El otro día escuché música en el estacionamiento de la plaza.

Los malls son, sin duda alguna, monumentos en los que se vislumbran muchos aciertos y taches de la Humanidad. Desde el inclemente fenómeno de la gentrificación que evdencía a la ciudad diseñada por unos pocos incautos de la legalidad, la solidaridad y el apego a espacios, estructuras e historias de las urbes hasta HUBs masivos donde personas de toda índole convergen para caer en cuenta que no somos los únicos con ganas de disfrutar de la simpleza de una ida al cine o de pasear en los pasillos llenos de luces navideñas y tiendas con baratijas que en extensísima mayoría no necesitamos un fin de semana; vaya, que no soy tan diferente a los demás.

Qué extraño que estos lugares, aún si ven en las personas nada más que potenciales clientes, posibilitan un gigantesco número de relaciones nuevas y novedosos medios para el esparcimiento.

Los centros comerciales dicen mucho del lugar que vivimos, de la gente de nuestra comunidad y, consecuentemente, de quienes somos nosotros; ágoras del siglo veintiúno.

Eso sí, los estacionamientos son una mierda. Me atrevo a decir que no existe estacionamiento que no haya sido adjetivado así, al menos refiriéndome a los apretados y caros multiniveles a los que con cada vez más frecuencia nos tenemos que resignar.

Estos lugares son prueba de la enajenación, la alienación y el escaso sentido de importancia que las personas le dan al espacio, son el epítome de un espacio muerto. ¿Cómo? Una gigantesca y laberíntica estructura de concreto descolorido, obscuro y clónico que por pisos y pisos y pasillos y pasillos existe con el único y tajante propósito de guardar coches.

De hecho, el tiempo entre llegar a un estacionamiento y entrar a la Plaza sucita un no-momento, por así decirlo.

Subes la rampa para entrar, tomas tu boletito de la máquina que nunca alcanzas a menos que te aflojes el cinturón de seguridad y lo que prosigue es una odisea de diez minutos en la que el automóvil se desplaza en una fila de coches, camionetas y otros monstruos de metal por pasillos laberínticos atascados de autos, esperando la beneplacencia de algún dueño que, agotado de su estancia en el mall, esté subiendo a su coche dispuesto a retirarse y la suerte de que nadie vea ese lugar vacío más que uno.

¿Ningún espacio disponible? El sonido de los topes y rumiantes en las rampas para ascender o descender al siguiente nivel vaticinan más de lo mismo hasta que te acomodas en un cajón. Apagas todo, cierras con seguro y haces por memorizar el lugar en el que te quedaste mientras caminas al espacio separado por cristales donde se encuentran las escaleras eléctricas.

Esos quince minutos viendo una y otra vez luces verdes y rojas y el gris del concreto son extraños, tan extraños como el lapso entre pagar tu boleto y salir apresurado de la plaza; el estacionamiento es un espacio gigantesco por donde millares de personas y sus posesiones cohabitan, pero bien podría ser una penumbra donde solo existiese un caminito de nuestro coche a la entrada y sería exactamente lo mismo. Somos parte de esa actividad al menos una vez por semana y parece que entramos en un coma pequeño cada que tenemos que estacionarnos. Una responsabilidad que le debemos a nuestro coche. Un lugar que parece diseñado para comunicar que ese espacio, ese descomunal espacio (si empezamos a compararlo con el tamaño de la plaza per sé), gris, bochornoso, monótono y ruidoso, no nos pertenece.

Aún con todo esto en mente, estos colosos de concreto son esenciales para la vida en la ciudad, pero el otro día fui a un centro comercial en Cuernavaca cuyo estacionamiento me hizo pensar porque en cada columna habían parlantes color beige que reproducían música clásica amenizando.

Tan extraña situación me dio la oportunidad de hacer remembranza de los espacios y darme cuenta de que muchos lugares de la ciudad están como ausentes aunque estén presentes.

No solo es la condición de lugares para los coches. Los baños de la Facultad son espacios sin reglas ni cuidado, los puentes peatonales acumulan basura y orina, los alrededores de los parques cubiertos por murallas impenetrables de coches o ambulantes, edificios abandonados como el que está frente al metrobús Doctor Gálvez, la banqueta, la ciudad. Lugares donde no nos perturba cómo se sienten ni pensamos en sus razones de ser así, solo huecos en el escaparate de nuestra conciencia.

Escuchar música que me invitara a permanecer más tiempo en un lugar en el que se supone no debía querer estar me hizo pensar en las deficiencias de una estacionamiento como espacio social, en lo que buscamos evocar al construirlo y en lo que esos quince minutos generan en el resto de nuestro día, semana, etcétera.

La neta, me mantengo inamovible en la idea de que los estacionamientos son una mierda. Pero esa plaza en Cuernavaca me ha exhortado a pensar que tal vez no se trata de reprochar al cochismo y sus espacios sino aprender a coexistir en y con ellos. La música hizo de este estacionamiento un lugar en el que quería estar y, por lo mismo, un lugar que me importa mejorar; creo que si dejáramos de ver al estacionamiento solo como el lugar donde se guardan los coches, muchas cosas serían distintas.