“He tenido suerte” es una de las cosas que pienso ahora cuando recapitulo mi poco sentido de la consecuencia. Digo, podría tener repercusiones el que me guste caminar de noche (me aclara la cabeza y me ayuda a dormir), la forma en la que consumía alcohol, inclusive que durante una etapa de mi vida prácticamente todas mis amistades fueran hombres. Aunque se lea extraño esos son escenarios de riesgo. Porque si algo jodido me hubiera pasado, primero preguntarían qué estaba haciendo de noche fuera de la seguridad de mi cuarto, qué esperaba que sucediera pisteando de esa forma , o mejor si me llevaba con puros hombres ya estaba dicho que era putísima. La cosa es, nadie va a cuestionar que ese peligro que se corre es un parte del problema de la violencia de género. Todxs primero buscarán culparme a mi, por “exponerme” en lugar de reprender al ese maldito hijo del patriarcado que se le ocurrió ponerme en mi lugar. Demostrarme que la calle no es mía a la hora que yo quiera, que no puedo confiar en ellos para irme de fiesta y mucho menos elegir si quiero o no acostarme con alguien.

Esa “suerte” con la que he corrido hasta el momento, no tengo porque agradecerla. Ha sido algo meramente azaroso, porque tengo amigas a las que han emborrachado con la esperanza de cogérselas, tengo conocidas a las que sus parejas han maltratado física y psicológicamente y lxs de afuera se limitan a tildarlas de pendejas (sin comprender o intentar empatizar con el horror de la violencia en el noviazgo), tengo compañeras que viven a la defensiva porque más de un idiota ha querido mañosearlas en la calle o lo ha logrado. El hecho de que no me haya ocurrido a mi no me exenta de que me pueda suceder, por eso creo que no deberíamos agradecer esa “suerte”, lo normal sería no tener miedo. No pensar que yo podría amanecer muerta sólo porque quise salir a caminar. Esa cultura de la culpar a la víctima es una estupidez, peor si eres mujer, porque sólo con eso -estadísticamente- ya llevas las de perder.

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