La esperanza

@JuliGiacobbe


28 años. Siendo políticamente correctos, unos 30 o 32. Ese es el rango de edad desfavorecido. Si se les pregunta, muchos responderán que su primer mundial consiente fue el de 1994, tal vez, el más doloroso del último tiempo. No hay nada que cuestionarles. Llegaron tarde al reparto de glorias. El tráfico no los dejó avanzar más y tuvieron que conformarse con individualidades triunfantes en Europa. Es una generación damnificada. Ni hablar los noventosos, una familia de la que soy parte.

El 8 de Julio se cumple el vigésimo cuarto aniversario de la última final del mundo disputada por Argentina. A partir de allí, sufrimientos: la enfermera blanca, el cabezazo holandés, el grupo de la muerte, el papel de Lehmann y la goleada del ‘chamuyo’ alemán. Todos ellos guardaban un deseo: el de campeón. 1994 y 2002, planteles que sustentaban la esperanza. 2006, un diez que lideraba y otro que daba sus primeros pasos. Ni hablar del 2010, bañado en coincidencias y cuestiones maradonianas.

Soy de la familia que tiene una gracia, un orgullo, un regalo y un honor. Soy de la generación que disfruta de su propio barrilete cósmico. Pertenezco al conjunto de personas que, en vivo y en directo, desde la televisión o desde las butacas, puede disfrutar del mejor jugador del mundo. Lionel representa para muchos la última gran esperanza. No son pocos los que profetizan un campeonato del mundo: pero esto es más que eso, es nuestra oportunidad. La de muchos, la de tantos que no pudimos disfrutar en carne propia los logros plasmados por una zurda y un narigón en el ’86.

Es el momento, la chance. Hay una defensa que ante la crítica, se unió. Hay un mediocampo que ante la creatividad, encontró su lugar. Hay una ofensiva que sabiendo de su papel, toma la bandera y con fe, da batalla en todos los escenarios.

Desde mi humilde lugar deseo el campeonato del mundo. Más allá de lo que pueda haber, somos argentinos y no hay nada que impida que este deseo, esta fe, esta esperanza encuentren su lugar en Brasil. Ni el local. Ni el europeo temido. Ni la revelación. Ni nadie. Somos Argentina. El fanatismo mal retribuido durante 28 años respondió a todas las causas: suerte, táctica, entrenamiento, egos. El dolor plasmado en cada Mundial ya es suficiente. Es la hora, el momento de decir basta. La selección está para más y va a lograr más. Después de todo, está el mejor. Después de tanto, Lionel está bien acompañado.

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