Breve ensayo sobre el arte de volverme loco

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Cómo olvidar la primera gota de lluvia que viajó de tu nariz a la mía, ese doce de mayo del noventa y siete, mientras corríamos en zigzag bajo los soportales de Argüelles. El respingo que diste, y solo rozamos los labios. Y cómo sumergimos nuestras bocas entre los chorros que caían. Siempre luces tan preciosa… ¿Siempre vas a recrear aquel remojón de besos, cada vez que apareces por mi mente, que es siempre? ¿Es que nunca vas a liberarme del bendito yugo con que me enamoras a cada segundo? ¡Mira, que te como!

Sé que haces lo posible por destacar tus defectos: tu impuntualidad, tus patadas al diccionario, tu sarcasmo desmedido, tu insolidaridad, tu megalomanía o tus celos. Ambos sabemos que exageras: que yo también he llegado tarde alguna vez, que me hago un lío con los refranes, que me parto de risa con tus ironías, que eres generosa con todo el mundo, que el lujo te importa un pimiento o que vuelves a ironizar sobre mis amigas y que las aprecias realmente. No hay por dónde pillarte en tu perfecta imperfección. Además, como te digo muchas veces, soy lo único imperfecto en tu vida, pero si es lo que quieres…

Veinte años, querida. La mitad de nuestras vidas. ¿No te parece que ya está bien?

Siento ser tan explícito, pero no puedo conmigo mismo en mi interioridad. Ya sé que me repito y que no era necesario que te dijera todo esto, que te ruborizas (de vergüenza ajena, cabrona). ¿Sabes qué? Te aguantas, que bastante tengo con lo mío.

Llevo veinte maravillosos años viviendo esta locura, no me vengas de nuevo con tus cachondeítos. O sí, venme de nuevo con ellos, que tarde o temprano tendremos que comernos, ¿no? ¿O es que no vas a sacarme a bailar entre los rosales de El Retiro? ¿O es que no vas a sacrificar nuestro pudor en el probador de la primera tienda de ropa que veamos? ¿O es que no vamos a arrancarnos a cantar Sweet Child O’Mine mientras caminamos a lo West Side Story por la calle Preciados? O quizá prefieres que nos perdamos con el coche en lontananza. ¡Ja, ja, ja, ja! Sí, ese pueblecito que no se parece al anterior ni al siguiente. Como si nos perdemos en casita hasta que suene el despertador. ¿De pie como estatuas? Pues de pie como estatuas. ¿Reparando la lavadora? Pues reparando la lavadora, pero esta vez fue culpa tuya, que centrifugaste más que el birrioso cacharro.

Bueno, fea, que te amo.

PD: Por cierto, ¿acaso no sabes que me he dado cuenta de que te has asomado mientras escribía? ¡Vaya una espía!