VII. Mentir o morir
Voyager. A space essay…
Carl Mennes perteneció a la policía espacial antes de enlistarse en la división de exploración de la Confederación; luego de su entrenamiento, sirvió en Central como supervisor de seguridad de Ferlón y tras diez años de buen servicio fue asignado como jefe de la seguridad de la nave más avanzada de la Confederación.
Carl, era un hombre de baja estatura, moreno, de pelo negro y que siempre llevaba al ras, los ojos eran negros y penetrantes, tenía por sobrenombre “el gruñón” por su carácter fuerte con sus subordinados. Por otro lado, estaba casado y tenía tres hijas que vivían con su esposa en la colonia 92, en el sistema Ador. Durante la fase de entrenamiento cruzó pocas palabras con Johanna, pero eso no evitó que ambos tuvieran un par de desacuerdos con respecto al desarrollo de la misión y las medidas de seguridad que la almirante consideraba excesivas, pero tras muchas deliberaciones, ambos llegaron a un acuerdo.
— ¿Estela? — llamó Carl a su asistente personal. Estela era una chica menuda, de ojos claros, tes blanca y joven, no alcanzaba aún los 25 años. — ¿Hiciste las cargas en los sistemas de navegación?
— Tal y como fue solicitado señor — le respondió. Ella se sentaba al lado de su jefe, en una pequeña estación destinada a sus funciones. Era muy lista y muy fiel a su cadena de mando, así que ejecutaba sus tareas con esmero y prisa. — ¿Sabes cuándo partiremos? — le preguntó seguidamente… tenía simple curiosidad y mucha confianza con su jefe.
— Hasta cuando se le ocurra a Johanna — respondió sin ninguna preocupación — . Ella se toma muy apecho todo, querrá cumplir todo al pie de la letra. ¿Qué noticias tienes de los soportes de los contendores del sitio de carga? — le preguntó para cambiar de tema.
— Verificados y funcionales — respondió — . Habían cerrado la puerta con un código errado, por tal razón se activó la alarma.
— Muy bien — dijo Carl — . Hay que mantener un perfil muy bajo… llamar poco la atención. Estela, sólo confío en ti, sin embargo, tengo que preguntártelo nuevamente ¿Tengo tu absoluta fidelidad?
— Desde luego que sí, señor — le respondió con una enorme sonrisa.
— Muy bien — dijo viéndola a los ojos — , muy bien.
Pero Carl nunca imaginó lo que estaba por ocurrir. Había un plan macabro y perverso que él conocía a la perfección y del cual pronto sabremos más. Ejecutarlo era su responsabilidad, una que se le había dado hace varios años atrás y él, era uno de esos hombres que detesta fallar. De repente, decidió revisar su intercomunicador personal y miró que tenía una luz verde titilante que indicaba que tenía un nuevo mensaje de texto. Lo abrió y leyó: ejecutar a discreción.
— ¡Estela, ahora! — le dijo y la mujer se levantó sin hacer más preguntas y salió con dirección desconocida. En ese preciso momento la nave inició a moverse, mucho antes de lo que esperaban.
Carl no se quedó sentado viendo partir a su asistente, sino que fue detrás de ella, pero en total silencio, con pasos de felino a punto de capturar a su presa, al tiempo que del bolsillo de su camisa sacaba una pequeña jeringa que ocultó en la palma de su mano derecha. Seguido, y sin dificultad alguna, tomó a Estela por la espalda y cruzó su brazo izquierdo por su cuello, presionándola luego contra su pecho, ella se percató inmediatamente quien era su captor.
— ¿Qué significa esto, señor? — le preguntó esforzándose para que su voz se oyera.
— Dijiste estar dispuesta a todo cuando decidiste participar en esta misión — le respondió — . ¡Pues esto es todo! — y seguido le clavó la jeringa en la nuca, ahí donde el músculo es grueso y firme. Le inyectó todo el líquido que contenía y casi instantáneamente la mujer cayó desmayada.
Carl se aseguró que no hubiera nadie cerca, volvió la vista nerviosa por todos lados y no vio a nadie, así que metió sus brazos por debajo de las axilas de Estela para arrastrar el cuerpo sin lastimarlo. Tenía que llevarlo hasta el sector 3B de la cuarta cubierta y tenía que ser tan pronto como pudiera, pues el plan ya estaba en marcha y la droga que había inyectado hacia efecto muy rápidamente.
Cuando finalmente llegó al sector 3B, dejó a Estela sentada y apoyada contra la pared. La mujer parecía estar sumida en un profundo sueño; él con cuidado le acomodó el pelo que le había saltado por la frente, llevándolo detrás de sus orejas. Estela era una chica menuda como les he dicho, pero tenía un rostro pueril y cautivador, por ello se la quedó viendo por un breve instante.
— ¡Que desperdicio! — masculló tras un chasquido de dientes — . ¡Iniciemos la fase dos! — y se retiró de ahí.
Los ojos de Johanna se abrieron por completo, no podía creer que su amiga de toda la vida yaciera muerta frente a ella, pero ¿Qué había pasado? Ella como la principal comandante de la nave debía conservar la calma, así que, tras tragarse un alarido desesperado de dolor, volvió la vista enfurecida hacia Carl.
— Mennes ¡Ven aquí! — le ordenó con firmeza — . ¿Qué demonios ha pasado? Eres el jefe de seguridad ¿Quién hizo esto a Sandra? ¡Ha sido ese hombre! — le preguntó, porque había visto a un hombre tirado y esposado muy cerca de la escena dantesca.
— Me temó que la causante de todo esto ha sido mi asistente, comandante — le respondió muy apenado, se le notó en los ojos cuando la miró fijamente.
— ¿Estela? ¿Dónde está? — preguntó Johanna muy sorprendida.
— Dos oficiales de seguridad se la han llevado y la han recluido en un cuarto seguro — le respondió — . Mis disculpas comandante, no lo vi venir. — Entonces agachó la cabeza y eso cambió el ánimo de Johanna, sin embargo, ahí donde la almirante no lograba ver, él tenía una sonrisa malévola.
— ¡Ian, ven al sector 1A de la cubierta de carga inmediatamente! — le solicitó Octavio por su intercomunicador.
Aldo también llegó al poco tiempo, se hizo camino entre todos para acercarse hasta Sandra. Tan sólo verla supo que no había mucho que hacer, pero como oficial médico, la Confederación le exigía una revisión in situ a un oficial comandante en un incidente como este. Él volvió su vista hacia Johanna y movió su cabeza indicándole que no podía hacer nada.
— Tiene un trauma abdominal severo — les dijo — . Intestinos, hígado y estómago están perforados — Había visto todo eso con el scaner que cargaba — . Hay que llevarla al sector médico para determinar más el alcance del trauma. — Seguido llamó por su intercomunicador para que dos de sus subordinados llegaran a retirar el cuerpo. En ese preciso momento llegó también Ian, así que Octavio lo puso al tanto de todo.
— ¡Quiero hablar con Estela! — les dijo Johanna.
— No es una buena idea, comandante — mencionó Ian. En ese momento Carl volvió su vista hacia él — . Almirante, está reprimiendo sus sentimientos, Sandra era su amiga… no es conveniente que tenga un interrogatorio con ella, al menos no en este momento.
— Ian tiene razón, comandante — coincidió Carl — . Como jefe de seguridad, es mi entera responsabilidad entender que ha pasado aquí. Déjemelo a mí y yo le entregaré todos los detalles cuando los tenga.
— Es lo mejor, comandante — recalcó Ian.
— Lo dejo en tus manos Carl — dijo convencida — , no me defraudes.
— ¡No lo haré comandante! — respondió con seguridad.
— Liberen a ese hombre y llévenlo al sector médico — ordenó; se refería al hombre noqueado y esposado.
— ¡Acompáñeme comandante! — le solicitó Ian, quería saber cómo estaban sus ánimos y su capacidad de comandar la Voyager.
Ian Blade, como lo dije muchas líneas atrás, era el psicólogo de la nave y el único miembro civil de la misión, logró su lugar mediante un riguroso proceso de selección convocado por la mismísima confederación; su buena reputación e innato talento finalmente fue lo que bastó. Por otro lado, era un hombre mayor que contaba con 58 años de edad, el cabello lo tenía todo cano y como era de tez blanca, en el rostro se le resaltaban unas grandes ojeras que le daban un aspecto enfermo a su lampiño y flacucho rostro, quizás síntoma de recoger tantas preocupaciones de los demás en su labor diaria. Era alto y delgado y caminaba a paso lento, como cansado y todo encorvado y daba la sensación que caería en cualquier momento de bruces porque se inclinaba hacia adelante en su andar.
Carl, entró a la sala donde estaba recluida Estela.
Aquel era un lugar completamente blanco, todo estaba pintado de blanco, las paredes, el cielo raso desde donde provenía la luz que lo iluminaba, la pequeña mesa donde la mujer tenía las manos esposadas y las sillas. Cuando Estela lo miró entrar no le dijo ni una sola palabra, pero antes de que Carl se dirigiera a ella se acercó hasta un control táctil que había a un lado de la puerta para desactivar el audio de la grabación.
— ¿Qué has hecho Estela? — le preguntó con un rostro llenó de preocupación — . ¿Qué es lo que pasó contigo? — Pero el rostro de Estela estaba lleno de gran confusión, ni siquiera sabía cómo es que había llegado hasta aquella habitación.
— ¡No lo entiendo, señor! — le dijo viéndolo con los ojos vidriosos.
— ¿Cómo que no lo entiendes? — le preguntó preocupado — . Has asesinado a la capitana Sandra — le aclaró.
Estela soltó una risita nerviosa.
— ¡Eso no es cierto! — le dijo mientras sonreía, pensaba que era alguna especie de broma.
— Tu situación es muy seria, Estela ¿Por qué ríes?
— ¿Es alguna especie de broma? — le preguntó abriendo por completo los ojos y luego de haberse llenado de seriedad.
Carl no respondió nada, sino que apretó un par de botones en el borde de la mesa y seguido se inició a reproducir el video de seguridad en el centro mismo del mueble. Estela miró con sumo detenimiento.
La pantalla la mostraba a ella caminando erráticamente en el sector 1A de la cubierta de carga, había varias personas caminando por ahí, de pronto miró que se detuvo, levantó la cabeza y todos a su alrededor se detuvieron para verla. El video no tenía sonido, pero por el movimiento de su boca se notaba que estaba gritando algo que llamó la atención a todos; una mujer que estaba sola se alejó de ella a toda velocidad, pronto se acercó un miembro de seguridad para intentar calmarla, pero miró como con dos movimientos lo tumbó: primero le dio un golpe en el estómago que lo doblegó y luego con su codo lo golpeó fuerte en la espalda derribándolo. Estela había recibido entrenamiento en defensa personal por lo que no le resultó nada complicado tumbar al hombre, además este nunca se defendió. Una vez que el hombre estuvo en el suelo, tomó las esposas que él llevaba, lo esposó y lo dejó ahí mismo tirado. Unos segundos más tarde él que apareció en el video fue el mismo Carl.
— ¿Se ha aclarado tu mente? — le preguntó mientras pausaba el video, pero Estela no tenía palabras, no podía creer lo que estaba viendo — . ¿Recuerdas lo que estabas gritando? — Ello lo volvió a ver a los ojos y moviendo su cabeza le indicó que no lo recordaba — . ¡Morirán todos, todos morirán! ¿Por qué gritabas eso Estela? — le preguntó seguidamente, al tiempo que volvía a reproducir el video.
Miró como, al acercarse Carl, buscó rápidamente algo con que defenderse, así que arrebató un cortador láser de uno de los espectadores. Los cortadores láser eran utilizados para trabajos específicos en la cubierta de carga y sólo ahí eran permitidos, su apariencia era similar a la de una cortadora común, sólo que cuando estaba en funcionamiento en los bordes superiores se concentraban dos líneas de alta energía. Pronto, Estela logró activar el artefacto y amenazó con herir a quien se le acercara. En ese instante se logra ver como Carl utiliza su intercomunicador para contactar a alguien, seguramente fue cuando llamó a la almirante para hacerle conocer la situación, sin embargo, era en ese mismo momento que las cosas estaba intensas en el puente.
Aparentemente, cuando llegaron más miembros de la seguridad, Carl le solicitó que no hicieran nada contra Estela, pues no quería que la lastimaran, así que podía notarse que quería persuadirla, pero no había forma de hacerlo. Pronto, Carl volvió a hacer un llamado por su intercomunicador.
— ¿Lo has visto? — le preguntó Carl, había detenido el video nuevamente — . ¿Tienes algo que decir?
— Señor, eso no puede ser verdad — le dijo con lágrimas en los ojos — . ¡Realmente, no recuerdo nada de lo que sucedió! — Sus manos estaban crispando.
— Sucede, Estela, que todo es verdad ¿Quieres ver el resto? — le preguntó, pero no espero ninguna respuesta, sino que volvió a reproducir el video.
El video mostró una situación que seguía siendo la misma, una mujer rodeada queriendo ser persuadida por quien pudiera hacerlo y fue tras unos pocos segundos que apareció Sandra, quien se hizo paso entre la muchedumbre que ya se había reunido. Cruzó algunas palabras con Carl, parecía estar enojada y luego se fue acercando lentamente con dirección a Estela. La capitana extendió su brazo y le indicaba con la mano que bajará la cortadora laser, pero parecía no hacerle caso, más bien afirmó más su posición de ataque… fue en ese preciso momento cuando el destino hizo su mala jugada. La nave frenó con una gran brusquedad que impulsó a Estela a irse de frente contra Sandra, clavándole la cortadora láser en su abdomen cuando cayeron al suelo; todos cayeron al suelo también por el mismo movimiento. Seguido, los miembros de seguridad lograron incorporarse con prisa para aprovechar y capturar a Estela, fue así cuando se enteraron de lo que había sucedido. Carl, con un ademán muy fuerte les indicó que se la llevaran, seguido él se acercó a Sandra que yacía en el suelo aún con la cortadora incrustada, se la sacó y estuvo con ella en los últimos momentos de su vida.
El video se cortaba justo cuando Carl soltaba la mano de la capitana ante la mirada escéptica de su espectadora.
— Es una lástima sabes — le dijo con una sonrisa en su rostro — . Se suponía que la que debía estar ahí era Johanna, no Sandra. Eso complica aún más las cosas, pero aún es manejable.
Estela lo miró con los ojos llenos de furia y de lágrimas. Había recordado de golpe que Carl le había inyectado algo en el cuello minutos antes de que todo el desastre ocurriera.
— ¡Eres un maldito imbécil! — le repudió — . ¿Qué me inyectaste?
— Estela ¡No seas grosera! — le dijo con la misma sonrisa de antes en el rostro y sin responderle la pregunta — . Te lo he dicho, tú aceptaste todo esto. Siempre supiste que podría haber complicaciones.
— ¡Nunca hablamos de matar a alguien! — le recordó.
— No necesitabas saberlo — le aclaró — . Sin embargo, esto nos lleva a algo más complicado como te he dicho. Así que te propongo que aceptes toda la culpa y continuemos con el plan.
— ¿Culpa? ¿Qué culpa? ¡Estamos en esto! ¡Tienes que ayudarme!
— ¡No hay forma de ayudarte! — le aseguró — . Pero si aceptas la culpa tiene más oportunidades.
— ¿Oportunidades? ¿De qué? Johanna no dejará esto con facilidad — dijo con firmeza.
— Ese es el punto Estela — aclaró — . Tienes dos opciones, mentir o morir ¿Qué eliges?
— ¡Elijo hablar con Johanna!
Carl se hecho a reír.
— Eso será imposible — le aseguró — . Escoge una de las dos opciones y luego veremos qué hacer.
Pero como sus manos eran delgadas logró liberarse con facilidad de las esposas y se abalanzó contra Carl con gran velocidad y cuando lo alcanzó, le envolvió el cuello con sus manos y lo apretó con fuerza, pero pronto sintió como un calor abrazador le perforaba el pecho y se extendía hasta la espalda: un haz láser de alta energía la había atravesado.
— ¡Así que decidiste morir! — masculló Carl al tiempo que empujaba el cuerpo de Estela hacia un lado.
