El aburrimiento creativo

Recuerdo lo frecuente que era la sensación de estar aburrido. De no tener nada bueno o interesante que hacer.

Volver del liceo, mirar en la guía de programación, y darme cuenta de que no. Efectivamente no. “Hoy no hay un partido de fútbol en vivo, para ver”.

Todo el día me lo pasaba intentando ocupar la mente en algo. Pero no había nada.

Obviamente, lo había. Pero en el momento mi mente no iba más allá de lo que me apasionaba: fútbol. Si no había nada parecido a eso, estaba aburrido.

Sorbos con sabor a pasado

5 años después, mi mente sentía haber vivido esos tiempos.

Una nueva integrante de la familia (nacida en los 2000), tenía en sus criterios de evaluación de actividades al término “aburrido”. Si algo de lo que había por hacer no tenía relación con estar en el teléfono móvil, conectarse a internet, mirar en la televisión o tomarse fotos, irremediablemente debía tacharse con una palabra: aburrido.

“Aburrido”. “Aburrido”. “Aburrido”.

Para ella, recién entrada en la frontera de adolescencia, juventud y madurez (con todos los cambios a nivel de responsabilidad que ello implica), el aburrimiento no era más que un mal síntoma, una advertencia de que estaba desperdiciando el tiempo en algo que no quería, que no había solicitado, y de lo que debía escapar cuánto antes.

Pero, para mí, ¿qué era el aburrimiento?

Cuando el aburrimiento puede ser positivo

Vivimos en la generación más conectada de la historia. Tan conectada que es medianoche y cualquiera nos puede contactar. Tan conectada que estamos disponibles a toda hora, desde cualquier lugar, por diferentes canales.

Consecuencia de ello es que siempre hay algo que hacer.

Y si no hay nada, pues, lo inventamos:

  • Hacemos zapping en la tele aunque no haya nada interesante para ver.
  • Nos ponemos a hacer scroll infinito en las redes sociales, aunque no haya nada que ver.
  • Leemos mil veces los mismos blogs, sólo para fingir ser interesantes y que estamos ocupados.

Por eso, casi nunca estamos teóricamente aburridos. Es decir, sin absolutamente nada que hacer.

Y eso es negativo. Trágico. Y las consecuencias las podemos ver en nosotros mismos. Son innegables.

Quizás porque no entendemos la importancia del aburrimiento. De cómo sacarle provecho.

Permítete estar aburrido

Uno de los males generalizados de la humanidad del siglo XXI es el estrés. Pero, un estrés producido por la saturación.

Saturación de tanto que hacer, de tanto que poder hacer, de tanto en lo que nos comprometemos o nos ocupamos. Muchas veces sin saber por qué hacemos lo que hacemos (que es otro tema, y da para muchos artículos).

En resumen: pocas veces nos permitimos estar sin nada que hacer.

Sin embargo, el aburrimiento pudiera ser el antídoto del estrés.

¿Cura? Tal vez no, pero funcionaría como un método DIY para evitar tus terribles consecuencias, sobre todo a nivel mental.

Razones por las que deberías aburrirte de vez en cuando

Sí. Aburrirte. Intencionalmente.

Quedarte 10 minutos en desconexión total con el mundo exterior.

Solo contigo. Sólo contigo.

10 minutos que de seguro servir para que:

  • Tu mente comience a sentir la mágica sensación de quedarse en blanco, lo que consecuentemente te llevará a pensar con mayor claridad, orden, lógica e inteligencia.
  • Tu creatividad se despierte, producto de que no hay pantallas brillantes que le perturben la inspiración, ni personas hablando, ni nada interfiriendo.
  • Tu estrés se disminuya a niveles irrisorios, y tu ansiedad (que hoy está muy de moda y no le hemos tomado en serio) se cambie por tranquilidad, por distensión.
  • Tu motivación comience a subir exponencialmente, porque tu mente y tu creatividad están encontrando cosas por hacer, con las que sí te divertirás, con las que te irá mejor en el futuro, y con las que puedes estar contento con los resultados.

No tiene nada de malo estar aburrido.

Gracias al cielo, o a la suerte de saber elegir qué hacer, mi aburrimiento (aquel que tenía cuando llegaba de clases y no había fútbol para ver) lo combatí escribiendo poesía y cuentos, y leyendo una colección de libros que mi madre había recibido del Círculo de Lectores.

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