Un lugar para las clases medias

Leo en la prensa que el grupo VIPS va a cerrar las tiendas que le quedan, para que sus establecimientos operen solo como restaurantes. Lejos de mi intención aburrir con la clásica pieza de nostalgia por tal o cual local que cierra y que solo le importa al interesado, o alimentar el madridcentrismo con historias que en otros lugares suenan a chino. Pero me animo a contar lo que VIPS tiene que ver con mi educación sentimental, y con la otra, por si nos dice algo del país que ha sido España estas décadas de atrás.

Me crié en el barrio de La Concepción, en el Madrid de los ochenta, esa época que empieza a costar aceptar que existió de verdad fuera de la televisión. Éramos lo que yo entendía por una familia normal de clase media, aunque es posible que mi padre tuviese un trabajo algo mejor que otros padres de mi colegio; y mi madre trabajaba también fuera de casa, cosa que no sucedía en todas las familias del barrio. Vivíamos bien, sin estrecheces de ningún tipo pero con cierta austeridad impuesta, en un piso sin calefacción, en un edificio sin ascensor levantado donde hasta los 70 estuvo el hotel de mi familia paterna -esa parte de la calle Alcalá estaba efectivamente fuera del centro urbano hasta mediados del siglo; aun hoy sobreviven algunas casas de una o dos plantas de aquella época. Los amigos de mis padres quizás no ganaban más dinero, pero sí vivían en barrios mejores. Tenían segundas residencias y alguno empezaba a jugar al tenis o al golf. Habían hecho una transición a la parte noble que mis padres no hicieron hasta bien entrados en la cincuentena. Paseábamos, comprábamos e íbamos al cine en el barrio de Salamanca, pero vivíamos al otro lado de la M-30. Nunca tuve videojuegos, nunca fuimos al videoclub, y de hecho había cumplido los 12 años cuando en casa entró el primer VHS.

Lo que siempre hubo en casa fueron libros. Y muchos venían del VIPS. La colección Super Ficción de Martínez Roca con las increíbles portadas de Salinas Blanch. Las series de ciencia ficción o literatura juvenil de Bruguera, con su gato. Los de Alianza. Los cincuenta y tantos libros de Asimov y los veintitantos de Clarke. Y algo después, los grandes libros ilustrados de saldo, donde yo aprendí obligado por la curiosidad el inglés que no enseñaban en el colegio ni la academia. La librería del VIPS era un espacio caótico -mi padre decía, no sin razón, que ordenaban los libros “por colores y tamaños”-, pero siempre se encontraba algo.

Más aún, el VIPS tenía para nosotros algo aspiracional -que estaba ya, claro, en el branding. Cada domingo por la mañana mi padre me llevaba en coche al VIPS de López de Hoyos, al lado de su oficina. Desayunaba un batido de chocolate y una tostada, y luego mi padre me compraba un libro y una cassette de la Deutsche Grammophon en la tienda -en casa no teníamos tocadiscos, pero a mí me gustaba la música. El rito compartido consistía no solo en el desayuno y sus frutos materiales, sino en salir del barrio y visitar ese mundo del trabajo, de los ejecutivos, los profesionales y las clases medias de verdad del centro de la ciudad. El desayuno en VIPS era el viaje de la España de mis abuelos a la de la modernidad socialista.

Y ese viaje era también metáfora y símbolo de un ascenso social por el trabajo y el estudio. Mi padre había sido el primer universitario de la familia, y tuvo su título, ya mayor, mientras trabajaba. No es casual que su paso a la vida adulta coincida con el período de mayor crecimiento y reducción de desigualdades en Occidente. Él fue de la España de la ayuda internacional y el tifus a la de las clases medias y el pelotazo. Durante los años del desarrollo, y aun en un régimen sin libertades políticas, una porción de las nuevas clases medias veía la “cultura” como una vía de asimilación a la vieja burguesía y a las élites; pero no solo: algo que tenía un valor intrínseco que quizás no podían definir pero reconocían. Y algo de eso había, claro, en las enciclopedias por fascículos que yo heredé de la generación anterior -Fauna de Rodríguez de la Fuente, la Historia del Arte de Salvat-, en las suscripciones al Círculo de Lectores, en la colección de libros de divulgación de RTVE.

Hablando de RTVE. Hace unos meses hubo bastante cachondeo por un reportaje sobre una infanta aficionada al cine de Kurosawa. Recordé entonces que yo he visto en casa -que no era precisamente la Zarzuela- pelis de Kurosawa más o menos por esa edad, y por una razón elemental: las ponían en Televisión Española. También he visto ciclos de Mankiewicz, de Billy Wilder y de Truffaut. Desconozco cuánta gente los vería, pero no era difícil. Hasta hace no tanto, esa ideología del ascenso social por la instrucción, de la existencia al menos de un canon donde las clases sociales podían confluir, permeaba también la televisión en España. Es tentador pensar que se acabó del todo con la irrupción de las televisiones privadas, pero servidor es liberal y nada más lejos de mi ánimo que sugerir que los medios de comunicación puedan sufrir fallos de mercado.

Fuera como fuere, esta idea está hoy asediada por varios frentes. Por un lado, la potencia del mercado segmentando y atendiendo preferencias individuales; que, quizás paradójicamente, amenaza con encerrarnos en nosotros mismos, en burbujas del yo que impiden el contacto con otras influencias y realidades a quien no tenga las herramientas para buscarlas. De otro, los discursos de izquierdas contra la “demonización de la clase obrera”; que, con ser oportunos, en sus versiones turísticas a menudo arriesgan fosilizar a las clases populares en unas identidades que, a cambio de una supuesta dignidad esencial, les niegan el progreso material y la posibilidad de una cierta sofisticación de sus vidas. Rescato una cita de Bourdieu -se la leí a Ernesto Castro- sobre esto:

Hay una manera de “respetar a la gente”, muy confortable por lo pronto, que consiste en confinarles en lo que son, en hundirles aun más, por así decir, convirtiendo la aspereza y la deprivación de su existencia en materia de libre elección. (…) una inversión falsamente radical, pues ofrece los beneficios de una subversión aparente, como de “radical chic”, al mismo tiempo que deja todo como estaba, los unos con su cultura culta de veras, una cultura capaz de aguantar su propio cuestionamiento, y los otros con su cultura decisiva y falsamente rehabilitada.

Pero quizás lo más grave sea la ruptura de la propia promesa material. Mi historia con VIPS tiene una coda no sé si triste, pero que, creo, tiene que ver con esta quiebra del relato del ascenso social en España. Ya en los veinte años, dejé de estudiar por razones que no vienen al caso. Y mi primer trabajo fue de camarero en un VIPS. Por entonces aún no era de buen tono que los inmigrantes atendiesen mesas en restaurantes para según qué gente, así que estaban confinados en las cocinas, y la sala la poblábamos españoles con chaleco. Muchos de ellos eran, lo percibía, de un entorno distinto al mío, que al fin y al cabo estaba allí por cabezonería y porque no me apetecía ir a la universidad. Pero asomaba ya la precarización que hoy nos resulta natural, y pienso que el sueldo que acabé cobrando en el poco tiempo que estuve allí no desentonaría hoy para mal en muchas nóminas de hijos de la clase media que nunca dejaron de estudiar.

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