El Día de los Difuntos que tienen una tumba

Como cada uno de noviembre, Guadalupe reserva la tarde para reunirse con su marido. Son las cuatro y media y comienza a vestirse y a preparar las flores que ha comprado por la mañana: hay rosas rojas, amarillas, dos tiestos de petunias y una pequeña corona. Avisa a su hijo Ángel para que las vaya metiendo en el coche, porque los ochenta y seis años pesan y los pueblos de Burgos están llenos de cuestas que dificultan los paseos a pie de los ancianos. Guadalupe no está triste, sino al contrario. Hoy para ella es un día de fiesta, un día de reencuentros, un día en el que la vida y la muerte dan un paso al frente y se sitúan un poco más cerca. Aunque sea sólo por un rato.

A las cinco nos montamos en el coche y ponemos rumbo al cementerio, que se sitúa a las afueras del pueblo. Cuando llevamos diez minutos de viaje vemos a un lado de la carretera una figura negra, encorvada, con un pequeño tiesto en cada mano. Guadalupe la reconoce enseguida: para, hijo, para. Que es la señora Maruchi. Vamos a llevarla. El coche se detiene y Maruchi se acerca despacio. Sube y nos da las buenas tardes. El ambiente cálido que había reinado en el vehículo hasta ese momento comienza a enfriarse. Guadalupe no está triste, pero Maruchi sí. Guadalupe tiene un muerto y una tumba a la que rendir homenaje, pero Maruchi sólo tiene el muerto. El único problema es que no sabe dónde.

El reloj marca las seis menos cuarto cuando llegamos al cementerio. Multitud de coches se encuentran aparcados a ambos lados de la carretera. Gente que entra y sale con cubos de limpieza, flores, lágrimas y alguna que otra sonrisa cargada de melancolía. Ángel se queda con Guadalupe y Maruchi me coge del brazo. Me ofrezco a llevarle los tiestos, pero se niega. Soy consciente de que le tiemblan las manos y de que está haciendo un esfuerzo para que no se le caigan, pero entiendo también que es un esfuerzo que tiene y que quiere hacer sin ayuda.

Me cuenta que su marido fue siempre un hombre amable y que decía que los dos días más importantes de su vida habían sido el de su boda y el 14 de Abril de 1931. “Era republicano, hija. Mi familia me decía que eso me iba a acabar trayendo problemas pero el amor… El amor con diecisiete años no entiende de problemas”. Jesús, su marido, desapareció en 1936. Maruchi dice que un día se fue a trabajar y, cuando pasadas las diez de la noche, no apareció, supo que no le volvería a ver más. En el pueblo corrió el rumor rápidamente de que habían capturado a un grupo de hombres rojos y que se los habían llevado en una furgoneta, pero nadie sabía más. Y si alguien lo sabía no estaba dispuesto a hablar. “Me voy a morir sin saber dónde está el cuerpo de mi marido. Antes no podíamos hablar de esto porque estaba muy reciente. Ahora han pasado ochenta años y seguimos teniéndonos que callar”.

Nos detenemos para esperar a Ángel y a Guadalupe y caminamos los cuatro juntos. Guadalupe se adelanta levemente y se dirige hacia una tumba. La de Felipe, la de su marido. Observo a Maruchi y su mirada perdida me provoca una punzada en el estómago. Nadie se atreve a mirarla fijamente, nadie se acerca a ella, nadie asume que esa mujer tiene la vida destruida y que muchos de los allí presentes seguramente serán, directa o indirectamente, cómplices de quienes le arrebataron a su marido y no se lo devolvieron nunca más.

Guadalupe ha pedido prestado un cubo con agua. Mete un estropajo en él, lo escurre y limpia con maña la tumba de su marido. Ángel se dedica a quitar las malas hierbas que han salido alrededor del mármol. Maruchi mira sus tiestos y yo miro a Maruchi y me acuerdo de que en España hay más de cien mil civiles desaparecidos. Más de cien mil familias que hoy, como Maruchi, no tienen tumba a la que acudir. Y nadie hace nada, y nadie dice nada, y la herida no deja de sangrar. Me pregunto si más de setenta años no han sido suficientes para solucionar el problema. Me respondo a mí misma que hay quien sigue sin ver que esto es un problema y me aborda la resignación.

Con la tumba ya brillante, el sol termina su jornada laboral y aunque son solo las seis y media, la noche está empezando a llenarlo todo de oscuridad. Es hora de colocar las flores y Maruchi saca sus tiestos. Deja que Guadalupe ponga primero sus plantas coloridas, ocupando el centro del sarcófago, y ella asume el segundo plano que, por obligación, le toca tener. Se da cuenta entonces de que yo no he dejado de mirarla ni un instante, saca fuerzas y me dedica una sonrisa: tu abuelo era amigo de Jesús. Seguro que lo siguen siendo, así que le pongo las flores a él. Se lo dirá a mi Jesús y así yo me siento en paz. La punzada que sentía antes en el estómago se me empieza a subir al pecho. Siento una presión horrible y unas tremendas ganas de romper a llorar. Maruchi tiene que sentirlo, porque coge uno de sus tiestos y me lo da:

-Cuando tu abuela termine, los ponemos nosotras.

-No, Maruchi. Ponlos tú.

-Deja, deja… Que ya me ha chivado tu abuela que tienes unas ideas muy firmes para ser tan joven.

Noto que me mira la pulsera de la bandera tricolor que luce mi muñeca derecha y asumo participar en el homenaje a Jesús. Guadalupe se santigua y da por finalizada la decoración de la tumba. Las dos esquinas superiores las ha dejado vacías, así que Maruchi se dirige a la derecha y coloca allí el tiesto, dejándome a mí la izquierda.

Son las siete y la noche ha caído por completo. Hace frío y las tumbas comienzan a sumirse en la soledad que les caracteriza. Emprendemos el camino al coche, y antes de salir del cementerio me detengo y vuelvo la vista atrás. Pienso en Jesús, en que ojalá estuviera descansando aquí; pienso en Maruchi, en que ojalá encuentre el descanso algún día; pienso en Guadalupe y en todas esas personas afortunadas que saben a dónde dirigirse a rendir homenaje a sus difuntos; y por último pienso en que este día no es el Día de Todos los Difuntos. Es sólo el de los Difuntos que tuvieron una muerte digna.

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