Solamente imagina

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Es posible que te hayas parado a imaginarlo. Que hubiera un dios omnipotente, y solo uno. Que, además, fuera bondadoso y justo (si es que en ese caso no fuera lo mismo). Un dios de todos los seres humanos vivos o muertos, sin distinción de etnia, latitud, postura, credo o condición. Un dios en cualquier idioma y circunstancia. Y si no, al menos, unos reyes magos que hicieran que cada noche fuera entre el cinco y el seis de enero para todos los niños. O, yo qué sé, que todos los reyes fueran majos y se desplazaran en metro del trabajo a casa, un coqueto apartamento de sesenta metros cuadrados. Reyes cuyo sobrenombre no fuera un título, sino una afectuosa forma de dirigirse a ellos, como cielo, amor o cariño (sin posesivo, por supuesto). O quizá has imaginado alguna vez cómo sería un mundo sin maldad (humana), acaso con desastres naturales y enfermedades. Donde imperara la redistribución instantánea de los recursos para todos, sin desequilibrios y sin descalabraduras. Donde solo tuvieran sentido las preguntas sobre el cosmos, la microbiología y la química, gracias a que todos comprendiéramos todo sobre las funciones analíticas y los espacios de Hilbert. Un hogar de energía inagotable y al alcance de cualquiera, en suma. Donde todos pudiéramos expresarnos como Cicerón, Shakespeare, Mozart, Fidias, Durero o Anna Pávlova según nos viniera en gana. Con total empatía, sin rencores ni malos rollos. Sin lunes ni acelgas, sin choques de trenes y sin redes sociales. Todos iguales ante la ley, todos iguales en oportunidades, y, a la vez, diferentes como individuos únicos (esto sin imaginar). Y, ya puestos, sin más leyes que nuestras posibilidades y limitaciones… — ¡ah!, ¿que sin limitaciones? — . Vale, sin limitaciones: sin fronteras, sin muros, sin barreras…

Y ahora, de todo esto y de todo lo que se te haya ocurrido, elige algo, lo que quieras, y trata de hacerlo realidad. Sé que no es fácil, pero solamente imagina. Verás qué golpe de realidad.

Circulen.