La Salada, entre prejuicios y verdades

Julián.
Julián.
Jul 10, 2017 · 4 min read

Es el complejo de venta de ropa informal más grande de Latinoamérica. Un negocio que movió en el 2016 cerca de 70 mil millones de pesos (según la confederación argentina de la mediana empresa). Pero ¿Quiénes son sus clientes? ¿Por qué eligen este mercado por sobre el regular?

Los días de trabajo en la feria son largos y aburridos. Los empleados hacen guardia en turnos de 8 horas. Todo el complejo está cerrado y el espacio deshabitado. El pasar de las horas se mitiga jugando unos trucos por plata, con una pequeña tele en un cuarto al que le dicen “la cucha” o comiendo. No hay mucho más que hacer, tomar mate, charlar, escuchar música o, si nadie se entera, dormir una pequeña siesta. La Salada descansa.

Pero hace 15 días pasó lo que siempre amenaza con pasar. Se llevaron preso a Jorge Castillo (acusado de extorsión a puesteros, según Télam) el mandamás de la feria Ururcupiña, la más grande de las tres que componen la salada. Aprovechando este impulso la policía de la provincia también desalojo a todos los puestos que están en la periferia. Un entramado que abarcaba 2 kilómetros sobre la calle de la rivera y obstruía cualquier paso.

Empleados de la Feria Ocean desmantelando los puestos de la ribera.

“Ese día fue larguísimo, nos quedamos como hasta la 1 de la mañana trabajando para arreglar el quilombo” dice Hugo Prósperi empleado de la corporativa Ocean (otra de las ferias). Corta fierro y moladoras en mano, él y sus compañeros se encargaron de levantar todo el esqueleto de los puestos desmantelados que correspondían a su espacio. En la oscuridad y el frío de la madrugada levantaron miles de puestos. “Encima no nos pagaron las horas extras, ja”.

Esos días fueron convulsionados. La policía estuvo más activa que nunca. Los ruidos de las sirenas y los tiros se multiplicaron. Los empleados tenían la indicación de “estar alertas”. El tiempo pasó, los noticieros empezaron a mirar para otro lado y con ellos, también la policía. Ahora, los puestos desmantelados se comienzan a rearmar, esta vez dentro de los complejos y más protegidos. Así es la feria, un gigante que no puede detenerse y que es el sostén de vida de miles y miles de personas.

Pero esto pareciera no afectar a las ventas. “No, la gente sigue viniendo como siempre. El que viene seguido sabe que adentro del lugar no pasa nada” comenta Hugo con respecto a esto. “Y los compradores nuevos al principio tienen miedo, hay mucho prejuicio pero al final todos terminan comprando acá”.

Cuando se abren las puertas

El murmullo de la multitud es inevitable. Entre los visitantes de la feria se pueden encontrar familias enteras, con niños pequeños y hasta bebés; compradores que vienen solos, con su bolso o carrito, buscando las mejores ofertas para luego revender. Grupos de amigos que se organizaron para visitar la feria, que “de a muchos da menos miedo”. Parejas jóvenes y grandes, adolescentes, gente mayor. En el estacionamiento autos y camionetas de todas las gamas y modelos salen y entran durante toda la madrugada. La Salada no discrimina.

Es el caso de la familia Camiolo, quienes son clientes regulares de la feria. Tienen un Volkswagen Fox modelo 2011. Gabriel Camiolo es jefe de planta en una fábrica del partido de San Martín, hace más de 20 años que trabaja en el mismo lugar. Tiene 53 años, con pelo canoso solo a los costados y detrás de su cabeza. Siempre va con sus anteojos de sol colgando del cuello aunque sea de noche. Está casado con Norma de 50, ella es maestra en la primaria Nº 7 Dr. Nicolás Avellaneda, en Villa Martelli. Tiene el pelo largo y un flequillo recto que le llega hasta las cejas. Tienen dos hijos que trabajan y aún viven con ellos, Martín de 22 y Gonzalo de 24.

“A la feria venimos siempre que se acerca un cumpleaños o alguna fiesta” dice Gabriel “También, de vez en cuando, para renovar un poco el placard cuando cambian las estaciones” agrega ella. Cuando vienen, a diferencia de otros, no hacen compras grandes. En general llevan para regalo o de a 4 o 5 prendas por persona, no más. Aunque siempre se tientan con los precios bajos y terminan gastando más de lo planeado. “Elegimos comprar acá por que la relación precio calidad es muy buena. Además cuando vas a los locales comunes tampoco te dan tickets” se excusa Gabriel.

“La primera vez vinimos con unos amigos, para no perdernos” comentan ambos. “Acá se sabe que pasan cosas, pero es como en todos lados. No nos cambia la opinión lo de Castillo, ojala que si hizo algo mal vaya preso, pero que no cierren la salada, ja!” bromea Gabriel y despierta la fuerte risa de su mujer.

Del otro lado del mostrador

“Acá se ve de todo” arranca Alberto con el codo apoyado en el mostrador. Detrás de él cuelgan decenas de camisas de todos los colores. “Tenés padres y madres buscando cosas para sus hijos y los mismos pibes que buscan lo último que se está usando” mientras señala una camisa negra con una línea roja en el medio. “Igual lo que más plata nos deja son los mayoristas que se llevan para revender” completa.

“Adentro yo nunca vi que roben, afuera es otra cosa. Pero siempre hay familias y todo, por algo seguirán viniendo” Alberto no se pregunta mucho porque, pero por algo será. “Lo último que pasó puede que afecte un poco la opinión de la gente, pero no las ventas. Es una manera de alimentar el prejuicio”. Y continúa, “en todas las épocas siempre hay gente, cuando el país está más pobre o más rico, la gente sigue comprando en la Salada”. Esta feria es un vivo ejemplo de un país lleno de diversidad y desigualdad, pero que se las arregla para salir adelante.

    Julián.

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    Roman. @crackdeportivo

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