El pasado mes estuve trabajando en un nuevo producto digital para una gran empresa. He ido cada día allí a sus instalaciones, un conjunto de edificios imponente, unas medidas de seguridad muy rigurosas, y mucha gente (la inmensa mayoría hombres) trajeada.

Uno de esos días, de camino a la cafetería con dos compañeros de mi departamento por el hall del edificio, me encontré con una inscripción sobre el suelo de parqué en la que se podía leer el nombre de Eduardo Chillida, una fecha y el título de una obra que en ese momento no se encontraba en su habitual ubicación (seguramente trasladada temporalmente a algún museo o espacio de exposiciones). Exclamé con asombro “¡Oh, aquí había un Chillida!, seguido de la respuesta de uno de mis compañeros “sí, seguramente había un montón de hierros”, creo pensar que sin saber que uno de los materiales del artista vasco era precisamente el hierro. Yo contesté “Sí, o un montón de piedras…”, con las consiguientes risas de mis compañeros, creyéndose partícipes de una mofa hacia la obra de Chillida o el arte en general. Siguiendo nuestro camino hacia la cafetería uno de ellos señaló una escultura colgada en la pared, añadiendo “eso de ahí es una obra de arte”. Se trataba de una especie de cubo de metal pintado de amarillo y doblado en su parte inferior. No logré encontrar ninguna cartela de la obra con su correspondiente título oautoría, auque más tarde supe (tras una búsqueda por internet) que se trataba de una obra de Ángela de la Cruz de 2013. A continuación se sucedieron los habituales comentarios de “¿eso es arte?”, “¿te colgarías eso en tu casa?”, o “¿Cuánto dinero debe valer eso?”.

Donald A. Norman en su libro “La psicología de los objetos cotidianos” habla en uno de sus capítulos sobre un experimento realizado por el arquitecto Sam Sloan para la Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos, en el que el arquitecto coordinó un proyecto para la delegación de Seattle de este organismo, que permitiría a sus propios empleados ser partícipes en el diseño de sus nuevas oficinas. Al mismo tiempo en la ciudad de Los Ángeles también se proyectaría una nueva delegación del mismo organismo, aunque ésta seguiría los métodos tradicionales de arquitectura y diseño. Hubo dos diseños totalmente diferentes para un mismo organismo, uno controlado por sus propios empleados, los cuales iban a pasar gran parte de su tiempo en sus instalaciones, y otro desconectado de los usuarios que iban a convivir con él. La delegación de Seattle obtuvo una mejora en su rendimiento del 7%, mientras que en Los Ángeles no se registró ningún cambio.

Con esto hago una reflexión acerca de las funciones del arte. Es evidente que esta gran empresa en la que pasé unos días tenía una intención decorativa en su idea de vestir sus grandes paredes, con obras de Tàpies, Gordillo, Miquel Navarro, o tantos otros artistas de prestigio internacional, aunque es seguro que también subyace una imagen de poder frente a empresas e inversores de todo el mundo que visitan sus instalaciones. En mi opinión los usuarios de sus propias instalaciones deberían tener cierta autoridad a la hora de escoger el aspecto del espacio en el que van a vivir su día a día. El arte contemporáneo es elitista, no creo que unas oficinas sean el lugar adecuado para contemplarlas, y menos cuando no se ofrece una información acerca de este tipo de arte, para que así al menos la gente que se va a enfrentar a él día a día tenga un mínimo conocimiento de por qué están allí. Es evidente que el arte contemporáneo a la gente en general no le gusta, entonces ¿por qué se lo tenemos que meter con calzador? ¿por qué nos empeñamos en que sea decorativo? No lo es. Estoy harto de visitar exposiciones de arte subvencionadas por renombradas corporaciones privadas, no solo de arte contemporáneo, en las que no se da una información adecuada acerca de lo que se va a ver allí expuesto. Proyectos museísticos que menosprecian el interés de los usuarios en conocer la historia del arte, que no satisfacen la poca curiosidad que puedan tener en qué ha llevado a una artista gallega a pintar un trozo de aluminio de color amarillo y dobrarlo sobre sí mismo. Obviamente nadie querrá colgarse “eso” en casa sencillamente porque (salvo casos expresos) no se rige por la estética, y hay que empezar a saber dar a entender esto sobre el sentido del arte contemporáneo. Y las instituciones museísticas tienen toda la responsabilidad.

No culpo a mis compañeros de esta gran empresa que no sepan valorar ciertas obras artísticas, o simplemente que puedan emitir un juicio de valor, están en pleno derecho a menospreciarlas puesto que alguien con traje y corbata ha impuesto que sean motivos de decoración para sus propias oficinas.