El viaje (otra manera de mirar)

La muerte vive en mi tejado, vivo en el sótano de la muerte.

A veces se arrastra, desesperada, para que yo la oiga y me asuste.

A veces llama a la noche, anuncia el silencio con su manto oscuro y arrastra el hierro roído, rasura la ristra, rara y roñosa, de rimas ruines que me resguardan de mi rutina.

A veces mira al frente y llama al mar, ese mar… Silente y digno, paciente, sediento, de alma negra indemostrable, carismática.

Inhuma miles de las almas de mis compañeros, las iguala en la miseria; las inmortaliza en la perpetuidad corrupta de un recuerdo vergonzoso; les roba la dignidad.

La dignidad no flota.

Surcan estáticos, insumergibles, los barcos de marfil y oro en busca de un pedestal, cada vez más alto, en el que ver las olas romper a su lado, cada vez más cerca, sin que la esencia violenta que compone ese chocar bélico les acierte a salpicar.

El viaje no acaba porque el viaje nunca empieza.

El viaje de los niños que apuran su última bocanada de aire; el de los caminantes sin rumbo que no buscan esperanza; el de las fronteras que son frías, pero que no se arman solas, y viajan en nuestra contra, nos acorralan en el yermo humano.

El viaje de todos, el que jamás se mueve o que, si acaso, es el viaje del mundo, que gira y nunca da un respiro.

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