
Bang Bang!
(Baby shot me down)
La ciudad pintada en colores ocre, el sol de invierno rebotando en las gafas que nunca olvido por la foto-fobia ocasionada por años de borrachera nocturna.
Treinta minutos antes Diablo Guardián y yo, nos habíamos sentado entre montones de hojas secas para tomar café, para hablar del futuro, él con su elegancia habitual, un sombrero y los zapatos combinados, yo con mi desfachatez habitual, unos jeans desgarrados y los lentes. Él habla de números y yo le busco forma a las nubes, y yo le hablo de la forma de las nubes y el las convierte en operaciones matemáticas. Pero sobre el Diablo Guardián no voy a hablar hoy.
Treinta minutos después, yo arriba de una Jeep blanca, con los vidrios polarizados, el aire pegando en la cara, la arteria principal de la ciudad casi vacía porque es la hora de la comida, sol incandescente, el que solo deslumbra pero no calienta, la música se escapa por la ventanilla abierta, la melena se revolotea con la velocidad del acelerador, edificios y calle, yo y mis gafas de sol.
Los edificios comienzan a dejar de ser realistas y parecen mas lineas dibujadas en secuencias repetitivas, todo se vuelve un anime japonés o un video de Pearl Jam.
La camioneta se frena frente a un lujoso y tradicional restaurante en la explanada principal de la ciudad, el chofer abre la puerta, me enfundo el saco y entro, el silencio de afuera se rompe, por millones de conversaciones que se cruzan en el aire, ordenes que están listas, personas que esperan su turno, copas que chocan, platos que se rompen, clientes grotescos metiendo en su boca bocados mas grandes de lo que puede entrar, niños gritando, teléfonos sonando. Encuentro mi mesa. Mr. S me espera, con una sonrisa nos saludamos, después de todo nos conocemos bien. Dejo las gafas de sol sobre la mesa. Conversamos:
-antes que nada debes prometer que no le dirás a nadie lo que escuches en esta mesa-
Eso prometí y eso haré.
Intercambiamos portafolios por debajo de la mesa estirando el pie. El trato esta cerrado. Salgo del lugar y todo sigue dibujado en colores violentos.
Camino y prendo un cigarro. El aire mueve un cartel de Louise Bourgeois.
Lanzo un par de monedas a la cara dibujada de la taquillera y entro al mundo surrealista de Bourgeois, para comprobar que si vas a ser artista debes revolcarte con tu dolor o mejor no hagas nada.
Salgo con una linea dibujada como sonrisa de la exposición y me detengo sobre una araña gigante que invita a los transeúntes a pasar.
Prendo otro cigarro, el color es mas rojo en el cielo y eso empieza a inquietarme.
El teléfono suena, una vez, dos veces, tres veces….»Dan llamando» dice la pantalla del movil; una bocanada profunda al cigarro:
-Tienes que ver la exposición de Louise Bourgeois, le digo.
Silencio.
Ahora se que se trata de algo importante. Mi atención dibuja los labios de Daniel pegados al micrófono de su teléfono celular que lentamente articulan.
-Él, está sentado a mi lado, sigue vivo.
Dejé caer el celular y vi como se estrellaba contra el suelo, un zumbido en el oído aisló cualquier sonido que provocaba mi alborotado entorno, el cigarro encendido cayo de mi boca sin que yo hiciera el mínimo intento por detenerlo, llevé. la mano derecha al pecho y comenzó a cubrirse de sangre, el disparo fue preciso y sin que me diera cuenta.
Mientras caía al suelo busqué en la punta de los rascacielos tratando de encontrar al agresor y las formas definidas de las cosas, comenzaron a volverse manchas borrosas.
Quede en el centro de un charco pantone 185C.
El grupo de personas a mi alrededor no se inmutó y cada uno siguió la dirección que llevaba.
Unos minutos después el silencio se rompió con los zapatos de Aguacate que retumbaban claramente sobre las baldosas de aquella plaza principal en dirección a mi cuerpo rodeado de sangre. De un jalón cargo mi cuerpo entre sus dos brazos y lo sacó de ahí antes de que alguien notara algo.
Cuando recobré el conocimiento, la ciudad había vuelto a su realismo pálido y frío, el celular seguía en mi mano y yo seguía parado debajo de la araña de la artista francesa, con el cigarro a punto de consumirse y quemarme los labios.
-Sigues ahi?
-Si aqui estoy. dije mientras me palpaba el pecho comprobando que no había disparo.
Los labios de Dan volvieron a dibujarse en el microfono
-Todos, en algún momento, necesitamos matar lo que amamos para salvarnos. Tú incluso ya lo has hecho.

-Bang Bang, Nancy Sintra estaba sonando-