Ciudad del hombre: Nueva York

En Nueva York uno lucha contra la constante sensación de que se le están escapando cosas. Casi todo lleva, además, mucho tiempo: visitar cualquier cosa implica hacer la cola para comprar la entrada, luego la cola de seguridad y después la de acceso. Hay verdaderas ciudades detrás de algunas puertas: desde tiendas que parecen pequeñas, pero que en realidad tienen seis plantas llenas de productos que comprarías, hasta outlets laberínticos de techos agobiantes y moquetas decimonónicas donde no te apetece probarte nada por más barato que sea.

Los neoyorquinos andan en chanclas o con stilettos, van en monopatines eléctricos, en bici — con un silbato en la boca y un retrovisor en las gafas — , en unas pick ups del tamaño de un Hummer… Nueva York tiene un otoño bonito, hecho a la medida de las firmas de moda, pensado para lucir la ropa de entretiempo.

La vida cultural, como la propia ciudad, nunca duerme.

Las chicas llevan un total look de Nike Running para pasear al perro o al bebé por Central Park, casi cualquier sitio es bueno para hacer deporte o para comer una ensalada para llevar, pero no se puede fumar en ningún sitio, ni cerca de ningún sitio (nadie te pide un cigarro por la calle, te preguntan si se lo vendes).

No es la ciudad de la Gran Manzana, es la ciudad de las grandes manzanas. Puedes caminar varios días y todo te seguirá pareciendo el centro, aunque hayas cogido el metro y estés en la otra punta (el metro en Nueva York es otro Nueva York, se merece una entrada para él mismo, tal vez la haga).

Los neoyorquinos son gente amable, pero es una amabilidad sabedora de que tiene la sartén por el mango: ellos viven en Nueva York y tú, inevitablemente, pareces un turista (puede que incluso lo seas).