Sobre edificios abandonados.

Grandes edificios abandonados se erigen majestuosos y apenados en los rincones de las locas ciudades que ya no tienen una bocanada de aire para ellos. Me gusta la sensación de bucear entre lo que emanan las vibrantes paredes mudas, los frescos a medio comer por el hambriento paso del tiempo o las grandes bóvedas que suplican caer encima de ese vacío que, ahora, las hace inmensas.

Cuando estoy dentro me recuerdan a todos esos sueños que no consigo conservar, a todas esas tramas que se revuelven y se entretienen en hacerme sentir cosas que por la mañana se perderán, irremediablemente, entre el trasiego de otro día más en el mundo de los vivos. Esas estructuras mentales que no se pueden preservar en pie en mi cabeza son como estos edificios abandonados para los sueños, lo que pudo ser y lo que nadie recuerda por puro hastío.

Es una buena sensación.