Hombres

Hombres: no hace falta que ahora se envalentonen y se quiten la camisa y confiesen haber sido machistas y misóginos, como sacando pecho por su sexo y pidiendo tardías disculpas, cosa que no harían si no hubieran visto a tantas mujeres acusándolos de ser lo que son. No es necesario que lo hagan por un motivo: ya todos sabemos que lo son. Están haciendo el Tarantino, que no dijo nada sobre su amigo Harvey y ahora se arrepiente en público de no haber hecho nada antes, cuando de lo que debería arrepentirse o lo que debería aceptar es que nunca se iba arrepentir de nada si tantas mujeres no hubieran corrido el riesgo de hacer tantas denuncias. O sea, ahora que hay noticia, ustedes también quieren ser la noticia, incapaces de haber sido la noticia cuando la noticia era un secreto a voces o, mejor dicho, un silencio pegajoso y deliberadamente cómplice y criminal. Por eso, por cómplices y criminales y cobardes es que debemos arrepentirnos, no sólo por el machismo que, no nos engañemos, nosotros mismos ya sabíamos, sin saberlo o sabiéndolo mucho, que ya estaba ahí, no en nuestra sangre sino, peor aún, en nuestra cultura, en nuestras costumbres, en nuestra suprema idiotez, y que es nuestro peor enemigo también. En todo sentido.

Ah, y los otros hombres, los que niegan el machismo o niegan su machismo (que es lo mismo que negar el machismo, el de todos, el de hombres y mujeres), y lo niegan tan descaradamente como Trump niega el cambio climático, a esos hombres, digo, creo que sólo les queda mandarse a un campo de concentración o atenerse a la suprema imbecilidad de ser lo que son por siempre y extinguirse en el universo de fútbol y camaradería que consiste en ser hombre, ese hombre tan descarada y sospechosamente a gusto con ser lo que es, ese hombre inane que no piensa porque su deber es negarlo todo y defenderse de sus miedos explotando a lo primero que mira idiotizado: la mujer o su equipo o su auto deportivo favorito. Ese hombre que no es hombre sino un esclavo que arrastra eternamente los grilletes de la civilización masculina que tanto valora y que tanto le escupe la cara. Ese hombre tan prescindible que ni siquiera es un falo (ya lo quisiera él) sino una tumba ambulante y una torpe evidencia de lo único que aprendió a representar en su vida: a sí mismo.

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