Mixiote y Revolución con el otro.

¿Alguna vez han probado los tacos de mixiote del puesto improvisado que se pone frente al auditorio Justo Sierra por allá de las 12 de la tarde de Lunes a Viernes? Este artículo no tiene que ver directamente con ellos, pero les voy adelantando que cuando la carne está limpia (esto es, no tiene muchos gorditos y está bien despicada) son uno de esos placeres insólitos dentro de la Universidad.

Soy un fanático acérrimo de lo que mi mami llama “antojitos” y lo que allá en mi tierra mis coetáneos refieren al campo semántico de las “garnachas”: Picaditas, empanadas, gorditas de frijol y de dulce, molotes, pelonas, memelitas, tortas de cochinita con kastakán, codzitos, tlayudas, memelas, las quesadillas sin tortillas que hacían en frente de un Chedraui en Oaxaca, tacos de carnitas con chicharrón del “Choche”, esos tacos de chicharrón con queso fresco que hacíamos cuando mi papá iba a comprar con Chalo, gorditas de chicharrón con quesillo, quesadillas (para los puristas que saben bien que una empanada y quesadilla no comparten sustancialidad), la birria, el suaderito, las flautas con harto queso cotija, los panuchitos y los salbutes de Kanasín, tecolotitos, lo que ustedes quieran y manden. No solo me gusta comer dichas y muchas otras delicias, sino también me gusta observar aquellos lugares en los que las comemos, con quienes las comemos y prácticamente hacer una indagación completa de lo que implica ir a un puesto y pedirle a la señora Cristy una gordita y una quesadilla como siempre o de lo que en su momento fue ir con los Güeros por la cochinita del sábado, o ir a donde estaban las casas de los marinos al local de Don Robert por unas picadas con harto queso y un chocomilk enorme, que hasta le ponía jerez y vainilla.

Pero entre más pienso en mis maravillosas experiencias con la comida de la calle — que sea de paso, hay que admitir también hay algunas historias muy malas — me doy cuenta que esas experiencias no me son exclusivas: Por supuesto que los nombres, los lugares y las cosas son propias de un estar cultivado a lo largo de los años y que me pertenecen a mí nada más. Pero una buena ida a las garnachas es prácticamente parte de la experiencia universal del mexicano. Si le pregunto a mi padre, a mi madre o a mis hermanos quizá descubra experiencias similares en lugares totalmente distintos; si le pregunto a mis amigos del Norte o del Sur, o de cualquier parte de la República resonará entre nosotros la simpatía que nos producen las garnachas.

Los puestos de garnachas en mi opinión iluminan el espacio público, lo revitalizan y enraízan a las personas a la recuperación de sus espacios: Una cuadra totalmente ajena de repente atrae nuestra vista casa por casa mientras esperamos que terminen de prepararnos los esquites; una escuela por el rumbo se convierte en un conjunto de dinámicas y relaciones con respecto al uso del espacio de un microparque mientras esperas que la señora prepare las gorditas para tu mamá, comer guajolotas en Barranca del Muerto se desentraña en una historia de gentrificación por un nuevo centro comercial. En general, las garnachas son hijas de México, y nosotros somos sus hijos y hermanos: contamos historias, actitudes, visiones del mundo, comúnes y discordantes, siempre en el seno neutral de la rica familiaridad de la comida.

En la misma línea, los tacos de mixiote de la Facultad de Filosofía y Letras produjeron en mí una diatriba demasiado extraña, porque (y dado que asumo que son de los mejores tacos de mixiote del sur de la ciudad) entré en un conflicto conmigo mismo: ¿Qué sucederá con los entusiastas del mixiote que desaprueban un puesto de esa índole en la FFyL? ¿Qué sucederá con aquellos fanáticos de uno de los grandes placeres envueltos en una tortilla que reniegan ser indulgentes con respecto a la situación universitaria? ¿Qué pasará con aquellas personas que desean venéreos unos de esos taquitos pero no se sienten cómodos yendo a ese puesto?

A todas esas personas les dedico este texto con empatía.

Cuando yo llegué a la Facultad de Filosofía y Letras estaba seguro que la situación con el “Ché” está mal y de ahí se esparcen, como la madreselva en las paredes, un sinfín de problemas tanto para la infraestructura como para el alumnado de la Facultad; y yo, en mi papel rígido y de mamoncillo dije “no, la mejor manera de ir en contra de todo eso es no consumiendo sus productos.”

Por un año aguanté vara hasta que por fin decidí darle una oportunidad a susodichos taquetes y desde entonces quedé fascinado por el buen sabor y el módico precio de 13 pesitos (el tianguis por mi casa los vende como a 16, y con menos carne los marros). Pero más que nada, requerí de mí el rehacer mi manera de ver el mundo: ¿Cómo pueden conciliarse los riquísimos tacos de mixiote de la Facultad y mi actitud por rescatar ese espacio universitario?

Lo que sucedió fue — en mi opinión — no un manera conservadora de acercarme al viejo problema, ni un alcahueteo que se justificara con el indiferentismo o el relativismo. En mi opinión, de ahí nació una revolución en mi manera de pensar, una que apela a lo que mi tío llama “la banalidad.”; pero yo no entiendo la banalidad como muchos pseudo artistas, con el hálito poético que hace de las actividades simplonas del día a día una prosa romántica churrigueresca y que evoca un rescate frente a lo complejo que se vislumbra como enemigo. Para mí no hay nada que rescatar, lo simple es lo simple, lo cotidiano es lo cotidiano. Ahí está su mayor virtud y lo que lo hace meritorio no solo de mi atención sino de mi participación. No voy a los puestos de garnachas porque crea que ahí se esconden , subrepticias y reprimidas por la cultura de lo técnico, grandes respuestas del mundo y la sociedad; voy porque ahí están, al contacto directo de quien se quita sus moños.

Comer tacos de mixiote es un gusto mío, que el alumnado se re-apropie del Justo Sierra también. Pero antes creía que esa doble intención representaba un doble espacio y una doble actividad: Un discurso desde adentro de la Fac y otro desde afuera. Una manera de pensar el encuentro con los alumnos y otra con los presentes. Todo mal con aquella concepción.

¿Al Rector le gustará el mixiote? ¿A las figuras “acá” del STUNAM? ¿Al Director de esta Facultad? ¿Y los coordinadores de cada carrera? ¿A los profesores y alumnos? ¿A los empleados de servicios? Si me lo permiten, yo cordialmente los invito a comernos unos tacos y platicar con la palomilla (eso sí, no me puedo dar el lujo de pagar).

Porque a fin de cuentas, mi opinión es que la revolución que la UNAM requiere es una apropiación del espacio común. Pero no se trata de que manden a unos dos que tres pelados a sentarse en esos lugares. Se trata de un acercamiento directo y real de las personas a su medio. ¿Conoce el Rector los baños de la Facultad? ¿Ha probado el Director de FFyL los tacos de Mixiote o las aguas de limón con Chía frente al Ché? ¿Por qué quienes hacen política del espacio han hecho un mundo irrisorio y mitológico en el que la política y la acción son un tabú? ¿Son los tomadores de decisiones en esta Universidad — y en cualquier lado, al chile — aquellos que viven y conocen el mundo sobre el cual ejercen sus cargos?

Entre más hondo se haga el abismo entre esta comunidad de personas y el espacio físico y banal en el que interactuamos más difícil será el encontrar vínculos sobre los cuales construir política. Entre menos se vivan los problemas desde lo cotidiano, menos se entenderá el imperativo por combatir la violencia de género, el crimen, la insalubridad, las deficiencias en infraestructura, etcétera. Es banalidad que sentimos todos los días, inconsistente con las políticas que pretenden soluciones fugaces para resolver problemas de siempre.

Los tacos de mixiote no solo son muy ricos, sino que ir a comerlos implica ver al mundo desde otra perspectiva, la perspectiva de lo cotidiano y lo simple; y es solo desde ese contacto con el otro sin prejuicios, desde el diálogo directo, frente a frente, no escondidos dentro de nuestros cubículos e ideales decimonónicos de la pureza revolucionaria o la pureza de las instituciones y que privilegie el que comamos juntos mixiote independientemente de quienes seamos, desde donde se puede construir un ejercicio colectivo de la política.

Esta no fue una expresión de la política de la banalidad, este no es ni un acercamiento mínimo al ancho y largo de las múltiples e indescriptibles relaciones que podemos tener si tan solo nos acercamos al mundo cotidiano y real con la intención de experimentar con él y no de juzgarlo desde la barrera de nuestras individualidades fresonas. Esta solo es una invitación a que se lancen por unos tacos de mixiote frente al Justo Sierra, y antes de porfiar a favor de que los corran o que se queden como un símbolo de la protesta, recordar que mixiote y revolución social son cosas distintas, pero iguales también.

Me pueden recomendar sus tacos de mixiote y otras de sus experiencias culinarias favoritas a Mi Twitter. Gracias.

Like what you read? Give Joel a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.