Punto

Por más vueltas que le daba, me fui alejando de nuestros momentos. Precisamente por eso.

Ese remedar de quien fui, aquel anhelo que viajaba entre ambos… Todo eso desapareció.

Búscame como te busco entre las fotos en las que tampoco me hallo, apuntálame marchito, vaciando los ojos de pétalos, sostenme entre tus dedos como atraparías un puñado de sal, prueba, desiste cuando quieras, haz como consideres, evócanos juntos. Sueña.

¿Recuerdas el sortilegio? Funcionó. Te embrujé. Ahora sería incapaz. Mi deseo es que seas feliz, lo que sea ser feliz, lo que necesites para ser feliz. Menos yo. Simplemente, porque no puedo formar parte de la felicidad de nadie. Soy infeliz.

Retengo los títulos de los recuerdos. Apenas los temas y ningún argumento. Desconozco el desenlace, salvo a ti. Supongo que es el precio que paga mi memoria, me hundo en el presente, tan oscuro, tan frío. Es algún capítulo anterior a ti lo que creo que me mantiene esperando a mañana. Solo a mañana.

Sé que tuve infancia. No lo pasé mal. Pero es tan inalcanzable… Antes de caer, solía pensar que guardaría cualquier aspecto esencial de mi desarrollo. Pero no: soy incapaz de jugar al escondite, no me sale bailar ni tararear una canción, olvidé todos los cuentos que me contaron y, si te escribo, es porque bullen las ideas autolíticas. Ni siquiera estoy preparado para dejar todo.

No te echo de menos. Nada echo de menos. Ni a mí.

Es vacío, es tormento, es terror. Son noches a pleno sol, son estrellas fugaces que tratan de atravesar la atmósfera de mis pensamientos a plena luz del día. Son verrugas salpicando la piel de un desierto en llamas. Resquicios de una línea entre dos puntos, en un espacio sin norma, sin métrica. Únicamente un espacio de dimensión cero.