Siete

El día, amarrete de luz, se consumió hundiéndose en la noche. Miró el reloj de la computadora: 18.47, levantó la vista y las luces se apagaron. Se apuró a cerrar todo y preguntó. 
- Che, ¿Se van todos?
Repitió más alto.
- Che!, ¿Hay que cerrar?

Echó la silla hacia atrás, se paró y trotó ocho metros hasta la primera puerta, miró a la izquierda: la oficina contigua estaba a oscuras. Giró rápido a la derecha y comenzó a apagar las luces, atravesó ambas oficinas y llegó desencajado a la recepción apenas iluminada.

-La reputa madre, se fueron boludo, se fueron, se recriminó. Dejó sus cosas manoteadas de apuro en un escritorio blanco, y en silencio recordó que dejó un paraguas prestado, y debía desandar el camino.

Con la pobre luz de la recepción y la vista entrenada llegó a su escritorio, tomó el paraguas y repitió el trayecto, ahora hacia la salida. Ahí lo esperaba el cancerbero de su desgracia: “el último activa la alarma”, se dio cuenta al abrir la puerta. Nunca había sido el último, y allí, parado solo bajo el cartel “salida” entendió que la seguridad de la empresa por esa noche estaba en sus manos. O mejor, en su memoria.

La idea cruzó sus pensamiento como una sombra “o ponés la alarma o dormís en la la alfombra con los ácaros”, el plan más infeliz de un asalariado. Anduvo las arterias menos transitadas de su cerebro buscando la secuencia, el puto número que lo cruzara de la penumbra a los ascensores.

Luego de un momento todo se ordenó. “De la desesperación surge el talento”, se autocomplació nuestro hombrecito que memoró el número siete, que tenía que presionar hasta escuchar cuatro pitidos?, zumbidos? silbidos? -no sabía qué mierda de sonido saldría de esa cajita incrustada en la pared, iluminada por el miedo- pero sí que iba a saltar al pasillo como un campeón de boxeo y en esos segundos tuvo el ímpetu de un padrillo.

Como toda prueba extrema esta llevó preparación. Miró esa puerta como el diablo al exorcista. Pasó de mano varias veces la campera, el pulóver y el paraguas hasta que eligió que la izquierda tomaría el picaporte. Su postura corporal remitía a la de un boxeador zurdo que adelanta su pierna derecha para hacerse finito ante el rival. Colgó la ropa y el inútil paraguas en el pliegue de su brazo diestro apretándolo contra el pecho. Y se largó.

La decepción fue amarga cuando al buscar la caja con la mano derecha se le cayeron las cosas al piso. Saltó como un nene en un berrinche, y en ese improvisado círculo de sal que hicieron su campera, el pulóver y el paraguas, puteó, maldijo la altura de la alarma, el largo de su brazo y el viernes demorado, hasta desahogarse. Desarmó su postura sólo para enrollar su ropa y sintió el sudor molesto que le pedía la última chance.

Miró el número siete en la caja de color crudo en la pared como Tyson miró a Holyfield en noviembre del 96. Esperó que su mente se tensara como un hilo de acero y se lanzó: apretó la tecla hasta que la yema de su dedo índice dejó de recibir sangre, como para arrancar el número del teclado, igual que saltó el pedazo de oreja de Holyfield cuando Tyson lo mordió.

Escuchó un sonido corto muy agudo que lo despistó un instante, luego cuatro beeps que lo inundaron de pánico, y sin tiempo, ni aplausos ni reproches cerró la puerta y corrió a los ascensores como un polichinela, desgarbado, riendo como un delirante y con las ropas colgando. Había activado una alarma por primera vez en su vida.

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