Imagen: Donald Trump Backyard Photo Sign at Night — West Des Moines, Iowa by Tony Webster. Flickr-[CC BY-SA 2.0]

El día que sentí mucho miedo de ser migrante en el gabacho

[Texto: Xochiketzalli Rosas]

Esa noche, la del martes 8 de noviembre, M fue más veces al sanitario de mujeres que ninguna otra ocasión. Ocupaba el tiempo en la habitación del retrete para, a través del celular, comunicarse con su esposo para que éste le informara cómo iban las elecciones; él le contaba lo que veía en las noticas y en Facebook. En Nevada, Estados Unidos, donde ella vive desde hace 16 años, iba ganando Hillary Clinton.

M estaba en el trabajo — una fábrica de maquila de piezas de ferrocarril, ya no es la de armas, donde no podía ni respirar porque le llamaban la atención — , y como no quería que la regañaran por estar con el celular, cada cierto tiempo visitaba el sanitario para estar al pendiente del resultado de las elecciones para elegir al nuevo presidente del país en el que es una migrante más.

Mientras conversamos sobre aquella noche, precisamente a través de mensajes de celular, me la imagino mirando a su alrededor para que nadie la vea; sé que tiene miedo de llamar la atención y que la reprendan, sé que es porque no habla bien inglés a pesar del tiempo que lleva ahí.

M llegó a Estados Unidos en el año 2000; su esposo, en ese entonces su novio, abandonó México en busca de otras oportunidades de trabajo y ella, tras un intento fallido de cruzar la frontera legalmente tramitando su Visa, se fue de mojada tras él escondida en el motor de un automóvil.

A pesar de que estudió diseño de modas y cultura de belleza en México, en Estados Unidos su papel de indocumentada sólo le ha permitido ser obrera, trabajando siempre jornadas nocturnas. En su actual trabajo maquilando piezas de ferrocarril labora de dos y media de la tarde a una de la mañana, cuatro días a la semana, con un pago de 12 dólares la hora. Para el día de las elecciones llevaba tres meses en ese trabajo, donde su principal actividad es poner tornillos y dibujarles con pintura las letras.

M vive a las afueras de Reno, Nevada, lejos del bullicio de la ciudad de los casinos, por eso el día de la jornada electoral no vio ningún movimiento de personas que se manifestaran contra Donald Trump. Solo vio una camioneta que llevaba la bandera de los Estados Unidos en el toldo, los vidrios de las ventanas con calcomanías que decían «Vota por Trump» y quienes la conducían repartían volantes con la imagen del entonces candidato republicano. Las aulas de clases tampoco abrieron ese día.

«Todo está muy tranquilo. Espero que no venga la tormenta», me dijo por mensaje un par de horas antes de entrar a trabajar aquel 8 de noviembre.

Precisamente iniciamos la charla sobre Donald Trump el día previo a las elecciones, el lunes 7 de noviembre. Comentamos el incidente en el Centro de Convenciones de Reno, en el que el Servicio Secreto evacuó al entonces candidato ante una presunta amenaza. M me dijo que seguro fue una treta para ganar más votos, porque cuando ella trabajaba en los casinos [uno más de sus muchos trabajos en ese país] fue testigo de la seguridad que había y seguro, dijo, era al triple para el discurso que daría Trump.

Esa noche se despidió con una preocupación: «Está cañón si gana, porque de por sí hay muchos racistas en este estado».

Recordé entonces el incidente que me había narrado un par de días antes: salió con su esposo y su perro Mack a dar un paseo. De pronto se toparon de frente con un vecino que de la nada comenzó a reclamarles porque según él, M y su esposo no habían recogido la heces de su perro, pero ellos las llevaban en una bolsa. El hombre oriundo de aquel estado los siguió en su auto hasta su casa y comenzó a gritar e insultar a M.

«Bitch», le escupió cuando ella se defendió de las acusaciones. M decidió llamarle a la policía cuando vio que su esposo estaba tan enojado que quería responder a la agresión. Antes de que las autoridades llegaran, aquel hombre ya se había marchado.

«A veces en los supermercados, cuando anuncian las ofertas en español, los gabachos se quejan y piden que todo se diga en inglés… En la fábrica hay un güero con el que a veces platicamos y me sorprendió que de pronto un día nos dijera que con qué afán nos oponíamos al muro, si era para evitar que viniera gente peligrosa de México… Yo me sorprendí y me di cuenta que Donald ha despertado el racismo que no creíamos que hubiera en estas personas», me relató M después de la anécdota de su paseo con su perro.

Por eso no me sorprendió el mensaje que me envió cuando era casi un hecho que el magnate detrás de Miss Universo sería el próximo presidente de Estados Unidos: «Como ves que ya nos dio en la madre este putito de Donald. Ahora sí tendré que ponerme un puesto de chicles en México. Acá a los migrantes que he visto están muy preocupados… y cómo no si hasta en las noticias se ve a los americanos llorando por la derrota de Hillary».

— ¿Cómo te sientes con su victoria? — le pregunté la mañana del 10 de noviembre, cuando ya era un hecho que el 20 de enero de 2017 Trump rendiría protesta como presidente.

— Un poco triste porque uno piensa que uno solo viene aquí a trabajar y de pronto lo que tienes se va a la basura — me dijo M, quien en los 16 años que lleva en Reno ha logrado tener su propia casa, aunque sabe que si llega la migra no sólo la pueden deportar, sino que también puede perder todo el patrimonio que se ha hecho.

— ¿Y la gente cómo está reaccionando? Me refiero a otros migrantes.

— Tenemos miedo. Había la esperanza de poder arreglar los papeles para volvernos legales. Muchos en este momento pensamos que también regresar a México está cañón porque allá la situación también está muy fea. Ahora sólo queda esperar a ver qué pasa y qué decisiones toma el Donald. Pero el día que ganó es el que más miedo he sentido de estar de migrante en el gabacho.