John Neira: ¿Qué nos enseña sobre Venezuela y su gente?

La semana pasada nos vimos conmovidos por la situación de un venezolano cualquiera, en un lugar cualquiera de la frontera con Colombia. Su nombre es John. John Neira.

Si quieres conocer más sobre su historia, puedes mirar con detenimiento el siguiente video, cortesía del equipo de prensa de Semana (Colombia).

Después de ver el video, ¿qué impresión te ha quedado? Más allá de lo sucedido, ¿qué impresión te ha dejado John? ¿Lo consideras un delincuente por lo que ha hecho? ¿O qué?

Pues, de eso va este nuevo artículo. Más delicado que el del fin de semana pasado. De hecho, he cambiado el artículo de este fin de semana y lo he trasladado al calendario de publicación de la próxima semana. Todo para hacer hincapié en este tema.

Contexto

Ninguna realidad es totalmente real cuando se deja de analizar el contexto. Eso es válido no sólo en el periodismo (donde a veces se olvida), sino también en la mayoría de las artes. La literatura es una de las principales.

En todo caso, tenemos a John. Venezolano, y como todos los venezolanos, atragantado hasta la médula con una inflación que supera todo registro conocido. Con una diáspora de connacionales que cada día, morral en hombros, cruzan la frontera sin saber qué les espera al otro lado.

No lo hacen para emprender un negocio fuera. No lo hacen para turistear. Lo digo porque el presidente venezolano así lo asumió. Lo hacen porque el hambre y el hampa (las dos H’s) están masacrando a populi.

Si bien la situación económica es uno de los problemas, todavía una gran parte de los venezolanos está en el campo. Se dedican al agro. Pero, lo poco que produce el campo es víctima de la delincuencia. Robos, secuestros, y pare de contar. De eso huyen los venezolanos, más que del hambre.

Pero, en las grandes urbes, es diferente. El agro tiene capacidades nulas de abastecer a una ciudad entera. Valencia, Maracay, Maracaibo, Caracas o Barquisimeto dependen exclusivamente de la importación. En el Táchira, de donde es John Neira, sucede igual.

¿Qué hacer? Esa es la incógnita.

¿Qué se puede hacer?

Comentarios del año pasado

El año pasado tuve una conversación con mi madre, luego con mi abuela, luego con todo mundo en mi familia. Siempre, por razones obvias, tocaba llegar al tema nostálgico de “cómo está sobreviviendo todo el mundo”.

Y uno de mis comentarios predilectos de todas las conversaciones, sin importar con quién fuera, era este:

“Muchos buenos venezolanos deberán hacer cosas malas para sobrevivir. Y sufrirán mucho por dentro, porque son de buen corazón, porque quieren superarse cada día. Pero la crisis los encerrará hasta el punto de hacerlos explotar. Y cuando un ser humano estalla, no sabemos para donde puede coger”.

Sí. Gente buena haciendo cosas malas.

O cosas indebidas. Que conocemos que son indebidas. ¿O no?

John es un claro reflejo de eso.

Y no es el único.

A lo largo y ancho del territorio nacional hay mucha gente que necesita hacer malabares para la sobrevivencia. A veces tienen que dejar de lado la ética y los valores. La buena voluntad que caracteriza a los venezolanos, y que es la única causa de que no estemos en Guerra Civil ni armando cuadrillas para asaltar Miraflores. Sí. Hay que decirlo.

La buena voluntad, y la esperanza, son dos de las características. Y los que están arriba se aprovechan de eso.

Los que están abajo, como John, como yo, como muchos,… tenemos que elegir qué hacer. En ocasiones no tenemos ni elección.

¿Qué podemos hacer?

Ayudar. Seguir siendo voluntariosos a pesar de las circunstancias. En el caso de John, muchos hermanos colombianos le han abierto las puertas e incluso le han ofrecido trabajo en el país de los paisas para que mejore su situación. Y la de su familia.

Pero, lo dicho: el venezolano tiene dos motores que lo mueven.

La buena voluntad: esa que le lleva a emigrar creyendo que, así como nosotros abrimos nuestro país durante décadas, los demás países también lo harán. En un dos por tres.

La esperanza: esa que le lleva a creer que las cosas algún día van a mejorar. Y, para estos días, la esperanza es el único recurso natural que nos queda. Los demás se los han empeñado al diablo en forma de criptomoneda. Y nadie se ha quejado.

¡Nos vemos el próximo fin de semana!

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