De la protesta al movimiento

Cuándo, cómo y porqué los colectivos ciudadanos, las comunidades de afectados, ese burbujeo de gente insuficientemente representada, deciden que quieren ganar interlocución con los poderes públicos, hacerse visibles, mostrar que es posible otra manera de ver el mundo, de habitar la vida, de relacionarse con el entorno?

Cuando deja de ser la Protesta algo efímero, espontáneo, caótico, novedoso y se transforma en Movimiento para resistir, organizar, sostener, perseverar y transformar en conjunto?

A todo activista lo inquieta, lo persigue la obsesión de poder ser parte de movimientos sociales que generen transformaciones culturales y que tengan impacto político. Qué maravilloso sería si pudiésemos conocer la fórmula, si supiésemos como mantener encendido el fuego que calienta la olla desde abajo, no tan sólo la chispa, para poder convertir una protesta en un movimiento social.
Pero no podemos generarlos en laboratorio. Tan sólo podemos seguir algunas pistas, ahora ayudados por la tecnología, para estudiarlos y diseccionar sus procesos con la esperanza de entenderlos y acercarnos un poco más a sus misterios.

Hace 20 años en Argentina el manual era otro. Los actores protagónicos de esta historia eran los partidos políticos, los movimientos obreros y los estudiantiles cómo articuladores centrales de ese pasaje de la protesta al movimiento, como catalizadores de ese proceso. No había demasiado margen para organizar movimientos colectivos sin usar las estructuras tradicionales de estos actores. Necesitábamos su experiencia, su red de contactos, comunicación, divulgación y su diálogo e interacción con el poder público.

Aquellos que hemos participado en diferentes movimientos sociales más o menos exitosos a lo largo de la vida como militantes o activistas, tanto desde partidos políticos como desde organizaciones de la sociedad civil, hemos podido ver algunas diferencias importantes respecto a lo que nos pasaba hace algunos años cuando empujábamos causas como el fin del servicio militar obligatorio, o el freno a ley de educación superior o la aprobación de la uníón civil u otras tantas batallas que hemos dado.

En lo experiencial se perciben cambios que nos dan la sensación de que ese pasaje desde la protesta al movimiento pueda ser hoy más auspicioso que ayer pero al mismo tiempo más complejo.

Cuando antes las alternativas eran ser absorbidos por una estructura tradicional de poder o apostar a convertirse en un cisne negro de la acción colectiva exitosa. Hoy hay más grises.

Es claro que el entorno es hoy más proclive para incubar el huevo de una protesta. Las redes nos han dado una ayuda fundamental en este punto. Pero, podemos decir que hay también hoy un entorno más proclive para concebir y sostener un movimiento social transformador?

Tres datos del contexto resultan interesantes para ensayar algunas posibles respuestas a esta pregunta.

Primer dato: Los actores sociales que antes organizaban y transferían los liderazgos hoy son más débiles y tienen menos legitimidad. Esto puede ser visto como un problema pero también como una oportunidad. Torna el proceso más colectivo, menos vertical y más complejo.

Segundo dato: Sabemos que la magia no se produce sólo con las ventajas que nos da la tecnología en términos de comunicación, convocatoria, construcción de redes, definición colectiva de objetivos. Con eso no basta. Para construir movimientos se necesita de algo más

Tercer dato: Desde el “que se vayan todos” hasta acá (15 años) ha habido lentamente una resignificación de lo político, consecuencia entre otras cosas de la crisis de representación y de la experiencia acumulada por diferentes actores sociales en la arena de la participación.

Cuáles son entonces nuestros hallazgos? qué cosas cambiaron y qué cosas siguen siendo iguales en esa transición de la protesta al movimiento?

Arranquemos por la construcción de Identidad como característica básica para el surgimiento de un movimiento. Pensemos que en el comienzo se trata de colectivos muy heterogéneos, hoy y ayer muy difíciles de amalgamar. La diferencia es que ayer las estructuras tradicionales terminaban imponíendo de prepo una identidad muchas veces resultado de la disputa entre ellas.

Hoy pareciera que el proceso es más orgánico. La identidad es fruto de una construcción colectiva que abreva muchas veces en experiencias pasadas, propias y compartidas. La experiencia es por primera vez reconocida como valor. No es necesario ser especialista para contribuir, ni estar acreditado, todos somos pares y parte, nadie sobra. Como diría Antonio Lafuente, se le da dignidad cognitiva a la experiencia y eso hace más difícil imponer una identidad. Es probable que tome más tiempo la construcción de identidades colectivas, pero si se alcanzan probablemente sean más potentes y representativas que las anteriores.

Naturalmente esto está emparentado con el proceso de definición de objetivos comunes, de consignas, de demandas a ser elevadas al sistema político. Los movimiento sociales del presente tienen la posibilidad más cercana de configurarse como comunidades de aprendizaje, entornos naturales de autoaprendizaje, O se matan o aprenden juntos o crean una nueva cultura propia. Al no haber una bajada explícita de línea, la resolución de conflictos y el propio fracaso es parte misma de la construcción.

Pareciera ser que lentamente en manos de los comunes lo propositivo adquiere más valor que la protesta a secas. Entonces, si cada vez es más tentador “proponer” allí hay más lugar para experimentar distintas formas y tecnologías de organización interna y de autogestión de la heterogeneidad. Hay más lugar para poner en práctica dinámicas de participación abiertas, ordenadas, sistemáticas que legitimen constantemente la representación del colectivo, fundamentales para la madurez y el impacto de los nuevos movimientos sociales.

Y aquí aparece otra característica de los tiempos que corren. Estos colectivos han pasado de reclamar derechos civiles como ciudadanos a visibilizar o encarnar condiciones humanas. Le dicen al estado -Yo no soy sólo ciudadano, yo además soy mujer y reclamo mi derecho como tal.- Para que no se invisibilíce esa condición detrás de la de ciudadanía

Pero si estos son algunos de los fenómenos prometedores que comienzan a emerger dentro de los nuevos movimientos sociales, cuales son los desafíos que enfrentan?

El tiempo, es el primero de ellos. Los procesos internos de transformación y organización hoy son más largos porque son más horizontales, menos profesionales e igual de heterogéneos. Sólo la paciencia y la perseverancia podrá sostenerlos.

Los liderazgos representan otro gran desafío. Hoy generan sentimientos contrapuestos. Se necesitan pero se les desconfía y eso genera fricción. La tarea es construir nuevos liderazgos acordes a las nuevas organizaciones, más democráticos, más distribuidos y más flexibles.

El Impacto, la articulación con el poder político y las instituciones constituyen el mayor de todos los desafíos. El amateurismo de los nuevos movimientos genera desventajas en el diálogo con el sistema que muchas veces no los reconoce como interlocutores. Se necesita acumular experiencia, entrenar la sutileza, la astucia y la tolerancia para incidir y articular con el poder.

Algunas conclusiones:

Durante los últimos años se ha ido construyendo una argamasa de activistas y organizaciones sociales de larga trayectoria y experiencia que nutren el mapa de la participación y lo fortalecen. Esto explica muchas de las cosas que antes señalábamos. Estos actores sociales son una pieza fundamental de los futuros movimientos sociales, tanto para apuntalar las instituciones cómo para empujarlas hacia nuevos horizontes más democráticos, diversos, inclusivos y justos.

Cuanta más sociedad civil organizada con experiencia participa activamente más chances de sostenibilidad y de transformación tendrán los nuevos movimientos sociales.

Participación en #tomarlacalle |organizado por @civicus @avina y @unsam | septiembre 2016