Eusebio Ruvalcaba. Foto: Perla Miranda.

Eusebio, solo te queremos decir…


El verdadero dolor es fácil de reconocerse

Samuel Segura

¿Ya supiste lo de Eusebio?, me dijo. No sabía, pero después de preguntarle qué había pasado le comenté que justo estaba pensando en él. Por cosas pendientes [malditos pendientes] y por otras que aquí no vienen a cuento, pero tenía muchas ganas de verlo, le dije. De cualquier modo, pensé, siempre estoy pensando en él. Entonces volví a leer la situación en la que se encontraba [en la que aún se encuentra]: hospitalizado, grave. Y luego ya no pude hacer lo que estaba haciendo, y ya no pude sentir el dolorcito que estaba sintiendo, y la imagen de mi maestro y amigo me acaparó todo. Me paralicé frente al escritorio unos minutos. Luego vino algo, no sé, una calma. En fin, hoy estoy un poco más tranquilo [hoy Eusebio está un poco mejor] y me animo a redactar estas letras siempre insuficientes, burdas, ingenuas, como agradecimiento, como tributo, como apoyo, como catarsis, como lo que sea; redacto un pinche párrafo para un hombre que ha entregado su vida a la escritura como nadie que yo conozca… [no debería de escribir nada, tú mejor que nadie sabes de la inutilidad de las palabras; sin embargo ahora tomo un libro tuyo y te leo, te escucho y, como siempre, me consuelo]. Profe, esto si quiero decirte: siempre, bajo cualquier circunstancia, te estaré agradecido por tu inmensa generosidad, por darme la oportunidad de aprenderte, de conocerte; por compartir tu trabajo, por compartirlo en este espacio, por compartirlo con tanta gente… Yo solo deseo [como cada uno de los muchos amigos, hermanos, alumnos, que tienes] que te recuperes y podamos conversar pronto. Profe, sobre todo te agradezco la sacudida: uno suele perder el tiempo en pendejadas sin importancia, pero cuando el verdadero dolor llega es fácil de reconocerse: se lleva todo a su paso para dejar, sí, solo quietud.


Imperturbable

Lizbeth Hernández

A veces pienso en aquellas personas que leo o escucho como seres que están en un mundo paralelo e imperturbable aunque sus escritos o letras hablen de todo lo contrario. A veces encuentro refugio en ese mundo paralelo que habitan y al que accedo a través de un libro o de unos audífonos. Paseo con ellas, con ellos, con los personajes que me presentan, y encuentro en sus palabras la frase que describe aquello que siento o pienso: lo que me alegra, aterra o conmueve. Quizá por eso cuando la otra realidad en que coexistimos irrumpe, me sacudo. No sé qué decir. Así me pasó cuando supe que tú, Eusebio, estabas en el hospital, grave. De golpe me acordé de algunas escenas sueltas de tus novelas y relatos, de golpe pensé en las veces que hemos coincidido y de lo que eres como escritor, como colaborador, como hombre, para el equipo de la Kaja: un ejemplo de lo que es entregar la vida a la escritura. Ahora sé [gracias a Sam] que estás mejor, Eusebio. Y espero verte recuperado. Quizá para decirte: gracias. Quizá para no decirte nada y solo tomar uno de tus libros y encontrarme con el mundo que has creado con tu literatura, un mundo que es temblor imperturbable.


A Eusebio

César Palma

Bueno, Eusebio, sé que escribes cartas. Recuerdo muy bien una que le remitiste a Johannes Brahms, y en ese mismo formato quiero compartirte algunos asuntos que creo son pertinentes ahora que tu salud se tambalea. Porque lo que creaste sigue firme.

No conozco mucho de tu obra, ni siquiera la novela que te puso en la tarima de los escritores conocidos, de la que se hizo una película y hubo una polémica de censura [Un hilito de sangre]. Pero sé quien eres gracias a mis compañeros de Kaja, quienes hablaban de ti como un erudito, un maestro de la escritura. Y lo confirmé, a través de tu blog, en esas pequeñitas entradas sobre la vida diaria. Un ejemplo digno de blog. Me suscribí a él y las alertas de actualización caían periódicamente, confirmando el rigor, disciplina y pasión que tienes por tu oficio. Ahí encontré de todo y un poco de ti: una especie de mosaico literario que fue configurando un Eusebio para mí.

Contigo supe que para escribir uno puede valerse de todo: de la miseria, del aburrimiento; también del amor, de la desgracia, de un desayuno, una cena o lo que sea. Eso: la simpleza y la poética de la vida cotidiana refrendaron los dichos que escuché sobre ti: una persona sencilla, generosa y divertida. ¿Quién podría hacer literatura de la monotonía o de un desconocido? ¿O quién consolidado escribe tanto y distribuye gratis en la red?

En cambio –y así fue mi segundo acercamiento contigo– te conocí en tus talleres. Fui a dos sesiones por invitación de Samuel. Y desde la primera vez me pareciste un Sócrates, tanto por la barba como por la mayéutica que ahí se desarrollaba: todos sentados alrededor de ti y esperando cachar alguna revelación personal o para el bien escribir. En las dos ocasiones que asistí pude observar que para todos esos gustosos escritores que acudían [¡cada fin de semana!] ejercías un fuerza magnética formidable. Supe que eso era más que un taller: era un club de amigos que tejió una red donde tu fuiste el gran nodo. Y que tus conexiones no se limitaban a escritores, sino a relacionarte con personas de todo tipo: gente de calle, de la música; jóvenes, viejos, adultos y necios.

Así comprobé que tu vida y tus palabras son una misma cosa: escribes lo que ves, sientes y vives en general, a solas y con las personas que te rodean. Lo cual explica una de las afirmaciones que siempre hice sobre ti: me gusta cómo escribe porque es un tipo honesto, se siente en sus palabras. Y la honestidad creo que es algo que nunca sobra en este mundo.


Tu tersa alma

Xochiketzalli Rosas

Recuerdo con exactitud las horas que me abrazaste con tus letras, querido Eusebio; no sólo por el ardor interno que experimenté con cada una de tus frases, también porque aquellos días en que no pude despegarme de Desde la tersa noche, la primera novela tuya que leí, comprendí un poco más ti: del hombre, del amante, del escritor, del padre. Por eso agradezco haber tenido la fortuna de que fueras mi profesor, eso es invaluable. Siempre te estaré agradecida por la luz que me has dado cuando he acudido a tus letras en búsqueda de explicaciones, sobre todo eso de lo que escribes desde el estremecimiento de la entraña; te estaré agradecida por las veces en que charlaste conmigo y cómo con tu mirada profunda me lanzaste las respuestas certeras a mis preguntas curiosas, incisivas. Por eso hoy te escribo, para agradecerte el cariño, también por los textos que amablemente nos has compartido para la Kaja. Hoy te escribo porque siempre he creído que cuando uno escribe lo hace con una intención, con un deseo, dirigido a quien se le envía lo escrito; y yo hoy quiero tocar tu tersa alma con estas breves líneas, porque sé que algo que te mantiene vivo es la escritura: impecable, indomable, propia de un gran lector. Léenos, querido Eusebio, y descubre la sacudida del cariño que te tenemos quienes te conocemos.