Toby

Paséabamos por el centro de Pontevedra. Las calles estaban abarrotadas y todo estaba impregnado de un olor viciado y húmedo. Las calles, el cielo y la gente se hallaban envueltas en un aura oscura y algunos sólo parecían sombras. En un momento dado, yo cogía el móvil y me despistaba de ti, y tú de mí. Voy a encontrarme con madre cuando, al levantar la vista de esa estúpida pantalla, siento que no vienes conmigo. Me invade el pánico. Me tiro de los pelos y empiezo a insultarme: “¡Pero cómo has podido olvidarle, estúpida! ¡Cómo, miserable, cómo!” 
 Recuerdo, mientras echo a correr, que esta ya no es la primera ni la segunda vez que ocurre y que quizá las leyes azarosas o ese ente incognoscible no espere a una tercera vez para cederme la oportunidad de volver a encontrarte. Pero corro, corro y corro sintiendo en mi cabeza el retumbar de los talones impactando contra el asfalto. Paro de golpe en la calle transitada de las tiendas. Me absorbe una corriente de gente que camina y habla ajena a todo lo que al lado se les presenta. Me quedo postrada en medio de la avenida mientras me rodean pedazos de conversaciones; bloqueada, entre las idas y venidas de todas esas personas ajenas que parecían caminar como autómatas. Pero cada vez hay más oscuridad y se hace más difícil distinguir siquiera las facciones. 
 Entre la corriente, me encuentro a dos chicas conocidas que me saludan y me retiro con una sonrisa nerviosa bruscamente mientras me piden animosamente que me que quede con ellas. Acto seguido, tras casi mi huida, me encuentro a otro muchacho que decide ayudarme tras mostrarse preocupado y decirle lo que ocurre. Asustada por la orda de personas, me giro desesperadamente al darme cuenta de que cada vez que pasa el tiempo la negrura se hace más intensa. Voy en busca de las chicas para pedirles ayuda; les digo, al borde de la desesperación y con respiración entrecortada, que te he perdido, y necesito encontrarte. Sonríen de forma burlesca y me dicen con total seguridad: “No”, a lo que contesto con nerviosismo: “Entonces creo que no os conozco de nada”. 
 Corriendo como si no hubiese un mañana vuelvo a la Herrería y las escalinatas que hay subiendo hacia la iglesia estaban en el centro, donde está la fuente. Unas escalinatas inmensas ocupadas de gente vestida de negro de la cabeza a los pies, sentada pero erguida, escuchando una suave música clásica interpretada por unos músicos trajeados que me eran imposibles depercibir. Me doy cuenta de lo surrealista de este nuevo mapa que se ha hecho de la ciudad, pero no pienso más en ello. Una ansiedad creciente se apodera cada vez más de mi juicio.
 No te veo. Algo de mí me dice que te perdí en ese punto, que estás cerca, pero no te veo. Ya no sé si confundo la esperanza con la realidad. Te grito en el centro de la escalinata desesperadamente. El muchacho que quiso acompañarme me mira asustado, apenado y avergonzado al mismo tiempo mientras pone sus manos en mis hombros a modo de apoyo moral. La gente se giraba para mirarme con gesto de indignación, porque no les dejo escuchar. Sin embargo, no todos, y casi ninguno se alarmó. Parecían zombis, sin alma. No desprendían un sosiego onírico, sino una desgarradora quietud, pasiva, propia del que desconoce un sentimiento. 
 Sigo gritando y me quedo sin voz, lloro y me caigo al suelo, desesperada, sintiendo que me falta medio cuerpo, como una madre que pierde aquello que tuvo dentro de sí; como el que sabe que el detonador va a dar su fin y perderá la vida por completo. Parpadeo desganada esperando que todo sea un mal sueño, que volverá el color de la vida, tratando de reconocer algo de mí en el ambiente. Quiero entonces, buscando comprensión, escuchar la música, y hasta ahora no me percato de que no suena: los músicos tocaban el silencio. La gente los estaba mirando sin ver. Y ellos tocaban con calma, frotando los violonchelos como si sólo ellos pudiesen hacerlos hablar. Pero no sonaba nada. Me asusto. Pero ya no me reconozco cercana a esos oyentes, a ningún habitante, y el susto dura poco. Los siento como si fuesen robots. Sentía que la humanidad había desaparecido y estaba luchando a contrarreloj para escapar de allí, o estaría atrapada para siempre en ese mundo aciago. 
Vuelvo a levantarme, horrorizada por el futuro, sin ya siquiera diferenciar el suelo, hasta que por la calle de los arcos distingo algo grisáceo entre la negrura que corretea calle abajo desesperadamente. Grito, grito y grito. Bajo las escalinatas y sigo clamando tu nombre. Viene un ser difuso corriendo nervioso y desorientado a tal velocidad que sólo deja una luz centelleante a su paso, me agacho para distinguirlo y le sigo gritando: “¡Aquí, aquí, aquí!” Se gira corriendo.
 Me ves. Te veo. Mi corazón vuelve al sitio y lo siento girar para recolocarse. Te abro los brazos, corres hacia mí, te recojo, me lames las lágrimas efusivamente, y lloro desconsolada mientras sonrío de dolor. 
El momento en que te cogí entre mis brazos recuperé el sentido de mi cuerpo, sentí un escalofrío y un impacto profundo que me devolvió la respiración y cada uno de lo sentidos. Sentí el enorme impulso de ser devuelta a la vida tras una reanimación. Esa veloz reincorporación cogiendo la bocanada de aire de la vida... Ya respiro. Mi existencia había recobrado sentido y el mundo todavía merecía una segunda oportunidad. Ya no sobrevivo. Ya no estaba sola y fría. Ya vivo.
 Desconozco lo que pasa a mi alrededor y sólo estamos iluminados nosotros. Parecíamos un holograma, una imagen proyectada a punto de desvanecerse. Darme cuenta de esto me devino en ansiedad. Te abracé con todas las fuerzas, con todo mi ser. Sentí mi corazón engrandecerse con dolor. Te cogí la cabecita y te di besos hundiendo mi nariz en tu pelo, para recuperar tu olor en mis recuerdos. Cada vez nos movemos más a cámara lenta, nuestra imagen va desapareciendo de ese mundo. Y empieza a sonar Ekki Múkk. Estábamos fuera del mundo, pero proyectados en él. Siento el final, pero tu efusividad no se acababa. “No te vayas nunca”, rezaba. Rogaba. Imploraba.

Abro los ojos y… ya sabes lo que ha venido después.

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