Le dijo.

—¿Estás enferma? ¿Qué hiciste?.

— Era muy arriesgado llevarlo de nuevo al auto. Y siendo sincera no tengo ganas de hacer fuerza. Si está muerto es porque la familia no vino a pagar el rescate.

— Estás loca.

Ella salió primero, él la escoltó. Caminaron por el largo zaguán que atravesaba la manzana y daba a otra calle, mientras lo hacían él le apretó el culo. Cuando llegaron a la puerta él se adelanto para percatarse por la mirilla de que nadie estuviera afuera.

— ¿Hay alguien? Hay que estar loco para caminar por éste barrio a éstas horas y con la tormenta que hay— Susurró ella

— No veo nada. Dale, vamos. No quiero mojarme mucho.

Salieron a la calle que estaba desierta. Cruzaron y subieron a su coche.

— Che, yo quería la guita.

— Mal, yo también. Pero tenía ganas de fumar un pucho urgente. Buscame el fuego o si no te mato a vos también, bombón.

Abrió la guantera y le dió el encendedor. Ella prendió un cigarrillo y se lo dió a él, luego prendió el suyo. Encendió la radio, sonaba un viejo blues. Lo disfrutaron en silencio. Él empezó a bajar su ventanilla.

— -No la bajes.

— Nos vamos a esfixiar.

Comenzó a sonar un celular, eran ellos.

— ¿Y éstos qué carajo quieren?

— No atiendas — Dijo ella

— Obvio que no voy a atender. Demasiado tarde. ¿Tiro el celular por acá o en otro lado?

— Hacé lo que quieras pero vamos a la estación de servicio, quiero comprar cigarros.

— Okey, como digas. Esperemos que vendan vodka.

Se bajó del auto, puso el celular delante de la rueda izquierda y volvió a entrar. La lluvia empezó a golpear más fuerte el techo del viejo auto. Dió un poco de marcha atrás y arrancó. El coche pasó por arriba el celular, destrozándolo por completo y se perdieron en la noche.

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