Ms. Marvel: politizando a la chavalada

A estas alturas de 2018 resultaría ridículo obviar el subtexto político de muchos de los tebeos de Marvel a lo largo de los últimos 50 años. Desde el mítico puñetazo del Capi en la mandíbula de Hitler hemos visto desfilar por las páginas de la casa de las ideas cientos de ejemplos en los que la editorial, por vía de sus editores y escritores/as ha criticado o tomado partido por causas que afectaban por igual a Tierra-616 y a nuestro universo. La adicción a las drogas de Harry Osborn en Spider-man, la separación entre la izquierda y la derecha del universo Marvel en la Civil War o la mera existencia de los X-Men son ejemplos de posicionamientos políticos dentro de la editorial.

Desde que comenzase la etapa de Axel Alonso en 2011 (y desgraciadamente, parece que hasta su marcha en 2017) han sido muchas las nuevas series caracterizadas por un humor común multirreferencial y autoconsciente hasta niveles meta, tan típico en internet (algo que han intensificado haciendo fondo de la forma con dibujantes casi cartoon, de línea clara, procedentes del tebeo independiente), y en no tener ningún reparo en integrar en los casts personas de diversos orígenes étnicos, nacionales, orientaciones sexuales variadas, y en general, un alabable gusto por lo queer para normalizar lo no normativo. Politizar en un sentido positivo, alejándose de críticas y alusiones poco veladas y construyendo sociedad desde la acción, y además hacerlo en tebeos juveniles.

Ms Marvel es el cómic que abandera esta pelea. Planeada por la editora Sana Amanat y guionizada por la escritora G Willow Wilson, se nos presenta como el devenir superheroico de una adolescente americana fanática del World of Warcraft, los fanfics, y que tiene en un pedestal a la Capitana Marvel. Nada fuera de la línea autoconsciente que caracteriza las colecciones más «indie» de Marvel, si no fuera porque Kamala Khan, que así se llama la moza, es musulmana, inmigrante pakistaní de 2ª generación — americana a todos los efectos — y de piel oscura. La localización en Jersey City tampoco es casual: la ciudad al otro lado del Hudson alberga una de las poblaciones más diversas de Estados Unidos desde el punto de vista étnico. En los siguientes párrafos desgranaremos las implicaciones políticas de cada arco hasta el número 17 del 2º volumen USA, asi que, si no lo habéis leído, be aware of the SPOILERS AHEAD!

GENERATION WHY: Los primeros números conforman un viaje del héroe clásico, similar al de Spider-man. Kamala lucha para encontrar su lugar en entornos sociales contrapuestos: la aparente rigidez de su entorno religioso parece contrastar con su entorno socio-festivo. Sus intentos por encajar no siempre son satisfactorios. El encuentro con los superpoderes y su vida de vigilante chocará con sus intentos de conciliación familiar, como en toda historia superheroica adolescente. El Inventor, el primer villano al que se enfrenta, es un clon de Thomas Edison mezclado con ADN de cacatúa ninfa (nunca podremos agradecer lo suficiente la inventiva) que utiliza literalmente a la chavalada como fuente de energía para mover sus roboces. El choque generacional es obvio, y se fija como subtexto cuando la profesora pide a Nakia, la mejor amiga — también musulmana — de Kamala, que resuma su opinión sobre el artículo de El Pedante Mensual (sic) que tenían como tarea.

Los cacharros del inventor irrumpen en el colegio justo cuando Kamala está a punto de dar su versión sobre los problemas de asignar a una generación la responsabilidad de resolver los problemas que ha generado la anterior. Más adelante, Ms. Marvel descubre que varios de los y las jóvenes que eran usados como pila humana para el Inventor lo hacían de forma voluntaria. El cóctel de inseguridad adolescente y la presión que los mass media (servidor les pone cara de columnista de pelo entrecano) ejercen sobre ellos les ha hundido la autoestima, y han tomado la decisión de rendirse y aceptar su papel de dientes en la rueda del capital, elementos cuya energía debe de ser consumida y asimilada por el sistema. Este es el fracaso de la Generación Why, aquella que desde bien pronto comienza a cuestionarse las bases e inercias sobre las que están construidas nuestras estructuras sociales. El discurso de Kamala llama a sus compañeras a ignorar el discurso ampliamente aceptado de la juventud como parásitos ultraprivilegiados, y pide rebelarse y trabajar en comunidad para derrotar al villano como medio para rellenar el vacío y la sensación de inutilidad. Levantarse para, ante todo, dejar de ser una generación definida en negativo.

Sin haber planteado el discurso más original del mundo (ni el más sutil), se intensifica por la rabia que impregna la carga generacional. Estamos revisando un tebeo adolescente, pero los millenials, que llegan a tener hasta 35 años, hemos entrado en la rueda y seguimos viendo cómo el dinero y las estructuras de poder siguen en las mismas manos que las poseían cuando crecimos. La crisis sólo ha servido para hacer perdurar la desigualdad y afianzar el sistema. Los señalamientos generacionales (que, como el propio villano afirma, se acercan al discurso de odio), cuando se dirigen hacia abajo, perpetúan el discurso neoliberal de la meritocracia que justifica la acumulación de riqueza y poder en virtud de una supuesta capacidad de trabajo, sacrificio o talento. El argumentario de Ms. Marvel no deja de estar influido por el propio capitalismo: la validación que Kamala busca para sus compañeros es externa, y viene otorgada por una demostración de utilidad. Aquella persona que no aporte valor a la sociedad ni tiene lugar dentro de ella, ni es merecedora de las prestaciones básicas que devuelva el colectivo.

En el siguiente arco Kamala conoce al que parece ser su alma gemela: guapo, con los mismos intereses, y con una capacidad maravillosa a dúo para terminar las frases del otro. Continúa el goteo de frases empoderantes por parte de Wilson en lo que es en el fondo un arco sobre cómo salir de una relación de malos tratos. Está plagado de reproches (masculinos) ante las bromas con la Friendzone, ese lugar al que supuestamente van a parar los nice guys que no han compensado con sexo su fingido respeto hacia las mujeres, e insistencia en que por mucho que la relación entre Bruno y Kamala sea asimétrica en cuanto a sentimientos, y al primero le cueste aceptarlo, es posible la amistad sincera intergénero.

Es en el tercer arco, el que se integra en el macroevento de las Secret Wars, en el que cobra mayor importancia la localización de la serie. Si para algo Kamala se refugia (o esconde) tras el antifaz de Ms. Marvel es en realidad para proteger a su ciudad, y Wilson entiende la comunidad como un conjunto de grupos de personas interrelacionados y colaborativos donde todos ponen activamente de su parte para formar una red de seguridad y cuidados para todos los miembros. Jersey City está solo al otro extremo del río, pero no es solo el Hudson lo que lo separa de Manhattan, también su tejido social: una forma de entender el barrio, el día a día y el sentimiento de pertenencia, donde «el otro» no es un extraño de paso, sino un compañero.

Frente a la amenaza externa, el barrio se encierra en el colegio, se acoraza, y los recursos y cuidados se comparten. Cada persona aporta lo que tiene y puede hacer para proteger a la de al lado porque es capaz de identificarla como un igual. Incluso, con la ayuda de la Capitana Marvel es capaz de lograr que los matones que aprovechaban el caos para asaltar los edificios en busca de PVC, cobre y cable en busca de su propia protección, sean asimilados por el grupo y utilicen sus propias habilidades para ayudar en la escuela. Aquí Willow Wilson completa el discurso del primer arco: los estudiantes que dudaban de su propia validez utilizan sus propios recursos en beneficio de la comunidad, sin que el capital monetario intervenga. La ayuda desinteresada entre vecinos como medio de resistencia, un concepto prácticamente de derecho consuetudinario que el sistema trata de negar por medio de la individualización y el desarraigo: que no exista esfuerzo sin recompensa económica.

A lo largo de todo este primer volumen, la protagonista afronta problemas con su ámbito familiar, pero en ningún caso la identidad religiosa de su familia acaba siendo un palo en la rueda de su día a día. Por mucho que su hermano Aamir profese su fe con mayor devoción y se oponga a las demostraciones públicas de amor entre Kamala y su novio, o aunque sus padres la envíen a hablar con el imán por miedo a que se pierda, las conversaciones con su entorno musulmán acaban siendo de algún modo satisfactorias, y ante todo normalizadoras. Con todo, la serie no puede ser perfecta, y si hay algo que se le puede reprochar en un sentido político es que, hasta ahora, ni a Kamala ni a su familia se les discrimina por razón de raza, religión o pertenencia a los Inhumanos por vía externa, al contrario de lo que millones de musulmanes en Estados Unidos sufren en su día a día.

Es en el segundo volumen donde la autora mete un acelerón político del cagarse, y empieza con un arco donde la imagen de Ms. Marvel (ya convertida y tratada como icono público) va a ser pervertida por una corporación dedicada a «revitalizar» Jersey City. En realidad, la compañía está lavando el cerebro a la gente mediante inyección de nanobots (en el café del Starbucks :___) para atraerlos al barrio con la excusa de crear nuevos locales de compra y restaurantes de alta gama, y poder ejercer un proceso de gentrificación con el objetivo de expulsar a las rentas más bajas — los residentes de toda la vida — y acercar a la ciudad a clases sociales superiores que se puedan permitir los nuevos y carísimos alquileres. De nuevo Jersey City en el centro del arco, esta vez como ciudad dormitorio de Manhattan.

En tan sólo los primeros dos números, Wilson se las arregla para desarrollar la trama, enfrentar a Ms. Marvel a sus primeros problemas como icono pop, y presentarnos dos nuevos personajes que cobrarán importancia en la vida de Kamala. Una de ellas es Tyesha, la novia de su hermano Aamir, una chica afroamericana y también musulmana que, sorpresa, es una persona perfectamente normal. Algo de lo que hace a esta serie tan especial es la forma de integrar a la perfección el discurso político y no por ello hacerlo ni panfletario ni aburrido: Tyesha es presentada cuando uno de los empleados de la sociedad de re-desarrollo Hope Yards peinado con un maravilloso corte douchebag desconfía de su aspecto (afroamericana y con chador) y amablemente la invita a cuestionar qué la lleva a pasear tranquilamente por un barrio en el que los vecinos buscan seguridad (i.e. «ver solo personas de mi mismo color de piel»)

Tyesha se acabará comprometiendo con Aamir en un arco en el que los problemas de Kamala para compaginar su identidad de nueva Vengadora con su vida social la llevan a replicarse a sí misma para poder llegar a estar en todos lados a la vez. Ni la raza ni los orígenes de cada uno resultan un problema para ninguna de las familias, pese a que ambas exponen sus miedos prejuiciosos en una merienda común tan hilarante como humanizadora. Es más, en la correspondiente boda, tanto Tyesha como Aamir acabarán llevando , en forma de homenaje, trajes tradicionales de la cultura originaria de la otra persona.

El siguiente número, el 7º del segundo volumen, es un número de paso hacia el evento Civil War II, pero aquí no se deja respiro: el equipo de Jersey City compite contra el de Nueva York en una feria de ciencias que funciona como reivindicación tanto del papel de la mujer en la ciencia, como de una educación barata y de calidad. El premio por ganar es apenas el orgullo de batir a la ciudad rival, pero por lo que pelea la juventud es hacer un buen papel e impresionar a los reclutadores de las universidades. ¿El objetivo? Entrar becados a la universidad y no acabar siendo una persona de 22 años que aún no sabe qué será de su vida, pero sí que un enorme porcentaje de sus primeros años de salario estarán destinados a devolver la deuda de varias decenas de miles de dólares en créditos estudiantiles.

La deuda total de este tipo de créditos, muy comunes en países con casi nula aportación estatal a los grados y posgrados, ya supera en Estados Unidos a la deuda total contraída por el uso de tarjetas de crédito, y se sitúa en más de 1.4 billones (europeos. Sí.) de dólares. Al expandir las ideas lanzadas por este número entramos de lleno en el debate sobre la causa o necesidad real de tener un título universitario, algo que produce increíbles beneficios para las universidades, y que sirve para mantener el andamiaje de una pirámide social en la que el ascenso o la permanencia en tu escalafón se viste de meritocracia, y en el fondo se mide con unas pocas preguntas: de dónde vienes y cuánto tienes.

CIVIL WAR II. Una de las razones por las que Ms. Marvel ha sido un éxito no es solo su contenido político, sino cómo su escritora es capaz de mezclarlo con tramas que se desarrollan con coherencia interna y no dejan en ningún momento de ser divertidas. Generalmente, los tie-ins (números que complementan los capítulos principales de cada macroevento) suelen ser rellenos de calidad justita y aportación nula a la trama del evento. Si en la Civil War II, Carol Danvers se enfrenta a Tony Stark en la decisión moral de actuar previamente a la comisión de un delito, en una trama análoga a Minority Report, en este evento Wilson aprovecha para convertir lo moral en político.

Kamala se posiciona naturalmente con su mentora, la capitana Marvel, pero la trama se extiende a sus secundarios, y Tyesha le hace ver las implicaciones prácticas del meollo, recordándole cómo la justificación para detener a alguien por un delito potencial es peligrosamente cercana a las excusas siempre dadas tras la detención, cuando no ejecución, de gente racializada bajo prejuicios supremacistas. El gran problema racial de la policía estadounidense. En una escena extraordinaria, su amigo Josh le reconoce a su ex novia, y tras su detención, que sus intenciones de hacer explotar la escuela se deben a su frustración por no saber comunicar sus sentimientos tras su ruptura (porque también en esta seríe hay espacio para la crítica a la masculinidad tóxica). El arco acaba con Kamala «matando a la madre», un paso vital en su proceso de crecimiento y maduración.

Con Kamala a punto de estallar como olla a presión, el número que continúa la Civil War II la ve viajar a sus orígenes en Karachi para alejarse de sus problemas. Tanto que ni siquiera se lleva el (ya icónico) traje de Ms. Marvel. Políticamente sigue siendo un pequeño capítulo para normalizar la vida más allá de nuestra cultura occidental. Pero es el siguiente número el que politiza explícitamente la serie, donde Ms. Marvel llama a la población de Jersey City a votar en las elecciones municipales y pelea contra el gerrymandering, el proceso político real, legal y de dudosa ética por el cual los distritos electorales norteamericanos son divididos y manipulados para favorecer al partido que establece el censo cada 10 años. Marvel lo sacó a la venta el 30 de noviembre de 2016, 3 semanas después de la victoria de Donald Trump, así que la sensación que se queda al leerlo es ligeramente agridulce (y, para qué nos vamos a engañar, es el más panfletario de los tebeos de Ms. Marvel hasta ahora). Sin embargo, el tebeo despeja cualquier duda que pudiera haber en torno a su signo político: el alcalde que pretende usar esta práctica para ganar no es más que un sosías de Milo Yiannopoulos, uno de los principales referentes de la Alt-Right por su implicación en todos los escándalos y polémicas (hola G*merg*te) que la derecha más reaccionaria lleva provocando online los últimos años, incluyendo la victoria del propio Trump.

¿Por qué llamar a votar a la población? Estados Unidos ¿sufre? (uno nunca llega a saber) un problema endémico: un bajísimo porcentaje de voto en todas las elecciones, menor aún en las legislativas (para el Congreso, cada 2º año de presidencia) y aún menor cuanto menor es la renta de la persona. Esto se debe a muchos factores, entre ellos que los votantes deben registrarse en un proceso burocrático pesadillesco con fechas límite para obtener derecho a voto. En otros casos, dependiendo del estado, se exige mostrar una identificación oficial con fotografía para votar, algo que no es obligatorio poseer en Estados Unidos y que discrimina a aquellos grupos poblacionales que la tienen en menor porcentaje (gente pobre, racializada, ancianos). Y no olvidemos que las elecciones siempre se celebran en martes, lo cual añade una barrera extra para aquellas personas que no dispongan de tiempo para salir del trabajo a votar, o medios de transporte para hacerlo.

Wilson toca todas estas condiciones, y también pide el voto a los descreídos, a los hartos, a quienes no votan como acto de rebeldía. Despolitizar la política ha venido siendo una táctica retroalimenticia del sistema para mantener el status quo. Toda interacción para cambiar el sistema se vuelve explícita y lingüisticamente «política», algo que el establishment convierte en negativo al transformar el ideario colectivo para entender ese término y su familia léxica de forma peyorativa. Despolitizar, al fin y al cabo, es borrar consciencia y eliminar capacidad de reacción.

“Porque puedo, porque es divertido”. El troll acosa porque los códigos de interacción de internet le dan privilegios sobre los de la vida 1.0

DAÑO POR SEGUNDO: Por fin llegamos al último arco que trataremos en este artículo, y dado que Ms. Marvel es un comic-book juvenil en 2018, es quizá el más importante: el que trata sobre el acoso online. Un troll literal aparece en la vida de Kamala, en mitad de una partida al sucedáneo Marvel del World of Warcraft. El troll (en realidad un virus) acaba persiguiendo y acosando a Kamala en la vida real por medio de cada dispositivo electrónico que se encuentra. La carga política del arco es potente y está implícita en la propia concepción del arco. Las mujeres viven, en el mundo del videojuego y en cualquier otra plataforma online, un rechazo absoluto desde los inicios de internet, pero desde mediados de 2014 el movimiento Gamergate (hombres que disfrazan su misoginia de una falsa preocupación por la ética en el periodismo de los jueguicos) ha aumentado la presión sobre ellas de forma desmedida, al proporcionarles a ellos una plataforma para linchar a aquellas mujeres que pelean para mejorar y aumentar la representatividad femenina en los videojuegos, amenazas de muerte incluidas. El Gamergate es solo una fracción de la Manosphere, ese rincón terrible que se ha formado gracias al nexo de unión de internet, donde — y aquí la brocha es más fina de lo que parece — hombres asombrosamente acomplejados vuelcan sus frustraciones contra las mujeres en forma de acoso, amenazas, y las más amables de todas en el caso de los MGTOW (Men Going Their Own Way, literalmente ‘Hombres que siguen su propio camino), negativas a continuar manteniendo relación de cualquier tipo con ellas al no resultarles viable la relación esfuerzo invertido-relaciones sexuales conseguidas (os puto juro que existen hombres así).

De todos estos grupos se ha venido alimentando la alt-right, ese neonazismo encubierto, para apoyar a Donald Trump en su victoria en las elecciones de Estados Unidos en 2016. Y de todo esto habla el arco que nos ocupa, porque si el Gamergate nació con el filtrado de fotos íntimas de Zoë Quinn por parte de su ex novio, aquí también tenemos su versión en Clara, la compañera de Kamala a la que le ha sucedido lo mismo, y que sufre el bullying de sus compañeros de instituto. Tanto Clara como Kamala (y Zoe, su amiga lesbiana, amenazada por el troll con sacarla públicamente del armario si Ms. Marvel no cargaba el virus en los servidores de SHIELD) padecen los efectos de la violencia de género ejercida a través de internet.

Sin embargo, este último arco es un festival de empatía, cuidados y acción grupal contra el aislamiento que provoca el bullying online. Incluso acaba siendo un canto al positivismo y al desterramiento del cinismo por medio de la bondad. El grupo escolar de la protagonista integra a Clara, la chica acosada por la filtración de sus fotos, a la hora de la comida. Más tarde, y al no sentirse capaz Ms. Marvel de cargar el virus en el entorno informático de SHIELD, Zoe se ve obligada a salir del armario y confesarle a Nakia su amor, y lo que acaba recibiendo es cariño y comprensión por su parte. Al volver al instituto, después de la filtración, se multiplican las miradas y los comentarios, pero en una escena tiernísima, sus compañeros la envuelven en un abrazo grupal. Formar redes de seguridad sociales capaces de cuidarnos sigue siendo la mejor amenaza contra el individualismo salvaje y sus implicaciones políticosociales.

Desde el primer número de Ms. Marvel hemos visto arcos y números en los que la carga política explícita es máxima, como el número del gerrymandering. Sin embargo, son aquellos que mantienen la carga implícita, o los que hablan de mantener unas relaciones comunitarias sanas los que más nos interesan. Contra el despelleje del cinismo, que nos fuerza a desentimentalizar nuestras relaciones personales y públicas, Willow Wilson aplica cariño, comprensión, cuidados y amor. La vida está suficientemente llena de ansiedades provocadas por la hipercompetitividad, un aspecto absolutamente individualista. Bastante tenemos con que las instituciones nos empujen a ella y consecuentemente a la discriminación que provoca cuando se eliminan del debate público las circunstancias sociales. Es necesario normalizar la bondad, la empatía y la diversidad.

Porque ese es uno de los objetivos de la serie: mostrar nuevos puntos de vista y presentar por común la convivencia pacífica entre culturas e identidades distintas en igualdad. Y la fórmula buscada es haciendo calar el discurso en la serie de la superheroína más icónica dentro de la nueva generación de tebeos juveniles Marvel. Aquella cuyo cosplay no puede faltar en ninguna Comic Con. Cuando quien lleva las riendas del poder defiende valores explícitamente racistas, misóginos, o simplemente nos quiere ver enfrentados, y citando a la escritora NK Jemisin, no es necesario explicitar tu postura de forma chapucera ni repetir cada dos páginas que Maggie Thatcher come niños. Solo con mostrar otras realidades,

tu realidad

estás haciendo una declaración

política

de narices.