El populismo nuestro de cada día

El populismo no es sino aquello que contraría a quienes ostentan el poder.


Sufrimos, no es de ahora, una crisis sistémica de pensamiento propio. El individuo tipo sólo hace que ejercer de vocero de las estrategias comunicativas de los medios en cada momento, repitiendo los mantras, términos o catalogaciones de moda. Pero, ciego en su adicción a hacer parecer propio lo que le viene de lo alto, cree ser libre, con rima consonante, incluso original, y eyacula en sus muros personales impresiones, opiniones que construye con los ladrillos que le van dejando interesadamente en su despensa quienes reparten los átomos de los comportamientos personales y masivos.

Ya sucedió hace poco, con motivo de las segunda de las campañas electorales, con el término comunista en España. Los gurús de la comunicación del PP, en su control de una buena parte de los medios, decidieron reflotar el término comunista para amedrentar todavía más y de ese modo contrarrestar la asociación electoral entre Podemos e IU.

Los dirigentes recibieron órdenes de colar el vocablo y el concepto en cada aparición pública, y con la muleta indispensable de periódicos y televisiones afines, “comunista”, empezó a proliferar en los muros ilustres de los catetos más reputados.

Desde esa supuesta libertad, desde ese eco replicado , esos catetos de lo ajeno pretendían hacer pasar por actualización lo que sólo era intoxicación. Pasada la campaña, cuando los resultados de la entente no fueron demoledores para el sistema, el término comunista desapareció paulatinamente del argumentario y de las redacciones, ya no era necesario. Pero el efecto estaba conseguido y el PP, obviamente no sólo por este suplemento vitamínico del miedo, consiguió reforzar sus resultados electorales.

Sucede lo mismo con populismo. Sólo que este término, al ser de amplio espectro, mantiene una vigencia consolidada en el tiempo y se usa a diario para referir a aquellos que cuestionan el poder, sin las dobleces de la política, a quienes lo han venido ejerciendo por costumbre. En esencia, la definición de populismo se sostiene en que el pueblo adquiere un mayor peso democrático en el organigrama del Estado y la distribución de la riqueza se aparta, ligeramente, sólo ligeramente (el capitalismo feroz del mundo no permite mayores holguras), de ese ochenta-veinte clásico que se ha ido aproximado a noventa-diez tras la crisis.

Populismo no deja de ser un término peyorativo que tiende a identificar aquellos movimientos políticos amistosos con las clases desfavorecidas y que, en consecuencia, toman, o promueven, medidas contrarían a las élites políticas, económicas y culturales que con ellas ven desestabilizada su perpetuidad como gestores absolutos de los destinos de esa clase baja.

Sorprendentemente, un buen número de pertenecientes a esos estratos más bajos, arponea a un populismo que trata de defenderlos, con argumentos arrojadizos que acopian precisamente en esos medios domesticados para denostar al término y lo que intentan que signifique. En su creencia de que esas élites defenderán mejor sus intereses que aquellos advenedizos “populistas” que plantean una mayor dignidad para ellas, son a menudo esas clases bajas quienes con más ahínco denuestan a los que entienden como sus enemigos ideológicos. Pero aun así, desde esa manipulación emocional, en ocasiones subliminal y en otras no tanto, creen seguir siendo libres en sus razonamientos y en sus pedradas herradas con las siglas de las élites.

Si el populismo pues, por reducción a la esencia, es aquella doctrina que incomoda a los patricios porque socava su poder, ¿cómo es posible que, en contraposición, no se haya acuñado un término que signifique lo contrario? El desagrado de las capas más próximas al suelo hacia el ideario de los oligarcas no tiene su correspondencia terminológica. El propio concepto de oligarquía no es suficiente, ni el de elitismo, ni cualquier otro. Ello se puede deber a que los movimientos que son clasificados como populistas no tienen acceso, por precariedad económica, a los medios de comunicación mayoritarios en audiencia, con la misma frecuencia que los estamentos plutócratas. A la postre “reputation is repetition” y al personal se le llega más por reiteración que con argumentos.

Populistas son, como paradoja máxima del término, y situándonos en Grecia, tanto los partidarios de Syriza como los neonazis de Amanecer Dorado. Con los principales partidos liberales en el subsuelo de las predilecciones electorales helenas, ya se ocupan los foráneos europeos de catalogar como populistas a ambas formaciones antagónicas para desacreditarlas a la par encajonándolas en un mismo continente. Ciertamente paradójico.

En España el populismo lo encarna mayoritariamente Podemos. La campaña de persecución hacia lo que comenzó siendo movimiento y terminó estatutariamente como partido político ha sido de tal magnitud que los dogos de la corte han conseguido estabilizar, a fuerza de la reiteración de la contrariedad y el holocausto social y económico que produciría la arribada de los morados al poder, su caladero electoral en alrededor del veinte por ciento. Y los mordiscos del descrédito proceden con igual saña de las huestes del PP que de las del PSOE, apoyados en esa inconsistencia política narcisista llamada Ciudadanos. Podemos ha avanzado en solitario, contra todos los vientos y corrientes que vienen desencadenando las fuerzas del establishment desde su auge inesperado en las europeas de 2014.

La prueba de que lo que escribo es irrefutable es que previo a la irrupción de Podemos, a Izquierda Unida pocos tachaban a la formación de populista pese a articularse en torno a parecidas premisas políticas, sociales y económicas que la formación que lidera Pablo Iglesias, pero como su techo electoral no incomodaba a los oligarcas, se la catalogaba como izquierda y sólo en ocasiones estratégicas se le adosaba lo de radical.

El término populismo se reservaba para el verdadero diablo por venir, en el cajón de los miedos absolutos, para intoxicar desde la mancomunidad de las líneas históricas de poder que podían verse desplazadas de sus privilegios atávicos por una horda de recién llegados.

En puridad, el populismo no existe como corriente unificada. Ninguna amenaza populista acecha a las democracias. Es el propio liberalismo quien, con sus indisociables vínculos con las clases empresariales y económicas, el que representa la mayor amenaza de la esencia de la verdadera democracia, esa, la suya, que sólo permite a los ciudadanos el voto una vez (o dos, o tres) cada cuatro años y luego los aparca en el vado permanente del “dejadme a mí”. Esa misma democracia tenida como paternalista que escoge a su líder a la búlgara, reducidas todas las corrientes del PP a una sola, condenados los escasos disidentes, si los hubiere, por populistas, al ostracismo de la mordaza.

La disyuntiva es manifiesta, por un lado la democracia liberal (la única sana a juicio de los propios liberales) y por otro la presencia fantasmagórica de todo lo que se opone a ese ideal, un monstruo indiscernible en el que pululan por igual keynesianos que neonazis, caudillos iberoamericanos que socialistas de aquellos de la rosa en alto, charlatanes que trumpianos, negacionistas que nacionalistas, corruptos que asamblearios, Pablo Iglesias que Marine le Pen.

Y si bien es cierto que entre los anteriores hay algunos movimientos que harían embarrancar en el fango del totalitarismo a la democracia, no lo es menos que hay otras sensibilidades que le devolverían la pureza del término en su afán por extenderla más allá de los pocos que ahora la custodian y la perpetran contra nosotros: el pueblo.