La página 440

Escoltado por cipreses y no escoltada por cipreses. Ni siquiera sé si es una errata como para suponerla, por muy evidente que me parezca. Y es que lo evidente a veces solo es aparente, o, siendo menos restrictivos, «es un error dar por hecho lo ya contemplado», como insisten en recordarnos diversos personajes de Trilogía de la guerra citando a Carlos Oroza. Escoltado y no escoltada, ¿para qué suponer si es mejor preguntar? Porque es ella quien cierra el tercer libro (sin cerrar nada), ella y no él, salvo en ese renglón de la página cuatrocientos cuarenta. Tres relatos en primera persona, que son más de uno y más de una: más de un individuo y más de una historia, sin género, con género de dudas, sui géneris o tal vez novela de autor, sin saber a ciencia cierta qué es ese género literario, motivo por el que formulo esta escueta pregunta a Agustín Fernández Mallo, viajero del espacio-tiempo a lo largo de infinitos relatos que, aun llevados al límite, siguen trasladándonos a nuestra limitada superficialidad humana. Con diferentes grados de autosimilitud, iterados, en ciclos cada vez más complejos, dentro de otros. ¿Cómo es posible imbricar todo lo que cuenta el autor? O lo que cuenta que le cuentan. O lo que cuentan los personajes que les han contado. ¿Cómo hilvanar un cosmos de narraciones que revolotean de una isla gallega hasta Normandía, pasando por Nueva York y Uruguay? ¿Cómo es eso de toparse con cientos de piedras y tropezar más de dos veces con la misma? ¿Cuánto tarda una hormiga en recorrer la costa de Gran Bretaña? Esa es, en esencia, la respuesta que supongo a la pregunta: más preguntas. Por eso este amasijo de agradecimiento, como a esas alegres partidas de tute, Ducados y flamenco con las que mis tíos y mi padre nos arrullaban mientras los primos jugábamos a Los hombres de Harrelson. O a Curro Jiménez. Camarón en cinta y en vena, también Lole y Manuel, y una coplilla de Emilio el Moro: «Mira qué gracia, mira qué gracia, que ya tenemos la democracia». Ilusiones, ¿por qué no? Y miedos. Anhelos en el silencio del «imaginativo sueño [de la infancia]», hasta despertar drogados en esa etérea realidad por la que empezamos a creernos de clase media, nada más y nada menos. Nada y salva la ropa, a discreción o a quemarropa, olvidando los orígenes que nos mantienen en el inevitable atractor de Lorenz. Todo eso y mucho más, Agustín, si me permites tutearte, si me permites tuitearte.

Leo en Wikipedia que Emilio el Moro falleció al encenderse un cigarrillo. Fumar mata, pero una bombona de butano ayuda. No sé cuándo estaremos a tiempo de evitar más explosiones. Aunque sí, es posible que vivamos en constante deflagración.