Preferimos historias bonitas

Nunca suena el despertador en casa de Jorge. Es él quien despierta a su madre resacosa y quien sortea cajas, botellas y ropa sucia entre el camastro y la cocina americana para volcar unas bolas de maíz en un cuenco mugriento. A veces, con leche. Jorge apura los cereales mientras su madre, tumbada como el Marat de Jacques-Louis David, trata de decirle algo. Jorge lleva dos días con fiebre, pero siempre prefiere ir a clase. Es el único chaval de primero que llega sin compañía adulta al colegio. El centro carece de comedor y Juan, el bedel, le permite esperar en conserjería desde finales de octubre. Saludan a Jorge los maestros que van llegando. La directora le ofrece una manzana, Jorge devora la fruta mientras le escucha no sé qué de una tal Rosa de servicios sociales que «por fin vendrá esta semana» y empieza su camino al patio con los compañeros. Suena el timbre, todos a clase. Se sienta con Rubén, que en la fila le regaló dos cromos de dinosaurios. Jorge aprieta al estegosaurus y al diplodocus bajo la mesa mientras fija los ojos vidriosos en la maestra. Se divierte colocando unidades y decenas, pero empieza a tiritar. No quiere que llamen a su madre; se agacha para rebuscar en la destartalada mochila; se guarda el jarabe rojo bajo el jersey y levanta la mano para pedir ir al baño.

Hace cinco años las cosas habrían sido distintas. La madre de Jorge luchaba con todas sus fuerzas en todos los frentes: el accidente mortal del padre de Jorge, la hipoteca, la búsqueda de trabajo. El niño era su única alegría, su única ilusión después de todo. Nadie supo cuándo vino la depresión. Lo que es seguro es que fue a partir de entonces cuando comenzaron a helarse los huesos de Jorge.

Hoy todos se preguntan quién cuida a quien cuida mientras lágrimas de nieve sepultan los recuerdos tristes. ¿Hay algo más frío que la nada absoluta?