ELLA

Seguí corriendo, como quien descubre la salida del infierno, detrás de ese tren. Mis ojos, sin poder hacer nada, miraban como el metal del último vagón empezaba a perder tamaño mientras la distancia se hacía mayor. En la ventana, las caras desconocidas me miraban. No me alentaban, ni me desalentaban…sólo me miraban. El polvo me envolvía de tal manera que mis pulmones, con toda razón, reclamaban sin cesar a mis piernas el esfuerzo inútil al que ambos estaban siendo sometidos. Tomé el último bocado de oxígeno a mí alcance y sin saber cómo, logré alcanzar a la mecedora de sueños. Desgarrándome (sin duda alguna) la pantorrilla en el último brinco, logré poner pie frente a la puerta oxidada del último vagón del tren. Con un dolor que aún no sentía, procedí a abrir la puerta para ver lo que tanto había perseguido. La sábana me acaricia la cara y la almohada se posiciona de manera que ambas trataban de callar el ruido inminente de mí móvil anunciando las 5.35 a.m. ¿A quién se le ocurrió crear un sonido tan sin espíritu para aniquilar sueños divinos? La alarma anunciaba la hora de tomar un baño rápido y alistarme para el anticipado viaje del día. Apagué el sonido que aborrezco tanto como el insomnio sin razón. Antes de poner los pies en el suelo, momento universal en que los sueños acaban, decidí aferrarme al tren rojo y decidí subirme en él nuevamente. Pronto.

La ducha transcurrió sin novedad alguna como transcurren la mayoría de ellas. Agua, jabón y espuma. Cambiaron los azulejos por paredes sin acabar y la cortina cambio de ser azul, o de vidrio, a ser brisa y luz. El calor ya había puesto base en Delhi, pero eso no es noticia. Vestirme fue un poco más aventurero, no porque algo fantástico pasara, sino la inútil búsqueda del calcetín extraviado resulta ser un complejo chiste que hay que tomarle la gracia debida. Esto me lleva a la simple conjetura que las lavadoras están diseñadas con un hoyo negro que se abre al momento que cerramos la puerta, y que ese hoyo negro está específicamente diseñado para tragarse calcetines (siendo los modelos más eficientes los que se tragan solamente uno del par). Con un calcetín puesto y el otro en otro universo, salí a esperar el auto que me llevaría a Agra por la carretera Yamuna Expressway.

Agra es la antigua capital de Indostán en el estado de Uttar Pradesh (India). Sus 226 kilómetros de separación con Delhi son 226 oportunidades para ver lo inesperado, lo cual no me sorprende. El ser un caminante viajero ayuda a dejar expectativas en la maleta y a dejar que los ojos se deleiten sin el ruido de una mente ignorante. Sin juzgar ni esperar, solamente estar. Anand era mi chofer del día. Anand no habla inglés ni español. Mi hindi es totalmente nulo. Así que éste viaje es un viaje de mudos que comparten un espacio, un mundo y realidades distintas. Más tarde me enteraría que Anand come sólo una vez cada dos días. Más tarde me enteraría que Anand tiene 3 hijos y que su esposa está en cama. Más tarde me enteraría que Anand duerme dentro del automóvil cuando me espera porque prefiere vivir en el mundo de los sueños que en la realidad del hombre. Anand soy yo en otro sueño.


Anand es de complexión delgada y sonrisa grande
 El no se queja ni tampoco acostumbra llegar tarde
 Su alimento es el viento y el polvo de la carretera
 Todos sus bienes caben doblados en la cartera
A Anand le brillan los ojos por las mañanas
 De manera particular cuando mira ventanas
 Su mujer enferma y sus niños hambrientos
 Han hecho de él un viajero somnoliento
A Anand le gusta la suavidad de la almohada
 Compartimos el gusto de la realidad alterada
 Yo hoy me atrevo a soñar por amor
 Anand lo hace para escapar del temor.

Al abrir la puerta de ese vagón el olor inconfundible de especias abatía de manera triunfal los remanentes de polvo que aún se asentaban en mí. Cerré la puerta a mí paso y el dolor me recordó que existía. Divisé un lugar vacío a dos filas de distancia y con la astucia de un caracol, me senté. A nadie parecía importarle, o sorprenderle, mi presencia. Muchas caras a mí alrededor pero ningún rostro. Es algo fascinante, al menos para mí, el hecho que en los sueños las personas no tiene rostro. Las caras están nubladas. Pero es mejor así, es mi sueño y el único rostro que la historia necesita es el mío y el suyo. Después de beber agua de una botella que simplemente estaba ahí, me dediqué a analizar mi entorno de manera más detenida. Las ventanas abiertas dejaban escapar (o entrar) el calor húmedo y fulminante típico de los meses de verano. El olor a almas ya era natural, murmullos en algunos asientos comentando (supongo) acerca de los planes al llegar (no sé a dónde) o del aspecto que tendrán las montañas en invierno. Un vagón repleto a tope en total desorden y un vendedor de telas abriéndose paso entre la gente que se mantenía de pie. Mi pantorrilla desgarrada ya no lloraba, mis poros totalmente abiertos parecían llaves de agua que dejaban salir la misma cantidad de líquidos que mi boca había tratado de retener hace algunos segundos u horas (porque el tiempo no existe). Retomando el ejercicio analítico, levanté la mirada, y fue cuando divisé esos ojos verdes penetrando los míos como la aguja fina rasga de manera forzosa la suave tela. Fue un destello y una pausa en lo que no existe ni se mueve. Un volcán en erupción sería una analogía conservadora para describir el flujo alborotado de sangre en mi cuerpo. Sus ojos me atraparon. Dos esmeraldas. Voz muda que me llama a gritos pero sin palabras. Me levanté y caminé hacia la luz de mis sombras.

Agra Sir! Agra! Agra!. Anand anunciaba nuestra llegada a Agra. Yo le dirigí las palabras necesarias en agradecimiento a tan repentino cambio de escenarios. Un “Puta Madre” categórico y elocuente. Una sonrisa en su rostro me recordó que mis palabras eran sólo un sonido y para él el triunfo de su cometido. Desperté. A nuestro alrededor el caos de una ciudad con una población que ha sobrepasado su capacidad de techos para tantas almas. Observé.

A través de la ventana de nuestro auto blanco, miré una humanidad envuelta en polvo de esperanza. Comercios y viviendas, a punto de derrumbarse y sin poder realmente diferenciar una de la otra, se multiplicaban a lo ancho (y alto) de Miyan Nazir Road (calle que conecta directamente con el Taj Mahal). Eran tantos los establecimientos que me es difícil recordar que vendían. Difícil de olvidar serán las condiciones en las que vivían. Lo que ya olvidé son los rostros que se escondían.

Luego de las transacciones propias de los sitios altamente turísticos, con mi ticket de entrada en mano y sin Anand, me dirigí a la entrada de una de las maravillas del mundo. Era un día muy caluroso pero también con lluvia, causa obvia de la ausencia de fila para entrar. Yo y un perro (o viceversa) entramos al mismo tiempo. El perro entró libremente, yo fui sometido a una revisión que fue más un encuentro íntimo, con tintes de monólogo, dominado por un guardia que no tuvo ni la decencia de decirme su nombre. Repuesto del encuentro inesperado, caminé hacia los jardines de la joya del arte musulmán en la India: El Taj Mahal.

Mi camisa es un trapo mojado y el calor no da tregua. A mis ojos los cubre el par de Ray Bans que me acompañan desde años y han sido los filtros de éstas dos ventanas que me alimentan. Sus dos patas desgastadas parecen aferrarse a mi piel para acompañarme un día más. Dos hombres jalando una carreta llena de ladrillos y rocas, sin aparente destino, fueron una buena introducción (y regocijo para mis lentes) al sitio que para existir tomó (según dicen) veintidós años, mil elefantes, veinte mil pares de manos, infinidad de piedras preciosas (azules, rojas, negras y verdes) y una mujer: la que falleció.

Atravesando el portal que separa el jardín de la puerta Este y los jardines internos, levanté la mirada para admirar a la distancia lo que bien puedo catalogar, en mi categoría de ignorante, como perfección dramática. La obscuridad del pasillo grita por atención desde el otro extremo. La luz azul del cielo es el marco perfectamente romántico para la joya delicada e imponente que se mantiene sólida en el centro. Blanca, grande, delicada, suave, imponente, curvilínea, lisa, y ciegamente bella debió haber sido la mujer que inspiró ésta maravilla, ya que el Taj (que realmente debería ser “la” y es una tumba) es precisamente eso. Salí del pasillo y me senté. Admiré la luz de la sombra. Desperté.

Con ganas de acercarme lo más rápido posible a aquella belleza, me contuve. He conocido los sabores de la prisa, los acentos de la paciencia, la excitación del corto y largo tiempo (sin que éste exista), y estoy inclinado a reafirmar que el camino es tan dulce (o más) que la llegada. Todo a su alrededor estaba ahí pero era invisible. El aire se tornó dulce y los tambores del volcán nuevamente redoblaron paso. Mi pantorrilla parecía (o pretendía) estar curada de todo mal y me sostenía sin problema. A dos filas de mi objetivo, ella se levantó y dejo recorrer por el pasillo un aroma a lavanda, jazmín y miel que me obligaron a cerrar los ojos y aspirar tan profundo que tosí polvo. Me purificaba. Con el egoísmo característico de siempre, aspiré todo lo que pude a ojos cerrados. No quería que nadie más fuera dueño de ese olor y no podía permitirme ver en nadie (ni en la niña dormida) la más mínima expresión de placer al olfatear lo que yo soñaba (irónicamente) mío. Cuando el olor se tornó de mío a mundano, abrí los ojos y su asiento estaba ocupado, pero no por ella.

La vi elegantemente de pie a algunos metros de la puerta del pasillo, hacia el otro vagón. En el centro. Esperando. Viéndome y no viéndome. Ahí donde el sueño logra fundirse con la memoria y conscientemente adoptamos un recuerdo que no nos pertenece de día, pero lo mantenemos despierto en las noches.

Un paso a la vez, reconociendo la dicha de estar en ése lugar aunque sea por un momento, caminé. Me aseguré, por mi amor al detalle, en grabar imágenes mentales del camino. Familias a mí alrededor, construyendo un nuevo mundo de memorias que serán pasado. Forasteros como yo, construyendo memorias nuevas de mundos que siempre han estado.

Cuando nuestros sentidos descubren lo que siempre ha estado ahí,
Nuestros ojos se convierten en dos estrechas ventanas
Que no bastan para observar… ni ver.

Me detuve a mitad del camino. No por miedo (por miedo). Y volteé mi cabeza para ver el camino recorrido. Todo lo que había atrás de mí había cambiado. La gente sin rostro era distinta, los sonidos ajenos, la luz un poco más tenue, el viento un poco más intenso, el calor más intenso que el viento, el camino como la vida se ve distinto cuando nos damos el espacio de voltear momentáneamente hacia atrás.

Con el rostro nuevamente apuntando a dirección frontal, di el primer paso de mi último tramo. El volcán ya había explotado, mis manos sudaban, mis rodillas querían correr y mi voz quería seguirlas. Mis manos desnudas movían los dedos independientemente como buscando el piano que nunca aprendí a tocar.

La tengo enfrente, perfecta (o más) de lo que me esperaba (definitivamente más). Blanca y llamativa. Fuego y agua. Tierra y mi cielo.

Extiendo la mano que me ve escribir. Toco su costado. Desconozco su reacción porque estoy concentrado en la mía. Quiero sentir y siento. Superficie ligeramente fría, fresca. Lisa como un bebé de monarquía. Compacta y fuerte, pero tan frágil a la vista. Cada centímetro de sí misma es perfecto. Si existe una fuerza o poder divino que diseñe en otro mundo, sin duda, su diseñador predilecto la ha hecho a ella. Única. Maravilla femenina instalada en éste mundo.

Lentamente admiro esas delicadas piedras verdes incrustadas en su ser. Ventanas de tiempo y de tanto que no me dejan ver nada más que mí dicha de vidente. Abrazarla es posible pero sería una locura. ¿Cómo abrazas la grandiosidad? ¿Cómo besas la perfección? ¿Cómo te adueñas de lo que no estará ahí siempre? ¿Cómo construyes sobre lo que no posees? ¿Cómo distingues de la realidad soñada o el sueño real? ¿Cómo se si estoy soñando con el Taj y viendo a la mujer de mis sueños o viceversa? ¿Quién es qué y qué es real o no? La doncella y la estructura son una.

Son ella.

Cierro mis ojos y respiro por mis dedos. Ese torrente de emociones, vidas, pasiones y muertes tatúan la punta de mis dedos mortales. Inhalo su olor y la estaciono en mi memoria. Me ha robado el significado de una palabra. La besé y me fui.

Maravilla del mundo (o del sueño), 
 hoy te adueñaste de la palabra belleza, 
 ya no podré usarla como calificativo para nadie ni nada, 
 durmiendo sobre mundo o viajando por mi almohada.

Son las 5.34 a.m. y sigo dormido…sin saberlo.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Jos Liebr’s story.