El otro día platiqué con alguien y no me enojé.

Esto solo son reflexiones personales, no es mi culpa que piense mucho. Y ya sé que a la mitad del texto parece que se desvía pero es a propósito, por favor no me odien.

Fig. 1: Lo que la banda imagina cuando digo “teoría”, “congruencia” o “crítica” en algún lado.

El otro día acompañé a unos compas a comer y tener una discusión “filosófica” que además muchos otros seguro llamarían “compleja”. Hablábamos de la alienación, de por qué nos parecía que las apropiaciones culturales a través del modelo capitalista eran peligrosas para una sociedad tan incongruente, entre muchas otras cosas.

Quién sabe cómo, terminamos hablando de un post de Facebook que decía así:

Buenos días. Voy a dejar esto por aquí:
“No, no es lo mismo pero al revés: El feminismo es una decisión consciente en favor de la equidad. El machismo no se decide, se reproduce.”
Fin.

Al que yo le respondí lo siguiente:

Ambas cosas son igual de cancerígenas para la búsqueda de una sociedad más igualitaria.
Si el machismo nos aparece más natural es porque ha tenido más tiempo para arraigarse.

Yo creo… que mi respuesta fue bastante acertada: hay argumentos, hay sustancia, hay una propuesta para el diálogo y aunque no haya recibido una respuesta satisfactoria en las redes sociales (para mí es satisfactorio que quien sea dialogue conmigo) sí tuve la oportunidad de discutir mis puntos de vista con uno de los comensales quien, de manera sincera y directa me dijo: “Estoy completamente en desacuerdo con tu comentario” y prosiguió explicándome por qué es que me encontraba en el error; cómo es que el feminismo es un acto de rebeldía muy noble y va sobre todas las cosas, y que pese a que lo puedo describir no lo puedo ni comprender ni vivir dado que me encuentro en una situación de privilegio tan inseparable de mí como mi pene.

École, bien ahí. Y no digo bien por los argumentos, sino por la franqueza que expresan los mismos. Es un “¡tómala papá!” que no pide permiso a nadie, no se ajusta a ninguna convención y sin hacerse pendejos te dice cómo se siente, independientemente de que ese sentir esté en lo correcto o no.

Conforme más avanzó la conversación y mi argumento se hizo mucho más claro (a estas alturas todos deben de saber que todos mis argumentos son obscuros para incitar a una discusión más profunda y no para tacharme de imbécil) la discusión se tornó un poco más ideológica porque yo no apoyo la causa feminista en tanto que ella misma propone mantener las categorias ontológicas que justo hacen de dicha lucha una tan trascendental en la teoría. Creo que el problema fundamental del feminismo es que no aboga por desvalorizar el concepto de género sino valorizar lo suficiente al grupo sistemáticamente opreso con el fin de tener a dos (o más) géneros igual de sobrevaluados; entonces todo este ataque hacia la desigualdad no resuelve nada, porque aunque legal y materialmente ya seamos iguales, sigue subsistiendo algo que a mí me molesta: Que el género tiene un valor definitorio en la comprensión de un sujeto como sujeto. Creo que la cosa con ser hombre, o mujer o algún otro concepto quimérico de la teoría de género no debe detenerse en tener igual valor sino avanzar al punto en que no tenga valor alguno; pero también creo que sólo porque no tiene un valor en el sujeto como sujeto eso no implica que no tenga valor para un sujeto como consujeto. Donde si tuviese que describir al consujeto pues simple y llanamente sería un yo que se encuentra creado por dos o más entidades donde una es el yo más inmediato del ser. Cuando somos ligues, esposos, amigos, compañeros de trabajo, hombres de estado, profesionales y cuanto más, no estamos siendo esta identidad inmediata sino que participamos en esta unidad más grande de cosas como la serie de instituciones, cultura, ideas, y otros tantos fenómenos que componen a la sociedad.

Si nos encontramos en situaciones de desigualdad tan impactantes quizá sea proque el sujeto, que es una unidad inmediata y cuya “sustancia” es ínfima, se concibe a si mismo como algo más complejo de lo que es y entiende a dicha complejidad como parte del substratum de lo humano. De últimas, se me hace que el fenómeno de la alteridad tiene todo que ver con esto. Como identificamos al ser fundamental o primordial con muchas más categorías de las que abarcan a toda la “Humanidad” y esas son irreductibles pues es bastante esperado que conforme nos encontremos con otros humanos que no entren en este criterio nos parezcan “menos humanos”, y conforme ciertos humanos perpetuen ese primer critero (que no es perenne y puede ser perjudicial, en tanto que justo se desvía de la simpleza del sujeto como sujeto) se vuelven “más humanos”.

Pero me distraje, de nuevo, en mis cavilaciones “filosóficas” que nada tienen que ver con lo que importa: La práctica.

Existe una situación de opresión en la sociedad y el feminismo está combatiendo dicha situación en favor de la igualdad.

Pero, ¿por qué?

Aparentemente, porque la igualdad es mejor que la desigualdad.

Pero, ¿por qué?

Porque, aparentemente, entre más iguales, más libres somos.

Pero, ¿por qué?

Porque se supone que entre más libre somos, es mejor.

La pregunta de verdad sería la siguiente:

¿Por qué suponemos que todo eso es una verdad en sí misma? Y otra vez me distraje con la teoría.

Es imposible tener esta conversación conmigo.

Así que claudico.


El interés “filosófico” en esto que la pandilla llama historia es un atributo que creo que me caracteriza, y que me gustaría ver más en otras personas. Como “hegeliano” (pero no idiota) y como un promotor de la violencia me encanta ver todos estos conflictos, trifulcas inacabables del ser humano; esa vivacidad y dinamismo es algo que seguro las sociedades más estables del futuro y del más allá nos envidiarán. Lo que me molesta es ese aire de superioridad con quienes unos u otros se posicionan frente a la historia, denostando a todos los que los antecedieron y alabando a todos los que les precederán solo en virtud de que le preceden a ellos. O por el contrario entendiendo a todos los que le preceden como un camino que culmina en ellos como una profecía autocumplida; me desesperan un poco por la irracionalidad con la que defienden sus razones y sus justificaciones vagas que suponen existirán aún más allá del tiempo mismo.

Pero también los comprendo, comprendo su necesidad por plantear algo atractivo, interesante y legitimador, y entiendo que estas maneras un tanto espurias son las que ganan en las urnas, las que convencen asambleas y las que hacen historia.

¿Es lo que sirve, no? ¿Es lo práctico, verdad? ¿Podemos vivir sin lo demás, no?

Todas esas preguntas me ponen muy triste, porque son preguntas que vienen de personas a las que suponemos conscientes, pero, ¿qué es en realidad la conciencia? ¿Es una manera de apreciar a todos como iguales y encontrarnos con el otro como yo, y dignificarnos de la misma manera? ¿O es saber que la consecución de nuestros fines importa siempre más que todo lo demás y por lo tanto incluso conscientes de una total igualdad ontológica generamos a drede estos antagonismo y estas situaciones jerárquicas? ¿O es algo que ni siquiera conocemos y nadie nunca ha tenido o entendido?

Antes creía que discutía con cínicos que renegaban esto que es tan asequible — que todos somos iguales y que el mayor problema al que nos enfrentamos es al anacronismo y asincronismo aparente — pero ahora no estoy tan seguro. Me parece, después de dilucidar de estas cosas y otras tantas más, que estos pedos nomás no los concibe la banda, son de plano influjos del mundo ideal, de la imaginación; porque incluso si hacemos todo este análisis teórico que me ha llevado a mí a ser una persona mucho más taciturna con los demás (en un sentido amplio, histórico y multicultural), pues eso no puede compaginar con una sociedad que se rige por el conflicto — todo esto suponiendo que porque creo que nadie tiene la última y más verdadera razón entonces no puede tener una razón particular u otra, claro.

Así pues, ya me rendí… dándome razón. Es parte de todo este devenir que me enfurie al pedirle honestidad a la banda y no la encuentre. ¡Pues claro! No la encuentro porque para muchos otros esto es lo que es ser honesto. Tal es la mera neta: Que los otros están mal y yo estoy bien. Que mis jefes no pueden comprender lo que yo comprendo porque vivo en un mundo que es inherentemente mejor al de ellos. Que históricamente hemos llegado a esto y no nada más podemos afirmar que los estadíos anteriores de la humanidad eran menos avanzados y peores, sino que están mal y no tienen cabida en este mundo contemporáneo.

Entonces cuando le pregunto a esta chica “¿por qué es mejor ser iguales a no serlo?” y me responde que esa es la alternativa que evidentemente es mejor, pues no quiere decir que de hecho sea evidentemente la mejor, sino que responde a una cierta posición de este movimiento violento de la historia, del que pocos individuos aceptan vivir con la conciencia de la igualdad. No es evidentemente mejor. No es obvio el camino ni es obvio caminar y si nos parece obvio es porque, en última instancia, así lo ha decidido nuestro momento histórico, sea revolucionario o no. No tendemos ni debemos ir a nada a lo que no querramos proceder. Ni la igualdad, ni la libertad, ni nada; pero ya esto es una manera muy particular de ser más libres. Qué raro.


Hay que insistir en que todas estas cosas se piensan y son interesantes, pero no tienen nada que ver con la acción, es más, la acción se queda completamente igual, porque el hecho de adquirir una comprensión más incluyente del otro no hace que actuemos distinto con él. Así que es como si esto que hemos dicho no significara nada.

No sé cómo hacer de esto algo más natural y asequible, o siquiera si debería serlo para empezar. ¡Pero me contenta tener un poco más de paz conmigo mismo!

(sí significa algo, abogar por un mayor interés por la teoría que abruptamente queda constreñido por la “necesidad” práctica, mientras ella misma es constreñida terminando sin reflexión “propositiva” y muy pitera; igual y edito el final, al cabo, nadie me lee)