Joder, Twin Peaks (spoilers)

Yo no había visto Twin Peaks en mi vida. Tampoco conocía la obra de David Lynch (ni la de Mark Frost, ya puestos). Sabía que existía, pero por azares de la vida nunca me había dado por descubrirlo. Entonces empezó a emitirse este revival y de repente todo el mundo hablaba de la que al parecer era una de las series de televisión más influyentes y raras de la historia. Ese empujoncito, y de nuevo los azares de la vida, me llevaron a verlo y, en fin, aquí estoy. Estrujándome los sesos para intentar entender qué acabo de ver.

Por supuesto, me refiero al final de Twin Peaks, o a lo que parece serlo definitivamente. En cierto modo me lo esperaba, porque ya venía de ver recientemente el último episodio de la Twin Peaks de 1990–1991 y porque había hecho un poco mis deberes lynchianos viendo Mulholland Drive estos días. Eso, y que ya estaban apareciendo por ahí algunas reacciones a cuyo denominador común me acabo de unir. El de “qué demonios ha pasado”.

No lo sé. No creo que lo sepa nunca, de hecho. Ahora mismo mi cerebro es un caos. El debate conmigo mismo sobre qué ha pasado en la season finale ha acabado derivando hacia qué significa la ficción, qué espero de ella, qué valor tiene en mi vida, y sabe dios qué más preguntas. Como crítico cultural, supongo que es inevitable que esto me traiga de cabeza. No es la primera vez que me he preguntado todo eso, y desde luego no soy el primero que lo ha hecho. Críticos con mucha más trayectoria que yo habrán pasado por esto bastante antes de que el regreso de Twin Peaks tras 26 años se anunciara siquiera. Y tal vez no consiga dar con la respuesta adecuada ni hoy, ni en toda mi vida. A lo mejor no estoy hecho para encontrar respuestas.

Y aun así, esos últimos minutos de The Return: Part 18 han producido sensaciones en mí que juraría que no había experimentado antes, y que desde luego no soy capaz de describir. Ni siquiera sentí eso con Mulholland Drive, aunque esta también se las trajo. Será porque Twin Peaks juega en otra liga. Al mismo tiempo que es familiar, que sientes que los extremos de tu boca ascienden cuando vuelves a ver a un personaje querido y cómo le va ahora (incluso cuando, como yo, has descubierto la serie este verano, te encariñas con ese pueblecito de Washington y sus pintorescos habitantes), sigue teniendo ese aire de misterio insondable, extraño, sin respuesta; para sorpresa de nadie.

La escena en la que Ed y Norma vuelven a estar juntos enternece a cualquiera, y cuando el agente Cooper, el de verdad, el que todos queremos, despierta por fin tras 16 episodios para decir “yo soy el FBI” seguido del tema principal de la serie compuesto por Badalamenti, sonreímos como bobalicones. Pero Ed y Norma no aparecen de nuevo en lo que queda de la serie, y Cooper no vuelve a tomarse un café con Harry en la oficina del sheriff. En el fondo lo sabíamos, y a pesar de todo sonreímos. Sheryl Lee abre la puerta de una casa desconocida y no es Laura Palmer (ni Maddy Ferguson). Sin embargo nosotros, al igual que el bueno de Dale, nos agarramos con obstinación a la esperanza de que en realidad si lo sea.

La tercera temporada de Twin Peaks va sobre eso, o al menos es una de las muchas formas de mirarla. Lo cercano que enfatiza aún más lo raro. Con lo primero nos sentimos agustos y felices, y si viene lo otro nos obligamos a pensar en que tendrá una finalidad, un sentido, que servirá de algo, para no sacarnos de esa felicidad. Pero no. The Nerdwriter ya habló en un vídeo sobre cómo David Lynch juega con las expectativas, así que lo dejaré por aquí. Esas expectativas vienen de un sitio, o más bien de muchos. De la ingente cantidad de ficción que hemos consumido a lo largo de nuestras vidas, y que para el caso que nos ocupa, cobran especial importancia las series de televisión. El final que lo resuelve todo, los personajes cuya historia acaba cuando lo hace la serie o cuando mueren. Episodios bien estructurados para dejarte con ganas de que llegue el siguiente cuando terminan. En el regreso de Twin Peaks, los capítulos acababan con conciertos y conversaciones entre extras que a priori parecen no tener nada que ver con el argumento principal. Para una vez que hay un cliffhanger revelador, el de Audrey despertando en una habitación blanca mirándose al espejo y gritando, no volvemos a saber nada al respecto. Nada de explicaciones posteriores que dilaten el trasfondo y permitan que nuestra querida Horne soñadora siga su camino en la serie. Lo que hemos tenido han sido muchos minutos de ella discutiendo con lo que parece ser un marido que no existía sobre personas que probablemente tampoco existieran, y un par de segundos de lo que pasaba en realidad. ¿Audrey despertando del coma en el que cayó tras la explosión del banco? ¿O simplemente fue un trance momentáneo que tuvo estando recluida en un psiquiatrico a causa de las secuelas mentales que le dejó aquel accidente? Quién sabe. Puede que siga en el coma. “Vivimos dentro de un sueño”, después de todo.

Los sueños son caóticos y confusos, pero también nos proporcionan a veces momentos dulces. Las partes que nos han hecho sonreír en esta última temporada no pierden valor sólo porque luego tome los caminos que toma. Los atesoramos con nosotros porque significan algo; que no continúen en pantalla no quiere decir que no hayan sucedido (como la propia Twin Peaks estos últimos 26 años). Incluso en el último episodio podemos ver cómo Janey-E y Sonny Jim, dos caras completamente nuevas en la serie, vuelven con el Dougie poco hablador al que tanto querían y que tan dolorosamente tuvieron que despedir no mucho antes (un “personaje” cuya subtrama, por cierto, da para densos análisis). Nos hace felices ver cómo ellos son felices, aun cuando lo que sigue es tan descorazonador como sobrecogedor. Dos adjetivos que ni siquiera sé si estoy usando bien.

Básicamente, por lo que decía al principio. No creo haberlo comprendido, y aun así me ha dejado roto. Juraría que es por todo eso que estaba diciendo hasta ahora: lo de que esperas una respuesta que te ponga contento, o al menos algo familiar a lo que aferrarte, pero nunca llega, aunque sabías que no lo iba a hacer. Pero es una explicación a la que he recurrido porque quizás necesito una explicación. Después de todo, el ser humano ansía entenderlo todo, porque lo que se entiende es sinónimo de seguridad y confort; se puede controlar. Varias veces he observado un fenómeno del que yo también he sido partícipe a lo largo de mi vida, y supongo que todos: el de posicionarnos del lado de una ideología o corriente de pensamiento porque es la que hemos comprendido mejor, y por ende con la que estamos más cómodos, cuando todavía estamos dando palos de ciego en la jungla de la opinión. Es la que podemos argumentar y defender fácilmente, y nos gusta por eso. De la misma forma que comentamos abiertamente las cosas buenas y malas que hemos visto en, qué se yo, la séptima temporada de Juego De Tronos que se emitió hace poco. No tenemos miedo de hacerlo, nos parece sencillo.

A algo así me dedico yo, vaya (solo que con videojuegos). Por eso creo que Twin Peaks me ha calado tanto a pesar de todo. Mi trabajo es diseccionar la ficción y comprenderla, y esto me ha superado, pero no voy a dejar de intentarlo. Esas emociones que he experimentado han sido reales, al igual que la serie, y voy a escarbar en mi subconsciente hasta que de con ellas. Si es que lo hago, porque ya voy sobre aviso de que David Lynch no hace obras para que se entiendan, sino para que se interpreten. Pero construir una interpretación también conlleva un esfuerzo mental considerable. En los próximas días, meses y años miraré teorías sobre lo que ha pasado en estos episodios y veré la serie de nuevo pillando lo que me perdí para nutrir esa interpretación. No obstante, si tengo que empezar con algo, es con lo siguiente.

Twin Peaks me ha enseñado que hay cosas que tal vez nunca vaya a comprender, y que eso no significa que deba tirar la toalla. Al igual que la propia serie. Si no se ha quedado contenta con estar bajo tierra y ha resucitado 26 años después para demostrarnos que nada tiene sentido y que todo lo tiene al mismo tiempo, será por algo.

Yo qué sé, voy a jugar al Overwatch a ver si me despejo.