Visions of Johanna
Si tengo que recordar la primera vez que la vi, me sale una sonrisa afilada que rasga mi cara durante unos minutos porque, sencillamente, no lo recuerdo. Me gusta que me atraviese, de cuando en cuando, la sensación de cómo la realidad reparadora cae sobre los recuerdos edulcorados y, probablemente, fabricados por uno.
Es cierto, no me acuerdo y sería imposible recordar algo tan blanco, plano y aburrido. Al menos otra vez. Sí me viene a la mente constantemente su joven rostro, como si no hubiera cambiado nada, en todos los lugares en los que estuvimos y en otros que, quizá por acción del destino, nunca tuvimos a bien visitar. No es que aquel rostro pueda ser corrompido por el paso del tiempo, ni es tampoco que aquellos estetas pedantes e impostores puedan poner una sola pega a esa cara que soporta, la mayoría del tiempo, el peso del mundo sobre ella, no, es tan solo que se le ha ido cayendo la inocencia.
Me visitan todas aquellas miradas en silencio que nos regalamos y que ahora, sepultadas bajo la carga del tiempo, ya no importan nada a nadie. Vienen a mí y me atormentan, me demuestran que ya solo existen en mi cabeza y que acabarán muriendo conmigo, como si todo el dolor que me causan no valiera más que el pequeño paso entre seguir en este mundo y viajar al siguiente, al que no existe. Vienen a mí todas aquellas cabezas, borrosas y oscuras, entre las que buscaba la tuya, que parecía más iluminada que el resto, aunque fuera solo por puro artificio de la impostura que me mantenía joven. No siempre estaba allí, pero yo pasaba noches mirando, esperando ver tu sonrisa a lo lejos como si eso fuera a servirme de algo en aquel mundo loco en el que vivíamos los jóvenes confundidos, yo esperaba verla, aunque no pudiera ni tan siquiera verme las palmas de las manos sin vomitar.
Ahora te veo y me aburro de mí mismo. Me canso de pasar años buscando la excelencia entre esa aura mediocre con la que te empeñas en embadurnarte y de la que yo siempre te disculpo, como si mi juicio fuera importante para otra persona que no sea yo. Me desespero diciéndome a mí mismo que no merece la pena rebuscar entre las pequitas de tus ojos otra cosa que no sean manchas minúsculas, pero siempre acabo dentro, como un idiota, a oscuras y sin saber si seguir hacia delante, donde están todos tus pensamientos, que fueron un enigma indescifrable para mí, o si caer hacia atrás, rebotar en tu nariz, con suerte en tu labio superior, y acabar defenestrado sobre un plato de alguna cosa rara o ahogado en una taza de café recalentado.
No hay nada que hacer contigo, lo sé y lo lamento. Siempre flota sobre mi cabeza el pequeño milagro, lo improbable o lo imposible y siempre lo espanto con el mismo movimiento familiar, natural y cotidiano con el que lo llevo haciendo toda mi vida. Es más, sé que nada de esto te importa, sé que yo no supongo para ti nada más que compañía cuando no hay nadie o una mancha borrosa entre una muchedumbre que parece más interesante que yo. Lo sé y lo lamento.
He escrito mucho sobre cómo me siento y nunca ha salido nada bueno de aquel sentimiento horrible. No creo que me pueda sentir peor, así que supongo que todas mis balas están agotadas. Supongo que lo que queda es esto, la aburrida y plana condena de quien ha asumido que nunca será nadie en esta tierra de locos y que está demasiado ocupado en trivialidades como para morir.
Ya no hay esperanza para mí.
*Escrito el 28 de mayo de 2017, lo que solo es importante para mí, sobre una macedonia de canciones de Bob Dylan, recuerdos de juventud y café del día anterior.
