JuanGa entre nosotros

[Texto y fotos: Lizbeth Hernández]

— No vayas a llorar, Martha — dice una mujer frente a mí.

— No — responde y une su voz a la de otras personas aglutinadas en el paseo de las esculturas en la Plaza Garibaldi.

Es domingo por la noche. En la explanada principal los mariachis trabajan como de costumbre. Algunos se mueven hacia Eje Central para ofrecer su música, mientras trabajadores de los bares de la zona extienden la mano para invitar a los transeúntes a ingresar a sus negocios. Todo parece habitual, pero hay algo distinto.

Juan Gabriel murió la mañana de este 28 de agosto en Santa Mónica, California, y cientos de personas se han congregado de manera improvisada en este punto de la Ciudad de México para despedirlo. Los mariachis iniciaron el homenaje espontáneo poco después de las ocho de la noche, y para esta hora [cerca de las once], son mujeres, hombres, niños, familias, grupos de amigos y parejas quienes rodean la estatua del compositor y cantante que se encuentra en esta explanada. Colocan flores y veladoras a los pies del monumento que está junto al de Pedro Infante. Hay quienes le dan un trago a su lata de cerveza antes de cantar más fuerte. «Este es un lugar de ambiente / donde todo es diferente/ donde siempre alegremente bailarás toda la noche…»

Camino hacia el costado izquierdo de la estatua de JuanGa.

— No vayas a llorar, Martha — dice una mujer frente a mí.

— No — responde y abraza a la niña que tiene a su lado.

Por momentos la gente se apretuja intentando estar más cerca de la figura de Juan Gabriel. Suenan aplausos, porras. Luces de celulares encendidos para capturar el momento. Gritos, risas. Gargantas liberadas. De entre las voces destaca la de un hombre que viste un chaleco amarillo con lentejuela. Un hombre que me hace pensar por un breve momento que JuanGa está ahí, apretujado, entre esa suma de alientos, entre nosotros.

Juan Gabriel fue para mí, como para tantas otras personas en México, un personaje cotidiano. Son numerosas las escenas de mi vida en que las canciones compuestas por Alberto Aguilera Valadez, quien aprendió [d]el amor con sus amigos gay y con las prostitutas en Ciudad Juárez, han estado de fondo. Detalles de su historia [plagada de tragedia y éxito] los conocemos casi como si se tratara de un familiar. ¿Cuántos no vimos con entusiasmo la serie Hasta que te conocí?

No recuerdo cuál fue la primera canción de Juan Gabriel que me atrapó. Sí recuerdo los días en que empezó a tener otra relevancia en mi vida. Todo fue por M., quien ponía sus canciones cuando estaba alegre, cuando estaba triste, para pasar el rato. Me gustaba ver a M. bailar. M. vivió un tiempo en la casa de mi familia. M. era joven, yo una niña. M. era homosexual. M. era mi primo. Cuando M. murió, de algún modo repartí parte de sus recuerdos en canciones de JuanGa.

Garibaldi es un lugar de ambiente. Al monumento dedicado a Juan Gabriel se acercan mariachis que tocan algunas canciones y luego se alejan. Una mujer incluso coloca en los pies de la estatua una pequeña bocina para que el ánimo no decaiga. Y si no se alcanza a escuchar se sigue a capela.

Tras la muerte de Juan Gabriel sigue también pensar en lo que significó su música, su figura dentro de la cultura popular. Ya lo han dicho: el cantautor fue «artífice de la sensibilidad latinoamericana». Hay canciones suyas para toda ocasión. Juan Gabriel es tan querido como tan usado para gastar bromas y crear memes. Tampoco escapa a los contrastes, más si se mira su relación con el priismo.

«Un ídolo es un convenio multigeneracional», escribió el cronista y ensayista Carlos Monsiváis en Escenas de pudor y liviandad, al hablar de Juan Gabriel. El traductor y editor Víctor Altamirano apuntó en un artículo publicado en Horizontal que «la gran conquista de la poética de Juan Gabriel reside precisamente ahí, en haber derrocado formas totémicas del sentimiento en favor de una escuela de la marginalidad».

¿Se le puede descifrar completamente? Catalina Ruiz-Navarro, periodista y columnista, tuiteó que ha sido «El mejor modelo de masculinidad que han tenido los mexicanos».

Pero en Garibaldi esta noche no se analiza, se siente. Se canta.

La noche avanza mientras personas de distintos puntos de la Ciudad de México, del país, conviven. Camino por el paseo de las esculturas. Veo a punks, lesboterroristas [lo leo en el chaleco de una de ellas], metaleros, hombres de traje, niños que juegan inquietos, parejas que se toman de las manos, personas con cabello cano, en silla de ruedas. Las arengas «¡Viva Juan Gabriel!», «¡Sin maricones, no hay revoluciones!», se intercalan con un «pero coordínense, ¡chingá!», para que se cante parejo «Así fue».

Las gargantas no descansan. El tufo de la noche, de los cuerpos, se impregna en mi nariz cuando decido alejarme.

Martha no lloró.