Feliz Año Querida.

Estoy sentado en un café. Un par de audífonos me susurran al oído con voz de sax. Un café se enfría y las memorias revolotean como palomas de catedral.

Algunas blancas, otras negras.

El ejercicio de recordar no es mi fortaleza. Sin embargo, las arrugas al borde de mi boca puntualiza las sonrisas que me arrancaste. De la misma forma, esa sombra tenue e inflamada debajo de mis ojos, subraya las noche de almohadas de concreto.

La balanza no es un ejercicio justo para evaluar si un año fue bueno o no. El ejercicio de vivir es uno más apto. Una actividad que no busca un veredicto final, sino un navegar constante que nos sorprende.

¿Y tú?

Las arrugas al borde de tu boca. Esas las pinté yo. La nube sobre la que dormías. Era nube de a dos.

Hoy me gustaría darte un beso bajo las nubes. Como los 365 que te tatué cada día compartido.

Hoy me gustaría estrecharte entre mis brazos. Los mismos que estaban ahí cuando la lluvia nacía en tus ojos.

Hoy me gustaría ser tus noches.

Todas.


PS. A ti M. Porque sé que pasarás por aquí. Feliz año.
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