Los orígenes de la Nochebuena

Noche de Paz

Tal día como hoy, a cero grados centígrados y en pleno desierto palestino, nació Jesús. Suerte que sus padres adoptivos encontraron un pesebre por un módico precio en los suburbios de Belén. El chico, al parecer, había nacido con buena estrella… Bueno, eso o que se habían alineado los planetas, porque los alquileres estaban disparados. Cuentan que poco después, cuando quedaba claro que el día volvía a comer terreno a la noche, escapó de milagro de las garras del rey, que mandó exterminar a todos los niños menores de dos años. Sin duda, mucha suerte: como Moisés, como Ciro, como Alejandro y como tantos otros superhéroes.

El niño parecía ungido para grandes designios, pero la cosa se torció.

El chaval no acababa de tomar el pecho de su madre, quien ojerosa, noche sí y noche también, trataba de calmarlo mientras el ceporro del padre dormía a pierna suelta, y eso que el susodicho tenía tablas en eso de la paternidad. O precisamente por eso. Pasaban los meses y el niño iba creciendo, pero poco (tampoco le hizo gracia el salto de la leche a los semisólidos). A pesar del aspecto escuchimizado, pronto empezó a manifestar gran agilidad y fortaleza: fue capaz de sentarse a los seis meses, a los siete gateaba como un demonio y a los diez ya caminaba sobre las aguas. Y locuaz: te recitaba la Biblia en verso antes del año y medio. Pero eso ya es otra historia.

El caso es que con su primera palabra, poco antes del siguiente solsticio invernal, volvió a meter a la familia en un aprieto. El niño había jurado en arameo en el bautizo de su primo. No tuvo otra ocasión para emitir su primera palabra. Se montó la de Dios es Cristo y, aunque doctores tiene la Iglesia que lo nieguen, desde entonces, por Nochebuena, se rememora la célebre escena sentando a la mesa a cuñados, suegros, yernos y nueras.

Si os han contado otra historia, sois dueños de creérosla. Y si no, revisad las fuentes historiográficas, que para eso están.

¡Feliz Navidad!