Insomnes en el tren

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Era un Estrella, el último tren que salía de Sants ese viernes. Tuve suerte de comprar billete, pero no tanta como para, al menos, lograr plaza en litera. Estaba repleto: mucha gente y pasillos infranqueables de maletas y mochilas montañeras. No recuerdo que se celebrara algún festivo; el ambiente en la estación sí parecía festivo, como en esas fotos antiguas en que los primeros soldados eran despedidos como héroes antes de ser enviados al matadero en que se convirtió la Gran Guerra. Pero no; allí no se preparaba ninguna guerra y, que yo sepa, nadie iba a las trincheras… A pesar del aspecto que aún tenía el pasillo del sexto vagón, donde por fin hallé mi asiento.

¡¿Por qué demonios estaba ocupado?! Nos miramos mutuamente el billete y yo. Parecía correcto. De todas formas, hice ademán de estirar el cuello hacia el pasillo para cerciorarme de que ese era el compartimento. Justo en ese instante, una voz me paró desde dentro (no una voz interior): «Perdona, este es tu asiento». Sonreí a la muchacha y, salvando un par de maletas, fui a ocupar mi plaza. Ella nos explicó con acento británico que tenía asiento en otro compartimento y que prefería viajar con «él, si no os importa». Él, un sexagenario bonachón y con bigote, parecía su padre. El resto de la estancia lo componían: una señora de unos cuarenta años; un tipo muy serio y con un pelo moreno muy corto; un zagal timorato y acribillado de acné, y otro señor bonachón como el primero, pero sin bigote y con los mofletes sonrosados. Siete éramos, como los siete que el Sastrecillo Valiente mató de un golpe.

Creo que la primera gracieta la hizo quien me había parecido serio, el del pelo moreno y corto (el pelo), a propósito del camarote de los Hermanos Marx. Ni siquiera me dio tiempo a enfilar el sueño en aquella ruta nocturna. Por Tarragona aún no nos habíamos presentado y, sin embargo, nos partíamos de risa con chistes de todos los colores y mirándonos a ver quién contaría el siguiente. Hasta la pareja de edades dispares (no eran padre e hija), hasta el zagal comido a espinillas. Cuando llegamos a Calatayud soltó la primera bomba el bonachón sin bigote: se bajaba allí, que visitaba a la familia después de un mes; era cura. «Tierra, tráganos». Creo recordar que no había contado ningún chiste verde, pero no recuerdo que se reprimiera las carcajadas cuando los contamos los demás. Las presentaciones vinieron en cascada: el del pelo corto era guardia civil, la señora de cuarenta se acababa de separar, el chaval era estudiante de Románicas, la joven era actriz y su pareja era escenógrafo. ¿Y yo? Yo fui el insomne más feliz del mundo en aquella noche de marzo del noventa y siete en aquel tren de Barcelona a Madrid.