La escena a destiempo

En los últimos meses, me consta ahora, he comprobado este discurso de numerosos habitantes en Tepic de que cualquier trayecto de más de veinte minutos ya “queda lejos”. Esta percepción relativa del espacio deviene también en argumento insuperable para suponer que el mundo debe detenerse hasta que se me venga en gana hacerme presente. Aún no decido si es falta de consideración por el tiempo de los otros o acaso un problema escolar con la lectura de las manecillas.

El caso es que cierto tipo de personas acostumbran llegar tarde, al grado de presumirlo como un valor de marca personal. Si en una cita puede fastidiar este retraso y edificar paranoias, o en las fiestas puede ser mal visto llegar exacto a la hora señalada, es en las experiencias colectivas alrededor de un programa donde demorarse es una falta de entendimiento de las reglas del juego.

Uno no esperaría que una función de cine se detenga hasta que se llene la sala o porque se me haga tarde en la fila de la dulcería. Nadie se molestaría con los organizadores si el partido de futbol da comienzo mientras me hago nudos en el estacionamiento. Porque mi potencial experiencia de entretenimiento se diseña a partir del momento compartido, una mentalización del inicio común para todos donde mi falta de planeación o poca empatía por el tiempo de los demás deviene en falta de respeto.

“Disculpen, estamos esperando que lleguen las personas que tienen reservados”. Se puede ser amable y no tener claro el tipo de decisiones que se requieren para el teatro y esta vivencia colectiva donde la gente concuerda alinear su agenda personal con los tiempos de un grupo de creadores y espectadores. Los que llegan tarde, con alevosía o por descuido, no reconocen esta especie de contrato social implícito para construir cultura en comunidad.

Me entusiasma la Muestra Estatal de Teatro 2016, en especial porque por fin tengo la oportunidad y el tiempo de fluir sosegado en ella. Pero también porque el programa me parece relevante y abierto al diálogo, y porque detrás de este espectáculo de dos semanas, con una variada cartelera de obras en distintos espacios, encontramos personas estupendas y llenas de intenciones francas que merecen reconocerse. Tener una muestra de esta naturaleza en una ciudad que a veces niega su potencial es una oportunidad y un derecho al acceso cultural tan necesario. Me queda claro en la animosidad de las filas y en la frescura de las reacciones tras la despedida actoral.

Fue un soberano error asumir que el Golden, un restaurante con una aparente capacidad para ello, podría detentar la responsabilidad de entender que la obra no espera a “los que tienen reservados”. Menos cuando en su plataforma señalan el inicio a las 20:30 y en el programa oficial se establece a las 21:00 horas. No mientras hay decenas de personas esperando 15 minutos antes y otros tantos después del “inicio”. No cuando la función requiere respeto, y la gente merece algo parecido. Fue una postura que durante décadas defendió el director Rodolfo Amezcua del Río y que parece que algunos han olvidado.

Tal vez la obra comenzó a las 21:30, eso espero. Seguramente me perdí de un trabajo actoral que tenía ganas de ver. Cuando me di por vencido y partí por el digno espectáculo de la charla con buena cerveza, saludé a algunos conocidos que se dirigían hacia la fila, desconectados del flujo temporal. O tal vez caminaban con garbo hacia su reservado.