Confesión

No me considero la persona más celosa del mundo, o al menos no me consideraba como tal hace unos días atrás. Sin embargo, algunas cosas cambian y con el paso del tiempo he descubierto que quizás siento más celos de lo que me gustaría reconocer.

Por ejemplo:

Siento celos del viento que sopla y se enreda en su cabello, ese que con su suave brisa lo despeina y alborota.

Siento celos del sol que puede verlo despertar cada mañana, ese que alumbra sus días y que con sus tenues rayos acaricia su piel.

Siento celos de la lluvia que cae de vez en cuando, esa que, juguetona, resbala por sus mejillas y hasta puede acercarse a sus labios.

Siento celos del árbol que con su sombra lo abriga, que con sus ramas roza su cara, ese que le brinda refugio.

Siento celos de la hierba en la que se recuesta a descansar, la misma que refresca su camino y le brinda reposo, quietud.

Siento celos del firmamento que, imponente, se alza en lo alto y puede seguir cada uno de sus pasos, presenciar cada instante de su día.

Siento celos de las estrellas que acompañan sus noches y velan su sueño, y de la luna que, sigilosa, atraviesa su ventana para iluminar su rostro, ese rostro.

Siento celos de cada partícula que lo rodea, que puede estar cerca de él cuando yo lo único que puedo hacer es añorar su presencia y consolarme al pensar que, al menos, contemplamos el mismo cielo.