Me aburren los recitales

En cierta ocasión, luego de hacer una lectura pública en la Biblioteca Piloto del Caribe, una amiga me dijo que yo no sabía leer muy bien en voz alta. Estuve de acuerdo con ella. Cuando hablo en público la boca y la lengua se me secan, y la vocalización se me vuelve forzada. Cualquier tono que use me suena impostado, y mi voz insegura se quiebra con los cambios de ritmo. Leer en voz alta no es lo mío: lo sé y lo reconozco con dolor. Pero hay individuos que adoran leer en los recitales. Son amartelados y estúpidos. Quieren ser poetas. Les gusta escucharse. Son malvados e idiotas, pero incapaces de mostrar eso en un poema. O sea que no son malvados ni idiotas, sino una mala broma.

En el auditorio de la Biblioteca Piloto del Caribe, antiguo edificio de la Aduana

Lo cierto es que me enferma un poco ir a cualquiera de los recitales de poesía en Barranquilla. Todos los asistentes se conocen entre sí, se dan la mano, se felicitan. Y se miran como si el hecho de ser escritores o miembros del público tendiera entre ellos un mágico puente. Es como si alguien creyera tener algo en común contigo porque les gusta la misma persona, o porque han follado con la misma. ¡Qué tarado! Un error estúpido que entre escritores y poetas suele ser muy común.

Pero esa parte a lo mejor se les perdona. Lo que uno ve sospechosamente mal es la tendencia de permanecer en los mismos sitios (plazas, teatros y todas las morgues públicas) rodeado de los mismos rostros afables, compartiendo las mismas ideas correctas sobre la maravillosa experiencia de la poesía. Con el pretexto de que todos merecemos un espacio donde exhibir la propia herida, los recitales se convierten en falsos grupos de autoayuda donde los poetas van a consolidar en público lo que ya saben: que escriben mucha poesía universal. Y, para que el mensaje “universal” cale hondo, los afortunados vates gritan sus textos a la cara de los visitantes, hablan de sexo, de amor, del mar y de la angustia de vivir como si cada cosa escrita fuera por sí sola la más alta expresión de la poesía y no el síntoma de una vulgaridad fofa y llorona.

Los organizadores de estos eventos, que por desgracia suelen ser los mismos poetas en busca de atención, no saben dirigirse a los asistentes sin venerarse de paso a sí mismos. Al menor descuido, y casi siempre respaldados por la horrible pancarta de un Ministerio, comienzan hablarte sobre el importante aporte que están haciéndole a la cultura y al arte de la ciudad. El espectador, gusano-parásito receptivo a las más variadas impresiones, sale de los recitales sin un gramo de entusiasmo, semienterrado en un lodo de elogios mutuos.

Y dicen ciertos poetas que lo importante es mostrarse, participar, correr el riesgo. Pero cuando se vive más preocupado por hacer amistades que por escribir (para eso son los recitales, una cuestión social), es posible que se hagan muchas amistades y no se escriba nada que supere la calidad literaria de un recibo de supermercado (¿?). No existe en ello riesgo alguno y sí un empecinamiento por conservar las formas y dinámicas sociales de un grupo cada vez más hermético. Creo que han entendido mal aquella frase de García Márquez –a quien tienen bien enterrado en una tumba de encomios– según la cual escribía para que sus amigos lo quisieran más. Nadie en su sano juicio debe tomarse eso muy en serio. Evidentemente, todos sus amigos podían morirse y el escritor cataquero seguiría escribiendo sus libros en soledad.