Un verano junto al mar condenado a la eternidad.

Jonathan Persan ▲
Sep 4, 2018 · 6 min read

Era agosto veinticuatro, uno de los veranos más lluviosos de los últimos años y yo estaba sentado frente a un espejo enorme con un marco de focos amarillos, acurrucado en el sillón que me corresponde, con el corazón más acelerado que de costumbre, con los audífonos puestos, viendo mi reflejo y contándole al niño que corría por la playa, que lo habíamos logrado y esa noche el telón más importante de la ciudad, se abriría con nosotros detrás, cuando la puerta del camerino que enmarca mi nombre sonó tres veces.

Una mujer con un radio y resolviendo a la vez más de cincuenta cosas, entró apresurada y sin prestar tanta atención dijo “Te han mandado esto” y luego volvió a regañar a alguien con el micrófono que traía en forma de diadema. Cerré la puerta detrás de ella y me quedé viendo el enorme arreglo de tulipanes, mientras pensaba que era la primera vez que alguien me mandaba flores, que los tulipanes siempre han sido mis favoritas porque desaparecen y que no recordaba si en “Como Agua Para Chocolate” Tita cocina las codornices con rosas o con tulipanes. Me apresuré a abrir la tarjeta: ¡Mucha Mierda! Firma Clark. Me quedé un rato pensando que después de todo, quien merecería más las flores era él, por las noches previas a ese 24 de agosto. Mi neurosis pasiva agresiva que provoca un estreno, su almohada izquierda, su charla para calmarme y las copas de vino para aligerar el hastío de los días pesados. La puerta de mi camerino volvió a sonar tres veces pero esta vez la mujer grito “Entra publico” y yo corté uno de los botones de tulipán y lo puse dentro del sobre que traía la tarjeta.

Aquella noche todo fue celebración, rodeado de todos los amigos, hasta que pasadas las tres de la mañana se fueron los invitados; Clark y yo nos quedamos en el sofá sentados a media luz, mientras él me decía “Lo has logrado” y yo sentía que si.

A la mañana siguiente le canté “Pack yourself a toothbrush dear. Pack yourself a favorite blouse” porque teníamos que alistar todo para ir al mar y eso hicimos, en una maleta de 25 kilos. Clark por un lado iba a buscar un pasado que recordaba muy poco; yo por el mío iba a enseñarle a Clark mi lugar más feliz en el mundo, la roca donde iba a jugar con mi hermano cada tarde, donde éramos piratas; yo era siempre el cobarde y Ali me defendía de las noches de tormenta, cuando los huracanes golpeaban aquel pueblo con mar.

Dos mañanas después yo me desperté antes que el despertador y me puse a hacer café. Clark dice que soy un niño chiquito que se emociona con los viajes. Pero es que papá y mamá siempre insistieron que ganáramos dinero para viajar, que lo demás ya se iba viendo. Entonces nos fuimos a viajar a respirar el mar.

Olas Altas es el sitio idea para dejarse perder tres o cuatro veces, casa con vista al mar por lo que vale en CDMX un café, más los intereses. Clark era el hombre ideal para dejarse perder tres o cuatro veces, siempre dispuesto a reír, siempre dispuesto a escuchar todas mis memeces. Un verano en Mazatlan, alejados de la gran ciudad, acostados viendo el cielo, insolados hasta el hueso, sin tanta explicación que dar, mirarnos a los ojos y sin preguntar, olor a coco con tajín y sal de mar, calzón de baño y bronceador, gafas negras y piña con ron.

Un verano en Mazatlan, la primera tarde algo salió mal, un secreto entre los dos y ya; mientras tumbados en el suelo comenzamos a pelear: En todo este tiempo, hemos peleado apenas un par de veces; pero asi como somos un incendio tambien somos aguacero; y a veces se que debería derrumbarme por motivos más importantes, pero es que Clark no entiende que él es la linea tenue entre la fe y la esperanza ciega. La tendencia apasionada de ambos y la terquedad de querer ganar la discusión hace que se pierda el sentido y estoy seguro que un día no muy lejano los dos pensaremos “¿Es en serio que peleamos por eso?” pero en ese momento parecía de vital importancia. Entonces nos echamos a caminar por la playa mientras seguíamos discutiendo y yo pateaba frustrado las olas sin saber como detener aquello. La calma llegó con la puesta de sol y le dije mientras el cielo se pintaba de siete naranjas diferentes “mi nombre en tu boca sigue siendo el mejor idioma cuando lo pronuncias incluso enojado” y entonces Clark fue ahora quien pateo las olas para mojarme la cara y yo lo tomé como un pacto de paz. Me miró en altamar con los ojos de cazador que se acerca sigiloso a revolver un corazón, corazón que en ese momento le dijo “Si” mirando al mar. Nos quedamos sentados en la arena y el cielo dejo de ser naranja para volverse violeta, mientras yo pensaba que existe una enorme contradicción entre la seguridad que da estar junto a alguien que sabe donde están tus puntos más vulnerables. Se hizo de noche ahí en la playa, la brisa del pacifico acariciando su cara, sonreímos porque después de todo tu y yo queremos lo mismo: la risa en la cara, el “team” en la mano, el mundo a nuestros pies y lo demás: ya vamos viendo.

A la mañana siguiente desperté a Clark de un salto, “tira las sabanas, sal de la cama, vamos a caminar toda la playa” y nos fuimos a bañar porque como dice Ana: “Para nadar lo mejor es el mar”. Pasé toda la mañana metido en el oceano pacifico y luego salí hasta el camastro donde estaba tumbado Clark

-Pronto es que aceptes ir conmigo en una pulmonía a recorrer la costa

Nos trepamos a una y recorrimos por un par de horas toda la costa, desde Playa sur, hasta Olas Altas, dejamos a lo lejos Cerritos y Nuevo Mazatlan, la ciudad desierta, porque nadie camina bajo los 35º que a medio día marcaba el termómetro, recorrimos todos los lugares, que para mi son conocidos por los recuerdos de mi infancia y para ti eran conocidos por los relatos de tu padre, que mientras hablabas de él; decías que nunca volvió pero no dejó de hablar de aquel pueblo con mar; pensé que era verdad porque por alguna extraña razón Mazatlan no se olvida. Aquella tarde hicimos todo lo que se “debe” de hacer. Tú decías que se debe de recorrer el malecón y comer coco de cuchara. Yo te dije que se debe caminar por la plazuela Machado cuando baja el calor y comer pastel de plátano y entonces tu dijiste que se debe de comer Callo y entonces yo te dije que se debe de hacer en el mejor restaurante de la ciudad. Aquella tarde recorrimos todo el puerto con todos los sentidos, con su comida, sus olores, sus colores, sus sabores, su gente, sus calles, su calor incandescente. Aquella tarde te conté que tenia yo un plan, algún día tener una casita en la playa, dormirme arrullado por el mar, tú escuchaste atento mis planes y cuando terminé sonreíste y luego dijiste que tuviera una casa de ricos para que me pudieras visitar y entonces, como siempre, me hiciste reír. Volvimos muy entrada la noche a la habitación e hicimos el amor en el balcón, la piel bronceada y salada, sabía a todos los veranos del mundo.

Un verano en Mazatlan, sin necesidad de conversar, la tercer mañana te tomé la mano y te enseñe como se debe de nadar, a surcar las olas, a entender el mar y tu insistías que hasta para nadar parezco un niño chiquito. Pasamos todo el día en el agua, la salada y la dulce, la del mar, la de la alberca, la de la ducha y la de la saliva. Volvimos a esperar la puesta de sol y mientras esperábamos te dije:

-Hoy hace 8 meses ya que nos conocimos, aunque siento que ha pasado más tiempo

-¿Pensaste que llegaríamos hasta aquí? Dijiste

-No, yo creí que serias un amor provisional

-¿Y que pasó?

-Pusiste tus manos en mi mente, antes que en mi abdomen y lo que más me gusta de ti es tu olor; hueles a arena y a mar.

Y entonces cruce la alberca nadando para no decirle que cuando digo que “Él tenia el sabor de todos los helados” quiero decir que convirtió a todos mis amores en irrelevantes.

Nos levantamos temprano porque teníamos que despedirnos de aquel puerto, un verano en Mazatlan, condenado a la eternidad, porque mirando la playa empujados por el viento, se detuvo el tiempo, en ese verano en Mazatlan.

Antes de irnos te dije que había tres cosas importantes que debías saber: Necesito del olor a café por las mañanas. Volver a Mazatlan una vez al año. Y si un día me extrañas, escucha los discos de Miranda!

Sonaba

Miranda! — Lejos de Vos-

Biquini — A la Deriva-

Planeta No — Vacaciones de Invierno-