Del paro en la Facultad de Filosofía y Letras el 25 de septiembre del 2017.

Cuando se anunció que la Facultad iba a regresar a clases el día lunes 25 de septiembre (poco antes de que se cumpliera la semana del sismo que ha dejado a la ciudad en vilo una vez más) las negativas en las redes sociales fueron bastante sonadas y se escuchó (al ilusorio unísono que generan las redes sociales) una gran negativa con respecto al regreso a clases en nuestra Facultad, e incluso en el resto de las instalaciones de la UNAM. La institución y sus alumnos tenían que estar al servicio de la patria o atentos a sus menesteres particulares, y para muchos es intuitivo que asistir a clases doce o catorce horas de la semana (el número de horas que toman las 6 clases para alumnos regulares de la carrera de Filosofía, mi referencia inmediata) representa ante ese servicio a la nación un impedimento total y excluyente de toda alternativa.

Por aquella razón, el lunes, mi Facultad convocó a una asamblea que resultó en la toma de las instalaciones y el cese de actividades académicas y administrativas para poder seguir colaborando en cualquier labor posible.

Posteriormente, se decidió que el paro duraría una semana, culminando el 3 de octubre cuando la asamblea se reunirá de nuevo y decidirá si es pertinente postergar nuestro regreso a clases aún más o no.

Me encuentro absolutamente en contra de las decisiones de tal asamblea, de su legitimidad, de la simulación que implican los procesos democráticos de nuestra Facultad, de la ineficiencia de nuestras autoridades para poder resolver esta clase de conflictos de manera salomónica y de muchas otras cosas; sin embargo, no hay mucho que se pueda hacer al respecto y, con otra semana sin clases por parte del ENALLT y de la FFyL supongo que hay tiempo de sobra para adelantar algunas lecturas, preparar los eventuales ensayos finales y pensar en estas cosas. No pienso participar en alguna de las actividades que se están organizando en la escuela, sin embargo, como alumno y como humanista creo que tengo el derecho y obligación de ser crítico ante toda esta situación y todo lo que colinda.

En estos momentos de crisis, donde la solidaridad y los buenos deseos desbordan cualquier espacio e iniciativa por su condición solidaria, la crítica amarga y visceral de nuestra realidad es una manera muy efectiva de combatir el tufo de esos mismos deseos: Hay malas decisiones que se tienen que señalar, procesos que han de ser criticados, autoridades que han de ser llamadas y un hueco y una tarea en la sociedad que nos queda eternamente presente y parece que seguiremos quedando a deber. Así que estos días, tanto como me sea posible, regresaré a este espacio a platicar de estas y muchas otras cosas, con la esperanza de volver a cultivar la pequeña parcela de mis opiniones y diálogo con ustedes.

Todos están invitados a platicar, nos estamos leyendo.

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