Tabaré Vázquez en Berlín

El Frente Amplio se convirtió en el Berlín del sistema político uruguayo y eso dejó al presidente Tabaré Vázquez embretado: gobierna como él quiere a riesgo de que se construya el muro, o mantiene a la ciudad unida pero renuncia a su hoja de ruta. Sin la ventaja estratégica de la sorpresa y con una disputa interna desequilibrada, el presidente tiene tres caminos por delante.

La coexistencia entre visiones contrapuestas implica zonas grises intermedias, donde las cosas son más o menos de una forma pero los límites son difusos. La propia génesis del Frente Amplio implicó la muy sabia construcción de zonas grises entre sectores, que durante décadas permitió una difícil combinación de lealtad y flexibilidad.

Con su llegada al gobierno, el eje ya no solo fue la acumulación de fuerzas con incidencia electoral sino que también pasó a ser cómo se gobierna, hacia dónde se va. Ese no había sido un problema mayor hasta la hora de la verdad que se inició el 1° de marzo del 2005.

El nuevo escenario, en el terreno de los hechos, empezó a desvelar la existencia de dos grandes áreas de pensamiento en el propio Frente Amplio, que poco tiempo después se tradujeron en la expresión “gobierno en disputa”.

Dos miradas.

Sin perjuicio de una infinidad de matices, las dos áreas de pensamiento tienen características particulares pero, sobre todo, tienen diferencias grandes que resumo en esto: su concepción sobre el rol del Estado en la sociedad.

Uno de ambos espacios realizó un proceso de ajuste ideológico durante muchos años y hoy puede ser definido como socialdemócrata, de izquierda moderada o de centroizquierda. Sus integrantes creen en un rol muy activo del Estado pero como garante, regulador y promotor de distribución de riqueza mediante incentivos al sector privado. También consideran que: el Estado es protagonista pero no puede sacrificar libertades individuales; Uruguay debe abrirse lo más posible al mundo por su condición de país pequeño y rodeado de gigantes; hay que producir cada vez más riqueza para poder distribuirla mejor; los medios de comunicación deben tener absoluta libertad de expresión porque son un pilar del sistema democrático; las garantías jurídicas son una institución que jamás puede ser superada por las personas. Su referente es Danilo Astori. Sus sectores son el Frente Líber Seregni y una parte del Partido Socialista (una suerte de Berlín dentro de Berlín).

El otro espacio se identifica, por un lado, con los postulados de la izquierda en los tiempos de la fundación del Frente Amplio (principios de los 70) y desde hace más de una década está revitalizado por un contexto continental que le resulta favorable por el chavismo, por la asunción de líderes como Evo Morales, Lula Da Silva y Rafael Correa, y por la identificación del kirchnerismo con algunos de sus postulados. Este sector se caracteriza por concebir al Estado como un protagonista de todos los órdenes de la sociedad con un rol directriz e interventor porque a su juicio el mercado y el sector privado no resuelven los problemas de la sociedad y fomentan la explotación del hombre por el hombre. Asimismo entienden que: el Estado es protagonista y lo colectivo está por encima de lo individual; los países del mundo desarrollado operan a favor de los intereses de sus grandes empresas transnacionales que observan al país como un coto de caza y, por lo tanto, Uruguay debe aplicar políticas proteccionistas y aliarse con la región para negociar con mayor fuerza ante el resto del mundo; el foco no está en producir más riqueza sino en repartir la ya existente; los medios de comunicación deben estar regulados por el Estado porque están al servicio del interés de la sociedad; lo político puede superar a lo jurídico; la lucha de clases existe. Su referente es José Mujica. Sus sectores son el MPP, el Partido Comunista, los grupos que apoyaron la candidatura de Constanza Moreira, la lista 711, el PVP, la otra parte del Partido Socialista y, fuera de lo orgánico pero actuando de forma muy alineada, la mayor parte del movimiento sindical.

Como toda esquematización implica cortar grueso y admito las críticas por ello, pero creo que es al menos una buena aproximación a los grandes hilos conductores de ambas áreas de pensamiento.

Con el paso de los años las diferencias entre estas áreas salieron de su inicial estatus subterráneo y de intensidad controlada. Ya no es una osadía hablar de gobierno en disputa: ahora es una realidad cada vez más explícita y declarada. Son dos sectores enfrentados y en actitud beligerante. El problema es que sus diferencias –se podrá percibir- parecen ser demasiado grandes y la lógica de confrontación inició un círculo vicioso en el cual todo tiende a reafirmarse: las zonas grises van desapareciendo y quienes allí se equilibraban comienzan a definirse por uno u otro bando; las formas cada vez se cuidan menos, el enfrentamiento se hace cada vez más áspero y no hay lugar para medias tintas.

Estoy convencido de que más allá de estilos, énfasis o culturas políticas, Vázquez y el área de pensamiento liderada por Astori tienen mayor cercanía en estos asuntos fundamentales con los partidos de la oposición que con el área de pensamiento de Mujica.

Tabaré perdió una carta.

Este nuevo escenario, complicado además por un contexto económico más frío, está condicionado por un dato central: Tabaré Vázquez perdió la carta de la incertidumbre.

Recién en la segunda mitad de su primer gobierno varios –propios y ajenos- se sintieron seguros de cuál es la posición de Vázquez. Como candidato había pasado de un lado al otro del péndulo. Todos esperaron de él lo que querían esperar, pero había incertidumbre porque no formulaba pronunciamientos categóricos. Él manejó esa ventaja estratégica con maestría y nunca se jugó: mantuvo en su mano la piola tensa y todos bailaron a su ritmo.

Con el paso de los años y de los hechos, Vázquez dejó de manifiesto su afinidad con la visión del mundo y del Estado que predomina en el área de pensamiento cuyo referente es Astori. Reivindicó la institucionalidad en su fondo y en sus formas, mantuvo un trato de tolerancia y respeto con sus adversarios políticos, su relación con el chavismo y el kirchnerismo fue distante, se acercó a Estados Unidos, promovió la inversión privada y extranjera, defendió la libre expresión, etcéteras varios.

Sabedor de que era su carta ganadora, el Frente Amplio lo fue a buscar a su casa y lo apoyó luego pero era evidente que, una vez en su segundo gobierno, la realidad saldría a la superficie. El poder quiere más poder y Vázquez fue un peaje a pagar para muchos.

Ahora, el péndulo para el presidente ya es muy corto porque el partido se juega con cartas vistas; cada uno sabe de qué lado está.

Las fuerzas entre ambas áreas de pensamiento están desequilibradas; unos tienen los cargos de gobierno, pero otros tienen la fuerza política y los sindicatos. El partido ya comenzó y el resultado está a la vista.

De poco sirve analizar el conflicto de la educación de forma aislada. Es solo un capítulo de esta contienda, como lo es el TISA, como lo serán otros tantos.

Los escenarios.

Así, Vázquez se enfrenta al dilema de Berlín. Si quiere que el gobierno siga el rumbo que desea, tendrá que buscar fuerzas más allá del Frente Amplio porque allí no las tiene en cantidad suficiente y es muy difícil que las tenga. En ese caso, el muro se levantará y sus consecuencias son impredecibles porque el nivel de la confrontación se elevará.

Si, por el contrario, resuelve mantener unido al Frente Amplio y evitar que el muro se levante, resignará buena parte de sus objetivos de gobierno.

Cuando este escenario se pasa por el tamiz de la cultura política uruguaya, parece razonable esperar el camino del medio: un estudio caso a caso, batalla por batalla, paso a paso. Un Ejecutivo menos ejecutivo, a la defensiva, obligado a negociar cada decisión con una contraparte más pesada y con viento en la camiseta.

Si es así, habrá un complejo y muy tenso intercambio de figuras, un oficialismo formalmente unido, pero varios anotarán nombres en sus listas para pasar facturas el día en que cambien las condiciones.