Ese primer lunes sin “tu” marca.

Me despierto igual de carrereada, quiero seguir durmiendo y le robo al despertador otros 5 minutitos. A fin de cuentas sigue siendo lunes. Me doy cuenta que ya es suficientemente tarde, que plancharme el cabello -otra vez- ya no lo hice; que la opción de desayunar huevitos con jamón se me escapó hace 20 minutos; que debo decidir entre escoger mi outfit o tomar café… veo otro lunes de esos, complicado, como suelen ser.

Lo raro, y que noto tantito después, es que mi bandeja de entrada no está llena de correos “del cliente”, no tengo que contestar los más importantes mientras intento tomar café o conduzco hacia la oficina ni tengo que entregar una presentación para tal o cual cosa que la marca quiere llevar a cabo. Me cae el veinte.

Inconscientemente le resto importancia al tiempo y me quedo mirando al horizonte, que no es más que la pared de mi recamara. Empiezo a pescar ciertos recuerdos, por ejemplo el día en que en aquel restaurante nos dijeron que ahora llevaríamos esa cuenta, saboreo de nuevo esos nervios geniales que te dan y que no los puedo expresar cada que gano una cuenta. Vienen a mi mente un montón de lugares, cosas y personas que conocí gracias a ese cambio en mi vida y hasta veo a lo lejos a la chavita que era antes de que ese huracán pasara.

El paquete de cosas que no olvidaré es enorme, pero la sensación que impera es la de ese momento en el que todo inició, cuando dijimos “va, seamos CÓMplices”… Otra idea llega a mí: valió la pena.

Regreso al mundo. Ya es tarde. El café está frío. Esa marca, a partir de hoy, ya no está en la agencia, ya no es nuestra CÓMplice. Llegan correos nuevos. Hay otras marcas… Hay otros CÓMplices. Ya tengo nuevos pendientes. Mi show debe continuar. Y ya sé cómo.

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