30 de febrero

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Nos confiamos con el bienestar y no caímos en que había que esforzarse para mantenerlo. Jugamos a ser críticos y acabamos creyéndonos mentiras que hicimos propias, al fin y al cabo — ¡qué más da! — , nuestras mentiras, nuestras propias mentiras. Delegamos porque era de sentido común, pero acabamos abandonándonos demasiado, suponiendo que las cosas solo pasaban cada cuatro años, como si casi todos nosotros hubiésemos nacido un veintinueve de febrero. Mientras pasaban las estaciones y el tren de la Historia permanecía en nuestras mentes aletargadas. Siempre soñamos que despertaríamos con la alarma de nuestros compañeros de cama y ahora nos culpamos mutuamente por llegar tarde. Después de todo, nunca es responsabilidad nuestra; siempre hay alguien más, como en el mar, como ese pez grande que se come al pequeño; pero al revés: nos metemos solitos en la boca del lobo para dejarnos devorar poco a poco.

Las privatizaciones, la búsqueda obsesiva del mejor precio a costa del distribuidor y del proveedor, sin importar si es mi vecino o si es mi hijo quien pringa domingos y festivos por un salario miserable. La mercantilización como excusa creíble (falaz) para todo: para la energía, para el agua, para la atención a personas, para curar, para enterrar a nuestros muertos, para educar… La medalla en lugar del esfuerzo, el qué dirán por el concepto de uno mismo, el miedo a vernos superados por la valía de los otros, el desdén por el afecto, las loas por los logros personales… Hasta tergiversar a nuestra conveniencia el mantra de que es imprescindible estar bien uno mismo para que estén bien los de alrededor. Tergiversar hasta el extremo de justificar que hemos pisoteado a algunos (“a muy pocos, ¡eh!”) porque es inevitable. Y creérnoslo. Ahora resulta que todos somos daños colaterales unos de otros.

Y yo tampoco me libro.

Es el final de una época. En realidad, hace tiempo que estamos en el final de esa época. Una época efímera, que tuvimos la suerte de vivir y que no supimos mantener. Quizá quisimos, pero no supimos.