Voces se alzarán

Voces se alzarán furiosas y escandalizadas. Estamos en guerra, dirán. La civilización occidental está amenazada. O nosotros, o ellos. Muchos, al escucharlas, temerán al otro y dudarán si abrir sus puertas y sus mentes es una buena idea. Pero la realidad es que estamos inmersos en una guerra, pero no en guerra. Porque no es ésta una que se pueda perder. Ni que tenga un enemigo claro y definido. Ni siquiera es una situación enteramente nueva. Los orígenes son complejos; las responsabilidades, también. No se explica sin la religión, pero tampoco por ella: la intención de interpretar la realidad con un único punto de vista considerado como válido es condición necesaria pero no suficiente para explicar su imposición por la violencia. Desde luego, no es imprescindible que nos vayamos al extranjero para encontrar su origen, aunque tampoco se entiende (ni se solucionará) sin ver más allá de nuestras fronteras con una mirada abierta y sostenida, pero también cauta y exenta de ingenuidad.

Voces se alzarán afectadas y ofendidas. Vuestras guerras, nuestros muertos, clamarán estas otras. Pero al mismo tiempo exigirán que hagamos algo. Llamarán nuestra atención sobre supuestos muertos de primera y de segunda clase. Pero ignorarán que jamás en la historia la solidaridad entre naciones (y sobre todo la demanda de la misma) había crecido como en las últimas décadas, a pesar de lo muchísimo que nos queda por andar en esa dirección. También se esquivará la inevitable cuestión: si algo debemos hacer, qué es exactamente lo que se propone. Ni la solidaridad ni la intervención es gratis, sencilla o exenta de paradojas. El realismo, aunque reticente, es inevitable. Pero siempre queda espacio para algo de esperanza.

Voces se alzarán atemorizadas y cautas. El precio de la libertad es el que ahora debemos pagar, susurrarán. Es el momento de relativizar, reconsiderar, tal vez ceder. Pero cómo podrán tales voces ignorar que es precisamente la libertad a cualquier precio lo que nos hace ser lo que somos. Que es al revés: el terror existe porque la alternativa también. De hecho, porque de momento la alternativa va ganando. Hay aspectos que afinar. Hay dilemas que resolver. Un equilibrio que definir y redefinir. Pero los cimientos que soportarán nuestros debates no están, no deben estar, en cuestión.

Voces se alzarán en todas estas direcciones, y en muchas otras. Pero siempre se estrellarán contra una misma respuesta. No es una respuesta épica; carece de dramatismo. Es más bien tranquila: la complejidad es inevitable, y la mejor nave para navegar en ella es probablemente la que ya estamos construyendo. No es una respuesta, de hecho. Es una herramienta.

Europa es la única salida.

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