¿Los mexicanos somos hostiles?

A diecisiete años en el siglo XXI la sociedad mexicana sigue siendo es una sociedad de contrastes y atributos, solo que ahora los que destacan la corrupción y la ilegalidad, ya que en primer lugar estaría la mordida, ese fantasma que carga todas las culpas de los infortunios nacionales (Portilla, 1986) como parte de la vida y la sociedad que aunado al actual “mal humor social” han despertado una percepción de inseguridad y violencia que se refleja en el acontecer diario del país. Crímenes no resueltos, políticos prófugos de la justicia, fosas comunes clandestinas que son desveladas un día y otro también, crímenes de género, persecución y asesinato de periodistas, discursos populistas y discursos conservadores de políticos que solo buscan el poder con ambiciones egoístas por medio de mentiras, etc. Por favor corrígeme, pero no existe algún animal, con excepción del ser humano, que disfrute de la crueldad sobre otro de la misma especie (y otras especies también); sin embargo, le atribuimos lo brutal, lo salvaje, y demás calificativos como cosa propia de animales, a esos actos crueles practicados por el propio ser humano. La tortura como practica universal, racional y sistematizada que hoy por hoy se apoya en la ciencia médica y neurocientifica, ha trascendido de lo rústico a lo científico como una forma universal del ejercicio de la guerra, la amenaza, la confrontación latente o el mantenimiento de la paz de la especie humana. Estamos ante una violencia cultural que no es propia únicamente del ser humano sino del reino animal; una violencia que despierta “agresividad”, la cual es instintiva en todas las especies del planeta y es enfocada hacia la supervivencia en un primer momento. Entonces ¿Qué está sucediendo en nuestra sociedad mexicana que frecuentemente vemos episodios de acciones violentas detonando conductas más agresivas en la mayoría de los ciudadanos? Si bien la violencia es una manifestación cultural propia de la especie humana, aprendida y transmitida, muchas veces, de forma inconsciente, de generación en generación, no es justificación suficiente para los hechos y conductas que se viven en el país. Ante estos hechos la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) identificó siete causales para la generación de la violencia en México:

  • Corrupción y vínculos de las autoridades con los cárteles de la droga. También al aumentar la detención de líderes del crimen se fragmentan las organizaciones y se crea subgrupos que compiten entre ellos donde antes existía hegemonía y relativa “paz”.
  • Militarización del país. La guerra contra las drogas desplegó al ejército, marina y policía nacional a las calles, instituciones que tienen quejas por no acatar los derechos humanos y de hacer ejecuciones extrasumarias a supuestos criminales.
  • Autodefensas. Según la CIDH, los grupos de ciudadanos armados que han optado por defenderse a sí mismos ante la indiferencia de las autoridades sólo perpetúan la violencia porque no tienen que rendir cuentas y se convierten en instituciones fácilmente corruptibles.
  • Las empresas privadas de seguridad, pues perpetúan prácticas de ajustes de cuentas sin involucrar a las respectivas autoridades.
  • La desigualdad del país, que no sólo hace propensas a las poblaciones más pobres a caer en las garras del crimen organizado, también estas cuando son víctimas de algún delito las instituciones de justicia resultan ineficientes para alcanzar o tratar con poblaciones marginales.
  • Impunidad. El 98,8% de los casos en México se quedan en la impunidad creando un esquema donde los delincuentes siguen delinquiendo porque sus actos nunca tienen consecuencias.
  • Armas ilegales. El número de armas que entra al país es elevado, la CIDH calcula que hay 20 millones de armas ilegales en México, que podrían ser más en cantidad y potencia de las que tienen las autoridades mexicanas para combatir al crimen.

México se encuentra inmerso en un clima de violencia generalizada con graves consecuencias para preservar un Estado de Derecho ante la perpetuidad de la agresividad, que se magnifica por los medios de comunicación y las redes sociales ante los delitos con violencia perpetrados por particulares o por agentes del Estado, ya que los perpetradores no enfrentan las consecuencias de sus actos creando una espiral ascendente de impunidad. Este hecho representa una forma de discriminación en el acceso a la justicia incidiendo en la repetición de su comisión. Pero si se enfoca la atención en la lucha antinarcóticos y la llamada militarización de la fuerza pública organizada, se puede apreciar un incremento sustancial en el uso “excesivo de la fuerza”, esto es, mayor violencia. Con Especialistas del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se realizó un análisis del índice de letalidad, esto es el número de muertos civiles por cada civil herido en situaciones de “enfrentamientos contra la delincuencia”. Estos índices resultan muy elevados en México. El investigador que diseñó el índice de letalidad señala que “cualquier cociente superior a 1 estará apuntando a un abuso de la fuerza y a la existencia de ejecuciones sumarias” (Cano, 2016) Esto es porque en auténticos enfrentamientos, es mayor el número de gente que resulta herida que el número de gente muerta, ya que la policía, al hacer uso legítimo de la fuerza, busca neutralizar e incapacitar objetivos y no matar. Según el informe, en México el índice de letalidad del ejército fue de 7.7 civiles muertos por cada civil herido en 2013 y 11.6 en el primer trimestre de 2014 (Catalina Pérez Correa, 2015) De acuerdo con datos de prensa, el índice de letalidad en términos generales muestra la tendencia de los datos oficiales. Ambos — datos oficiales y de prensa- indican que la letalidad en enfrentamientos de la SEDENA tuvo el valor más elevado en 2011 y 2012, pero el descenso posterior arroja valores elevados del índice en un contexto donde la información oficial ya no se estaría registrando o haciendo pública. La Secretaría de la Defensa Nacional informó que “a partir del 6 de abril de 2014, ya no se le da continuidad a dicha estadística, en relación de no ser necesaria para esta dependencia del Ejecutivo federal, debido a que […] el personal de esta Secretaría, después de repeler una agresión, se limita únicamente a preservar el lugar de los hechos y una vez que hacen presencia las autoridades competentes se desliga de los procesos de investigación correspondientes” (Catalina Pérez Correa, 2015).

Sin duda le urge al Estado Mexicano romper el ciclo perverso de impunidad imperante con el fin de lograr una efectiva prevención, investigación, procesamiento y sanción de quienes quebrantan la ley y deterioran el Estado de Derecho, Urge que los avances normativos generen cambios reales en la vida cotidiana de la ciudadanía mexicana y que sin temor se implementen medidas de rendición de cuentas por un organismo autónomo e independiente de toda la fuerza pública organizada de seguridad en relación a operaciones, operativos y tareas de seguridad pública. Urge aminorar el mal humor social, la agresión y la violencia rampante antes de que se apodere de nuestra cotidianidad, como seres humanos, debemos estar por encima de estas circunstancias, una sociedad que se acostumbra a la impunidad y a la violencia siembra en sus futuras generaciones la semilla de la tiranía.

Bibliografía

Cano, I. (2016). La policía y su evaluación. Propuestas para la construcción de indicadores de evaluación en el trabajo policial. . Distrito Federal: Disponible en: http://www.observatoriodeseguranca.org/files/ignacio%20cano.pdf.

Catalina Pérez Correa, C. S. (2015). Índice de Letalidad, Menos enfrentamientos, más opacidad. Distrito Federal: Revista Nexos.

Portilla, J. (1986). La fenomenología del relajo. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.