Rara vez pierde el Diablo

De todas las tareas asignadas, se dedicó en exclusiva a la de menor gasto intelectual: barrer. Barrió debajo de las sillas, barrió cada recoveco de la maldita sala de espera. Atropelló zapatos, zapatillas y botas, tumbó más de un paraguas, levantó algún que otro improperio y, finalmente, hizo una pausa. Miró alrededor sin esperanza de ubicarse; reinaba el sonido de sus auriculares en una escena desconocida: un señor con bigote parecía increparle, una señora con mechas rubias se agachaba desde el asiento para recoger el libro que debía de haber tirado su hijo, una enfermera aparecía tras una puerta dispuesta a leer una carpeta, una anciana y una adolescente salían de la consulta tras la enfermera, un haz solar bajaba para evidenciar el polvo que quedaba por barrer. Se quitó los cascos sin reconocer qué había estado oyendo. «¿Alfonso Gamero López? Va después de Encarna», fue lo último que se le oyó a la enfermera y, después, un leve rumor. Se colocó los cascos y continuó con la mopa. Siguió enfrascado en su vaciado mental, ajeno a la sala y a la música que prorrumpía en sus tímpanos. Hizo otra pausa tras acabar con la mopa, se quitó los cascos y contempló el conjunto de su obra de nuevo. Apenas habían cambiado los personajes, apenas sus posiciones y apenas el murmullo de fondo. El haz solar seguía tan luminoso, pero más inclinado, denunciando la misma cantidad de polvo en suspensión. Volvió al aislamiento acústico, tomó la fregona y estrujó el mocho. Esta vez con más pausas y colocando el cartel que advertía del suelo mojado.

Poco antes del ocaso, tuvo tiempo de echar un vistazo a los cuadros. Nudos gordianos de cables contenían el misterio desentrañable del tenaz viaje de electrones hasta los fluorescentes de todas las salas: «Esto es un lío de tres pares de cojones. El día que me ponga, voy a tirar de clemas a punta pala. Pero, hasta entonces, mejor no tocar nada, que nadie se ha quejado». Las siete: caída la noche invernal, el edificio parecía brillar con luz propia y, efectivamente, todos parecían tener luz en sus consultas. Hora de volver a casita.

De camino en el autobús, fue repasando mentalmente los guiones para el día siguiente: para la entrevista de la hamburguesería tenía que remarcar su experiencia en un puesto de fish and chips en Londres; su experiencia como vendedor de seguros puerta a puerta para la entrevista como promotor de hipermercado; su paso por el taller de Paco; el picado de datos demoscópicos; acompañante de ancianos… Pero, ¡por el amor de Dios!, que no le preguntaran por su formación académica. Si así fuera, nada de carreras. El lenguaje, correcto y sin caer en cultismos. Si había que posicionarse, «apolítico»; nunca le dio mal resultado.

No pudo ducharse cuando llegó; el baño del piso estaba ocupado. Abrió la habitación, dejó caer la mochila y él mismo cayó en la cama como otro fardo. Primero, escuchó las voces de la ansiedad; después, las de sus tripas vacías, y, por último, se percató de que el baño quedaba libre: uno de sus compañeros de piso le hablaba desde el pasillo. «Sí, mi parte del alquiler, ya lo sé. Tranquilo, tío», le respondió zafándose de la almohada.

Rebuscó en el frigorífico antes de ducharse. Apuró un cartón de leche y poco más. Al menos, el agua caía clara. Fría, pero sin restos de óxido. Amagó con llevar la ropa a la lavadora, pero recapacitó a propósito del toque de atención que minutos antes le había lanzado el compañero desde el pasillo. Tiritando, se metió en la cama con esperanza de entrar en calor antes de sentarse ante el viejo ordenador portátil.

Solo acertó a escribir unas líneas:

«Agradecido por un día más, sigo esperando que mi suerte cambie. Como Te llames, hazte presente o manifiesta Tu Gloria para mí. ¿Qué menos que un contrato a jornada completa? ¿Qué menos que por más de una semana? Solo eso te pido, Quien seas».

Guardó el documento en la carpeta PLEGARIAS y regresó a la cama.

A las dos de la madrugada, como un ciclón, un ejército de polillas salía bajo la colcha. El enjambre voló en torno al casquillo que colgaba sobre la cama, se formó un remolino y se esfumó por el quicio de la puerta. Vacío y silencio en la noche de autos. El averno en un giro. La delicadeza inesperada del final. La ausencia de testigos. La soledad del último ronquido. La muerte por sobredosis de esperanza. Cerraduras sin llaves.