El #DíaMuseos2015 en tres historias


Por tercer año consecutivo en la ciudad de México se celebró el Día Internacional de los Museos (DIM), ¿qué tipos de anécdotas y personajes se pueden descubrir en un museo del DF? De eso va este especial.



Textos y fotos: César Palma, Lizbeth Hernández, Samuel Segura y Xochiketzalli Rosas



La importancia de los museos para la comunidad

[Texto: Xochiketzalli Rosas]


Este 18 de mayo cientos de museos celebraron su fiesta número 38, porque desde 1977 tienen su día, la fecha que el Consejo Internacional de Museos creó para las instituciones que, en su “deber ser”, se encargan de conservar, estudiar, exponer y difundir el patrimonio material e inmaterial de la humanidad con fines de educación y recreo: el Día Internacional de los Museos (DIM).

Time Out México y el Museo Interactivo de Economía (MIDE) convocaron a más de 100 recintos culturales para que se unieran en la conmemoración que contó con eventos y actividades culturales que dependían del acervo de cada museo; tres días, del 16 al 18 de mayo, que se dedicaron a aprovechar la festividad para comunicar a la sociedad la importancia de la existencia de instituciones que divulguen el conocimiento y cualquier otra manifestación de la cultura.

El tema de este año giró en torno a “Museos para una sociedad sostenible”. El objetivo, promover entre el público el papel de los museos en una sociedad que aproveche los recursos de una manera más respetuosa con los sistemas biológicos.

Se trata, sin duda, de una ocasión oportuna para analizar la importancia de los museos para la comunidad, sobre todo porque, de acuerdo con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), la ciudad de México es la urbe que hospeda más museos en todo el mundo. De los mil 266 recintos registrados en el país, Conaculta tiene registro de la existencia de 152 en la capital.


De acuerdo con Sara Gabriela Baz, doctora en historia, especialista en gestión en museos e instituciones culturales y directora del Museo Nacional del Virreynato, la importancia de que exista el DIM reside en dar relevancia a la reflexión sobre el servicio que ofrecen los museos a la sociedad, así como analizar la participación de quienes están involucrados profesionalmente con estos recintos de conocimiento, impelidos a pensar y participar en actividades en el que estas instituciones desempeñen un papel, sobre todo en el ámbito de la educación y la concienciación de valores.

¿Cómo se encuentra la situación de los museos en México? ¿Cómo ha sido su papel como difusores y promotores de la cultura; lo han cumplido?

Los museos en México son instituciones diversas, que responden a vocaciones específicas, dependiendo de su propósito de fundación y del organismo marco en el seno del cual surgen. Algo común es el tema del financiamiento de sus gastos operativos y de programas específicos desarrollados para las comunidades a las que sirven. El marco legal también merece ser reflexionado y el DIM es, nuevamente, una oportunidad para ello. Otro tema común a los museos mexicanos es que “compiten” con la oferta, más que educativa, del entretenimiento. Y esa competencia muchas veces resulta un tanto “desleal”. Los museos mexicanos, además de enfrentar el reto de sostenerse y sostener sus colecciones, deben encarar una situación de desinterés generalizado de sus públicos y, en esa medida, reforzar su oferta y su mercadotecnia para resultar atractivos. Al mismo tiempo, los museos mexicanos, debido a la situación económica general del país y a su nivel cultural, enfrentan también el reto de mundialización mediante internet: los catálogos en línea son una realidad, si bien infrecuente e incompleta, que merece atención especial. Entre más se conozca la riqueza que alberga cada uno de estos recintos (en el caso de los museos que custodian colecciones), más conciencia de su cuidado se generará entre la población.

¿Considera que existen las condiciones de infraestructura y presupuesto para mantener los museos en México?

En el caso de las condiciones para el mantenimiento de los museos, sé que existe una coyuntura difícil desde hace varios años, pero también que, al menos las instituciones federales como INAH e INBA, dependientes de Conaculta, se esfuerzan por garantizar la permanencia de los espacios destinados a ser museos. Es por la misma situación de dificultad económica que en muchas ocasiones se observa que la participación de la sociedad civil y de los patronatos y asociaciones de amigos es fundamental.

¿Está faltando algo en México para el manejo administrativo y de curaduría de los museos?

Pienso que es necesario que las instituciones federales continúen flexibilizándose para admitir una participación coordinada con patronatos y asociaciones: nuestro marco legal, en ocasiones, dificulta que recibamos apoyos, sin embargo, son situaciones específicas que se están analizando y que tienden a hacer más productiva la relación entre los museos y sus comunidades. Creo que esto no tiene incidencia en las curadurías de exposiciones en forma directa, pero sí que la elección de temas está mediada por la imperante necesidad de los museos en constituirse como una oferta real de entretenimiento y como una opción de goce y educación.

México participa en el DIM desde 2013, ¿por qué la participación apenas hace tres años y cuáles son las principales razones por las que participa?

Cada museo se suma a la conmemoración con lo que tiene y echando mano de los recursos que están a su alcance: muchos museos no desarrollaron actividades específicas, sino que abrieron en horarios extendidos o el día lunes (en que comúnmente los museos cierran) para invitar al público a ver su oferta de exposiciones temporales y permanentes. Algunos museos se suman a la celebración con horarios y descuentos especiales, o con una oferta en lunes de sus actividades cotidianas. No todos decidieron destinar esfuerzos y recursos a una actividad encaminada a cumplir con el tema de la conmemoración, pues no está en sus posibilidades.

¿Cuáles son (o deberían de ser) los objetivos y metas que debe cumplir la celebración en nuestro país?

Me atrevo a pensar que, más que una vocación específica de la celebración en nuestro marco nacional, el DIM es una oportunidad para reflexionar globalmente sobre el tema propuesto cada año. Las acciones en particular, así como la localización de problemas en concreto, son competencia de cada recinto y de cómo cada museo propone a sus públicos entablar el trabajo de reflexión. Por ello, no pensaría en objetivos específicos a nivel nacional, sino en propuestas concretas de cara a nuestras realidades, a partir de la propuesta general.

___

Las tres historias
___



El Museo del Retrato Hablado: una charla con Sergio Jaubert

Texto y Fotos: César Palma


Sergio Jaubert en la entrada del museo.


Reza la palabra “museo”con letras amarillas, hechas a mano, sobre la puerta 1502. Para llegar es necesario subir hasta el piso quince del edificio Versalles –ubicado en avenida Universidad 1330–, una construcción de pasillos forrados de madera, apenas iluminados por focos de poco wataje. Pero una vez dentro del museo un ventanal ilumina todo el trabajo abierto al público. Es la vida y obra de Sergio Jaubert, quien dice ser el “inventor del retrato hablado”; la primera persona en delinear a mano el rostro de un asesino: el de un hombre que había herido de muerte al señor Natán, “un polaco que tenía una tienda en el centro”.

Jaubert recibe a las visitas de manera personal. Antes de acercarse al museo es necesario acordar una cita por teléfono, pues el espacio es pequeño: un apartamento de tres habitaciones y una sección amplia donde reposan retratos elaborados con diferentes técnicas y materiales. Las paredes están atiborradas con imágenes de animales e ilustraciones de stock. En la misma habitación hay un espacio dedicado a las butacas donde los estudiantes de Sergio Jaubert toman algunas lecciones de “fisonomismo”, una disciplina orientada “al estudio del comportamiento humano”, asegura Jaubert, un hombre cordial, alto hasta casi llegar a los límites de la puerta, delgado, pero con una barriga abultada en el centro de su torso. Sus manos pueden verse frágiles por la edad, con las venas saludando la superficie del cuerpo y arrugas fácilmente visibles. Las facciones de su rostro aparecen afiladas, formadas por ángulos rectos que acentúan la extensión de su nariz, de sus pómulos y las sienes. Una serie de elementos que, según él, considera indicios de la personalidad y del futuro de un individuo; tesis que lo ha llevado a la fama y por la cual es consultado a menudo por diarios de circulación nacional, sobre todo en temas relacionados a la farándula.

El escritorio de Jaubert.


Me invita a tomar asiento. Se coloca de espaldas al ventanal y de frente a una gran mesa de madera. El contraluz me impide ver con nitidez su rostro, pero escucho muy bien su voz: pausada, grave, con el timbre característico de quien ha sido alcanzado por la vejez.

Sobre la mesa reposan varios elementos: una fotografía donde tres personas están al aire libre, entre el pasto y árboles; una tabla porta hojas con frases y pensamientos que registra Jaubert cuando le vienen a la mente; galletas de canela; una computadora junto a una serie de impresiones, las cuales serán las portadas de su nuevo libro que un alumno suyo edita mientras la entrevista transcurre:

— ¿Cuándo inicia el museo?

Jaubert me mira relajado, plácidamente sentado en su silla. Mira directamente a mis ojos.

— Es como si me preguntas mi edad, te digo que cuántos años tengo: ninguno.

No entiendo la respuesta.

— ¿Por qué?

— Ya pasaron. Lo que ya pasó no existe. Ni siquiera un minuto se puede recuperar.

Asiento e insisto nuevamente para obtener el dato que me propuse en mi primera pregunta

— Pero, ¿recuerda alguna fecha en la que concibió la idea de hacer público su trabajo?

— Está mejor la pregunta. Porque, ¿cuántos años tengo? Los que me quedan por vivir, también tú tienes los que te quedan de vida. Son los únicos. Resulta que te puedes morir en cualquier momento. Pero bueno… volviendo al tema. Yo, por razones obvias, no me doy a conocer como Museo del Retrato Hablado porque, no sé si te has dado cuenta, hay cierta violencia, y porque los delincuentes son susceptibles, matan por cualquier cosa. Entonces yo no le hago publicidad a la criminología, ni al crimen, ni a nada de eso. Es un museo de la conducta, en donde la analizamos y damos conferencias.

Después de unos instantes, y de apenas unas pocas preguntas, voy perdiendo el hilo de la entrevista. Mi incapacidad para regresar al tema se va haciendo evidente. Jaubert continúa tejiendo su discurso entre distintos caminos y temáticas: el suicidio de las enfermeras con veneno para rata, la vocación de los médicos y los funerales… No quiero interrumpirlo y continúa hablando en una charla desarticulada, con reflexiones sobre la muerte y chistes al final de cada oración. Pronto se nota que es un hombre experimentado en la charla, que se siente cómodo ante los micrófonos o las cámaras. Después de algunos saltos más entre tema y tema, y transcurridos ocho minutos, Jaubert regresa al punto de mi entrevista (el museo y la obra expuesta), no sin antes comentar que escribe poesía.

─Ahora que hablamos de arte, ¿un retrato hablado puede ser una obra de arte?

A la izquierda de Sergio Jaubert hay una serie de rostros, de hombres con rasgos aumentados, fuera de proporciones reales. Caricaturas de “personas reales”. Rostros que cuentan una historia, producto de la sociedad en la que vivimos, explica.

─Muy buena forma de abordar un tema difícil. De hecho no es hablado, porque hablado es oral. Cuando hice el primer retrato hablado no hallábamos cómo bautizarlo. “¿Cómo lo hizo?”, dicen los periodistas, “es que se lo dijo el muerto”. Sí hablan los muertos, pero este muerto no me dijo nada. Se lo habló, es hablado, si es hablado, qué es, cómo le ponemos. Y ahí nace por primera vez el término “retrato hablado”.

─¿De quién fue el primer retrato hablado?

─Fue de un señor que se llamaba Natán, que era un polaco que tenía una tienda en el centro. Ahí lo mataron, junto con su esposa. Lo habían herido de muerte. En un hospital, ya muriéndose, le dije: “señor Natán, por favor, no se muera”. Un hombre puede retardar su muerte o acelerarla a voluntad. Claro, siempre y cuando no te haya pasado una aplanadora por encima.


En el Museo del Retrato Hablado hay una serie de imágenes de animales y de personas. Van recuperando sentido cuando Jaubert explica de dónde surge el estudio del rostro, columna vertebral de su trayectoria. Cuenta que cuando era pequeño pastoreaba ovejas, en ellas notaba la expresión de angustia antes de ser sacrificadas para la barbacoa. Es lo mismo con los humanos, todos las personas saben que van a morir, en ellas se comienza a manifestar una tristeza inmensa, lloran o se angustian, afirma.

─¿Quienes han visitado este museo?

─Han venido gentes muy importantes. Han venido embajadores, artistas famosos, gente que ama el arte, la cultura. Vienen grupos que no caben. Piensan que van a llegar a Antropología o Bellas Artes, pero estamos un poco más modestos.

─¿Cuál es la reacción de la gente que viene al museo?

─Según su grado de sensibilidad.

─Hemos hablado de la muerte de personas frente a fenómenos naturales o accidentes, pero cuando son motivaciones puramente humanas, como la violencia que es vivida en el país, ¿se pudo haber evitado?

─Sí, pero son otros científicos los que le sigan. Yo nada más sé cuando una persona va a morir. Pero no nada más yo, él también lo sabe.

Señala al editor del libro.

Parte del Museo del Retrato Hablado.


Jaubert se extiende durante varios minutos más hablando de música, el tiempo, la vida, todas respuestas que emulan al stream consciousness de la literatura de Joyce, pensamientos desbordándose uno tras otro sin aparente orden, como el museo que se supone es este apartamento. Me muestra algunos cuadros pintados con acuarelas, más pensamientos, más papeles.

Me invita a estudiar con él.

─No manejes mucho que soy criminólogo, que hago retratos hablados, ya ni los hago. Porque los delincuentes son muy especiales, pueden pensar que soy un riesgo para que los identifiquen. Y yo ya me retiré de eso desde hace muchos años.

Me insiste en que promocione de manera positiva el museo, que es increíble, interesante. Muy amable me acompaña hasta la puerta. Al fondo, entre el intercambio de palabras de despedida, el hombre que edita el libro dice:

─Por fin van a conocer el museo.


Derretir bajo la sombra

[Texto y Fotos: Samuel Segura]


Entrada al Museo de Figuras de Cera.

A un lado de dos establecimientos donde venden caldos de gallina, en el número 880 de la Calzada de los Misterios, apenas y resalta su fachada azul. Ahí dentro, junto a la figura de un jorobado al que la gente que pasa no sabe a bien de quién se trata, frente a la majestuosidad de la Basílica de Guadalupe, está la pequeña recepción. Dos mujeres observan la calle asoleada, por donde algunos transeúntes cuya piel soporta los rayos solares apenas y asoman y leen “Museo de figuras de Cera”.

El costo del boleto, como un letrero señala con claridad, es de 10 pesos para los adultos y seis para los niños. Saco una moneda de mi bolsillo y se la entrego a una de las mujeres. Recibo un pequeño pedazo de papel con la leyenda “Museo de Cera. Misterios. Adulto $10.00”. Las mujeres conversan algo y no me dicen nada por pasar con un yogurt bebible en la mano. Cruzo así el par de cortinas guinda que resguardan la visibilidad y la sorpresa a este recinto y es que descubro el largo pasillo iluminado por una luz amarilla, como el color de las paredes y los pisos y los techos. Postradas en la pared, dentro de enormes vitrinas, unos cuadros con marco guinda como el de las cortinas previas, allí se resguardan las figuras de cera. Una pareja entra segundos después de mí y observa la primera con rapidez: se trata de una mujer de semblante desconsolado, con sus hijos a cuestas. La joven le dice a su novio que ya le dio miedo, que esas figuras que jamás han de derretirse bajo la sombra perpetua en la que viven siempre le han aterrado. Ríen y ella casi llora, pero continúan el paraje donde hay un hombre hincado rezándole a Cristo y la imagen de dos héroes de la Revolución. Unos letreros construidos en algún año lejano apenas ofrecen información de sus nombres. Aunque justo eso, la información o la unidad temática, sea lo menos importante. Así pues, uno cruza el primer pasillo que resguarda tres figuras, tres vitrinas en su pared izquierda, y al final de éste uno cruza unas escaleras al segundo piso, donde la historia se repite: un largo pasillo con luces y paredes amarillas con tres vitrinas en la pared izquierda en donde se guarecen personajes de la historia mexicana, del cine, del habla popular y desde luego la virgen de Guadalupe, dando un total de tres pasillos: el primero, el que sube y el que baja y conduce a la salida. Si no es porque tomé algunas fotos, el recorrido, como el de las otras cinco o seis personas que pasaron junto a mí además de la pareja, habría sido realmente breve, para culminar, al salir, nuevamente en la entrada, donde están el jorobado y la recepción, donde por cierto ya hay dos personas distintas.

A una de ellas, a una mujer, le pregunto si acaso podría contarme algo de la historia de este recinto. Me dice que ella no sabe gran cosa, que lleva poco tiempo trabajando ahí (cuando le pregunto qué tan poco no me sabe decir), que le hablará “a un chavo” para que él me cuente. Que se trata del encargado.

Daniel Neira, dibujante de 25 años, se presenta a mí con una amable sonrisa, y sin problema alguno conversamos en la pequeña recepción. Así es que me cuenta que este museo de figuras de cera primero se albergaba en el cerro que tenemos frente a nosotros, pero que justo donde estamos se encuentra desde 1956. Sin embargo, la placa que está junto al jorobado, la de “Control de uso y ocupación de inmuebles” del entonces DDF (Departamento del Distrito Federal) consta su licencia de construcción el 22 de septiembre de 1962. Daniel me cuenta también que ese recinto lo fundó su bisabuela, doña Dilea Castillo, quien en su juventud realizaba pequeñas figuras de cera en su natal Michoacán, y que su esposo hacía maniquíes. “Entonces juntaron sus esfuerzos”, me dice, y fundaron en algún año remoto, quizá en los años treinta, dice, un primer museo de cera sobre la calle de Argentina, en el número 21, en el centro de esta ciudad de México. Es así que Daniel me cuenta que la finalidad de este recinto no es instruir a la gente sobre ningún tema, que su finalidad es sorprenderla mediante “el hiperrealismo” de las figuras que uno de sus hermanos restaura (Sifrido Neira, escultor), que este museo es sólo un sitio de entretenimiento al que asisten muy pocas personas entre semana (quince a lo mucho, dice) y unas pocas más los fines. Que lo atienden entre, aproximadamente, ocho familiares (residentes en Peralvillo, no muy lejos de donde estamos), que no recibe ningún tipo de subsidio gubernamental ni de institución cultural alguna (Daniel ignora cómo es que entonces sobreviven las finanzas del lugar) y que desde luego nada tienen que ver con el Museo de Cera de la calle Londres en la delegación Cuauhtémoc y que no, no fueron incluídos en ninguna actividad referente al Día Internacional de los Museos, como nunca lo han sido en su larga existencia.

Acaso Daniel me cuenta que lo más extraordinario que ha pasado ahí es que, dicen, se “mueven” las figuras en la noche, que se miran sombras, o que ahí ronda, como decía su abuelo en broma, “el espíritu de Pancho Villa”, personaje del cual tienen su figura en esta casa que sí, más bien, asemeja una casa del terror.



Pasar a mirar, a interactuar el underground

[Texto y Fotos: Lizbeth Hernández]


Un grupo de personas escucha atento:

“Los que siempre estamos en las calles viviendo y sintiendo somos nosotros, por eso es una gran oportunidad venir del underground y presentarnos aquí en el Chopo. No es fácil, nos ha costado casi siete años”.

Escuchan a Los cogelones.

Quien habla es Víctor, el guitarrista y vocalista de la banda:

“Ninguno de nosotros estudiamos música, la aprendimos con el compa que tocaba en la calle. Lo que nosotros decimos en nuestra música son esas vivencias y proponemos una manera nueva de empezar a hacer algo. Los cogelones buscamos provocar, por eso nos ponemos Los cogelones.”

Es domingo 17 de mayo. El día está gris. En el museo del Chopo está por concluir la jornada de actividades organizadas con motivo del Día Internacional de los Museos 2015. El grupo de personas está afuera, a un costado del edificio. Siete mesitas están repartidas en este espacio. En la mayoría de ellas hay fanzines y discos. Toda esta tarde ha habido muestra y trueque de estas publicaciones.

Los cogelones, banda de “rock mexica experimental”, presenta su disco Olvida todo y vuelve a empezar. A un costado de ellos, en la misma mesa, está Magui y sus anginas, que hace lo propio. Ambas agrupaciones son de Nezahualcóyotl.

Víctor vuelve a intervenir:

“Los cogelones no tiene que ver con meter una pistola en una vagina, tiene que ver con la unidad, con juntarnos”.

Diálogo en el Museo del Chopo.


Fue en 1979, cuatro años después de su rescate, cuando el Museo Universitario del Chopo convocó al Primer Concurso de Composición “El Rock del Chopo”. Eso marcó la pauta para que se convirtiera en un espacio plural que se ha forjado, sobre todo a partir de 2012, como un lugar abierto para escenas subterráneas, un recinto en el que se llevan a cabo actividades como el FIC Gay de la UNAM.

Damián, voz de Magui y sus anginas, toma la palabra, invita a que se conozca y se apoye a las bandas independientes:

“Lo único que pedimos es apoyo comprando nuestro disco”.

Damián dice que el país está de la chingada: “igual y orita unos güeyes, unos policías, le están dando en la madre a alguien”, pero el que haya momentos, como este, en que se dialoga tranquilamente, “es una victoria”, dice.

El moderador pide a los presentes que participen y pregunten lo que deseen. Un hombre pide la palabra, coincide con lo expresado por Los cogelones, para él es tiempo de preguntarse “¿hasta qué punto queremos tener incidencia [como movimiento underground]?”, inmediatamente él mismo afirma: “yo pienso que es tiempo de dar la cara”.

Una mujer también toma el micrófono, cuenta que estuvo con los zapatistas, por ello cree en la acción comunitaria, algo que, piensa, puede empezar con una plática como la de esta tarde:

“Hagamos comunidad y organicémonos”.

La mujer quiere escuchar a las bandas. Los presentes respaldan. Personal del Museo propone que toquen tres canciones en acústico. La mujer bromea: “ya salió el toquín, ahora armemos la vaquita para las chelas”.

Risas.

El ambiente en ese espacio es de camaradería. Los cogelones y Magui y sus anginas invitan a conocer los pequeños proyectos: fanzines, bandas de rock, lo que sea que represente una alternativa, salir, ir más allá del museo. Se necesita unidad, dicen.

Termina la presentación.

Las personas se mueven. Se acercan. Pasan de mirar a interactuar.